CAPÍTULO 17 El enfrentamiento en las almenas
El enfrentamiento en las almenas
E l fogonazo del disparo en lo alto de la escalera reveló por una fracción de segundo la silueta de Rodrigo de Velasco: un hombre corpulento de treinta y cinco años, con ropa de camuflaje de montaña, chaleco de caza y la mirada desquiciada de quien sabe que su vida de señorito intocable acaba de terminarse para siempre.
—¡Os vais a pudrir con las piedras, perras de la policía! —rugió la voz de Rodrigo desde el hueco superior—. ¡De esta abadía no sale vivo nadie!
Se escuchó el crujido del mecanismo de la trampilla. Rodrigo intentaba accionar la palanca exterior para sellar la losa de piedra y dejarlos enterrados vivos en la cripta baja, tal y como habían hecho con Valeria seis años atrás.
—¡No va a cerrar esa trampilla! —gritó Marina.
La inspectora salió de detrás del sarcófago disparando dos tiros de cobertura contra el vano de la escalera de caracol. Las balas de nueve milímetros arrancaron esquirlas de la pared de roca caliza, forzando a Rodrigo a retroceder y soltar la palanca exterior.
Marina y Analía subieron los peldaños de caracol de tres en tres, con el corazón bombeando adrenalina pura en las sienes.
Al desembocar en el coro alto, la nave central de la iglesia estaba vacía, pero un rastro de huellas de barro y nieve conducía directamente hacia la puerta de hierro que daba acceso a la torre de las campanas y al paso de ronda de las almenas exteriores.
La puerta de la torre estaba abierta de par en par, dejando entrar una ventisca salvaje de nieve y viento polar que aullaba a través de las saeteras.
Marina y Analía subieron por la angosta escalera de caracol de la torre.
El aire allí arriba era una cuchilla que les cortaba la respiración.
Al salir al adarve exterior de la muralla, a cuarenta metros sobre el vacío del desfiladero de Oña, la ventisca las golpeó de frente con una furia implacable.
La nieve borraba la visibilidad a más de cinco metros. Abajo, el río Oca rugía como una fiera invisible en el fondo del cañón.
A veinte metros, recortada contra el cielo blanco de la tormenta en el extremo más estrecho de la muralla, descansaba la figura de Rodrigo de Velasco. Tenía el rifle apoyado sobre el pretil de piedra, encañonando el único acceso del pasadizo.
—¡Un paso más y os vuelo la cabeza a las dos! —gritó Rodrigo, con la voz ahogada por el viento—. ¡Tirad las armas al foso o disparo!
Marina se parapetó tras el contrafuerte de sillería de la torre. El ángulo era imposible: Rodrigo tenía la posición dominante y cualquier intento de asomarse significaba recibir un proyectil de caza mayor en el pecho.
Fue entonces cuando Analía le tocó el hombro a Marina con un gesto rápido.
Analía señaló con la barbilla hacia la izquierda.
El tejado de la nave lateral del monasterio corría paralelo a la muralla, separado por apenas un metro de distancia y cubierto por una cornisa de losas de pizarra.
Analía, que se había memorizado milimétricamente la maqueta arquitectónica del archivo diocesano, sabía que esa cornisa conducía directamente detrás del nido de campanas donde Rodrigo estaba apostado.
—Voy por el tejado —susurró Analía al oído de Marina, con una determinación que dejó a la inspectora sin aliento.
—Es una locura, Analía —le susurró Marina, agarrándola del brazo—. La pizarra tiene hielo. Si te resbalas caes al cañón.
—No me voy a caer —respondió Analía con una serenidad luminosa y limpia, mirándola con esos ojos castaños que no conocían la duda—. Mantén su atención con fuego verbal. Haz que me dé la espalda durante diez segundos. Confía en mí, Marina.
Marina apretó la mano de la joven agente y asintió despacio.
—Diez segundos, Analía. Ni uno más.
Marina se asomó por el borde del contrafuerte, apuntando con su arma hacia el pretil.
—¡Rodrigo de Velasco! —gritó Marina con voz potente, haciéndose oír sobre el aullido del temporal—.
¡Tu tía doña Mencía ya está detenida en la plaza!
¡La furgoneta de la Guardia Civil tiene las réplicas románicas y el diario de Valeria!
¡Estás rodeado por cincuenta agentes del GRS!
¡Tira el rifle y pon las manos sobre la nuca!
—¡Mentira! —aulló Rodrigo, girando el cuerpo hacia el contrafuerte de Marina y buscando la cabeza de la inspectora con la mira del rifle—. ¡En este valle no manda la Guardia Civil! ¡Aquí mando yo!
Mientras Rodrigo concentraba toda su rabia y su puntería sobre la posición de Marina, una silueta ágil y silenciosa se deslizó sobre las pizarras heladas del alero lateral.
Analía Cañizares avanzó agachada, pegada al lomo del tejado con el equilibrio perfecto de quien ha crecido trepando riscos en la sierra. Saltó sobre el adarve de la muralla sin hacer el menor ruido, amortiguando la caída con los talones en la nieve virgen, exactamente dos metros detrás del cazador.
—¡Policía Judicial! ¡Suelta el arma! —la voz de Analía cortó el viento con una autoridad marcial que resonó en las almenas como un trueno.
Rodrigo se giró de golpe con el rifle en las manos, desquiciado, intentando encarar el cañón hacia el pecho de la joven agente.
Analía no esperó a que apretara el gatillo. Dio un paso adelante con una velocidad fulgurante, desvió el cañón del rifle hacia el vacío del cielo con el antebrazo izquierdo y metió un golpe seco con la base de la palma de su mano derecha en la mandíbula de Rodrigo.
El rifle salió despedido por encima del pretil, perdiéndose en el abismo del cañón del Ebro.
Rodrigo se tambaleó sobre la losa helada, trastabillando hacia el borde del precipicio de cuarenta metros.
En un acto reflejo de humanidad implacable, Analía se lanzó hacia delante, agarró a Rodrigo por la solapa del chaleco de caza con ambas manos y tiró de él hacia el suelo de sillería con un movimiento de cadera impecable, alejándolo del abismo y aplastándolo boca abajo contra la nieve.
Marina llegó al adarve a la carrera, cubriendo la posición mientras Analía cruzaba los brazos del sospechoso a la espalda y le colocaba los grilletes de acero con dos chasquidos secos y profesionales.
—Rodrigo de Velasco y Zúñiga —dijo Analía, con la rodilla clavada en el omóplato del asesino y la respiración acompasada por el esfuerzo—.
Queda usted detenido como presunto autor del homicidio de Valeria Santos y el intento de asesinato del párroco de San Salvador de Oña. Tiene derecho a guardar silencio...
Marina enfundó su arma despacio, contemplando la escena en mitad de la ventisca nocturna.
La joven agente de veintiocho años tenía el pelo empapado por la nieve, una mancha de hollín en la mejilla izquierda y una sonrisa de alivio limpio que iluminaba la negrura de la noche burgalesa.
Marina se acercó, le tendió la mano para ayudarla a incorporarse y la miró a los ojos con un orgullo que nunca antes había sentido en quince años de servicio policial.
—Joder, Cañizares —dijo Marina con una sonrisa auténtica que le nacía desde dentro—. Qué bien te sienta el uniforme de la Judicial.
Analía se sacudió la nieve de las rodillas, miró hacia el desfiladero donde las luces azules de las patrullas parpadeaban en el fondo del valle y sonrió con picardía.
—Se hace lo que se puede, inspectora. Pero reconozca que el truco del tejado ha quedado de cine.
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