EL CUERVO
Mientras tanto, Doris Bottinghoward, Secretaria General del Club de las 100 de Nueva York tomaba té con leche en su departamento en el Upper West, cuando el mismo cuervo se posó en su balcón.
Se levantó apresurada y abriendo la ventana dejó pasar al ave, de la cual comenzaron a caerse las plumas y a crecer extremidades hasta convertirse en una bella mujer.
La mujer se acercó y besó la mano de Doris en señal de respeto y subordinación.
—Espero tengas un buen motivo para llenar de plumas mi comedor.
—Los rumores son ciertos, el niño tiene el paraguas.
—Entonces, debemos utilizar un veneno suave, uno que lo vaya comiendo por dentro durante meses, hasta llevarlo a una muerte segura, sin que puedan vincularlo con nosotras.
La mujer asintió con la cabeza y en una fracción de segundo se había convertido nuevamente en un cuervo negro y brillante que sobrevolaba las copas de los árboles.
Doris volvió a sentarse en su sofá. Se la notaba incómoda. Una mujer muy mayor entró en la habitación, era una anciana diminuta, su rostro parecía de más de 500 años.
—¿Es realmente necesario, mamá? —se quejó Doris.
—El muchacho debe morir, Maddam Thenesis ha hablado; es su palabra, no la mía.
—¿Maddam Thenesis o Lord Morlocke? Dudo que Maddam Thenesis se haya pronunciado sobre el hijo de Ana Wilson. Nadie sabe nada de Maddam Thenesis desde hace más de mil años, ni de ella, ni de su supuesto diario.
—Deberían cortarte la lengua, ¿Qué fue lo que pasó con Theresa Sowers?
—Apareció descuartizada en su departamento, con las mismas heridas que las otras tres. Alguien nos está cazando, madre.