El secreto del dragón escondido COVENS
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Dicen que las brujas no existen, pero que las hay, las hay. Se agrupan en aquelarres; ellas los llaman Clubes de Cien con la misma formalidad de cualquier Asociación Civil de Lower East Side, la Petite France, o el Albaicín. La diferencia es de membresía, aquí no se ingresa pagando una cuota.

Existe un Club de Cien en cada gran ciudad, aunque los nombres de las afiliadas no figuran en ningún padrón.

Desde la chica que reparte el pan, hasta la condesa que preside la misa de los domingos, desde la aprendiz de reportera que escribe en la página dos del Tribune hasta la viuda del juez, cualquiera de ellas podría ser bruja y nadie lo notaría, ni siquiera su marido.

La riqueza de los Clubes de Cien es obscena. Si se sumaran los lingotes de oro que tienen escondidos en paredes, sótanos y bóvedas alquiladas con nombres falsos, solamente el Club de Nueva York podría superar las reservas del Tesoro Federal en Washington.

Los clubes o covens como los llaman también entre ellas, fueron creados por la mano de Maddam Thenesis, la primera de todas las brujas, a fin de proteger a la mujer contra el trato desigual del hombre. Lo cual sonaba justo en aquella época.

Muchos siglos después, el propósito sigue vigente, y los medios diversificados.

Las wiccas (brujas) tejen acuerdos con cancilleres y gobernadores, con jueces y oficiales, deciden quién firma cuál armisticio, y hasta qué cardenal será el candidato para ser el próximo príncipe del Vaticano.

Ejercen su poder invisible detrás de bambalinas, en las propias narices de los hombres, y cuando ellos se enteran, ya es tarde.

Es así como las mujeres dominan el planeta.

Y aquel hombre que crea que esto no es posible: créanme, ellas desean exactamente que así lo sigan creyendo.