El secreto de la caliza (Marina Roldán 2) CAPÍTULO 16 El descenso a la cripta real
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CAPÍTULO 16 El descenso a la cripta real

El descenso a la cripta real

E l interior de la iglesia de San Salvador de Oña era una caverna gótica de sombras asfixiantes y frío glacial.

El humo de la rectoría formaba una niebla suspendida a media altura que olía a incienso viejo y madera quemada.

Las linternas tácticas de Marina, Analía y Bruno Leiva cortaban la penumbra como sables de luz blanca, proyectando siluetas gigantescas de apóstoles y reyes santos contra los pilares fasciculados del crucero.

Avanzaron en formación táctica de combate: Marina en vanguardia con la Walther en posición de tiro, Analía cubriendo los flancos con paso silencioso y Bruno detrás, transportando las cuerdas y los detectores de gas en una mochila técnica.

Llegaron al coro alto. En el centro del panteón condal, rodeado por los sepulcros tallados en madera de nogal donde reposaban los restos de los primeros condes de Castilla, se alzaba la estatua en piedra caliza del ángel custodio: una figura gótica de dos metros con las alas desplegadas y una espada de sillería apuntando hacia el suelo.

—Aquí está el mecanismo —susurró Analía, alumbrando la empuñadura de la espada de piedra.

Bruno examinó la base del pedestal con una lupa geológica.

—El sillar está pulido por el roce continuo —confirmó el espeleólogo—. No tiene mortero en las juntas.

Marina apoyó ambas manos enguantadas en la cruz de la espada y giró el pomo hacia la derecha con un esfuerzo sordo.

Se escuchó el chasquido seco de un engranaje de hierro oculto en las entrañas del muro y, con un gemido de piedra arrastrada, la losa central del suelo se deslizó lentamente hacia un lado, revelando una boca cuadrada de un metro de ancho que descendía hacia la negrura absoluta mediante unos peldaños de caracol tallados en la roca madre.

Un aire húmedo, viciado y gélido subió desde la sima, cargado de un olor inconfundible a polvo de cal viva y moho antiguo.

—El detector de oxígeno marca nivel seguro —susurró Bruno, mirando la pantalla digital—. Pero el pozo baja más de diez metros.

Descendieron despacio, peldaño a peldaño, pegando la espalda a la pared curva de roca viva. Analía cubría la parte superior de la escalera con el arma apuntando hacia la penumbra del coro, mientras Marina guiaba la bajada.

Al llegar al fondo, las linternas revelaron una cámara abovedada de sillería románica que no figuraba en ningún plano oficial de la Junta de Castilla y León.

Era la cripta baja de los Velasco.

En el centro de la sala, colocados sobre palés de madera industrial y protegidos por mantas térmicas de transporte de obras de arte, descansaban los cuatro relieves románicos originales del siglo XII sustraídos del monasterio: la Adoración de los Magos, la Huida a Egipto, el Pantocrátor con el tetramorfos y el sarcófago tallado con los leones heráldicos de Sancho el Mayor.

Junto a los relieves, abierta sobre un cajón de madera, reposaba una caja fuerte portátil de caudales de donde sobresalían bolsas de terciopelo repletas de monedas medievales de oro y plata.

—Dios santo... —murmuró Bruno Leiva con un hilo de voz reverente—. El tesoro del cenobio de Oña entero. Lo daban por saqueado por las tropas francesas en 1808. Estuvo escondido aquí durante doscientos años.

Analía se acercó a una mesa de trabajo improvisada en el fondo de la cripta. Sobre una tabla de madera reposaba un cuaderno escolar de tapas blandas, con las hojas empapadas por la humedad de la cueva pero legibles: era el diario de campo de Valeria Santos de octubre de 2020.

Analía pasó las páginas con extrema delicadeza forense hasta llegar a la última anotación manuscrita:

28 de octubre de 2020. Mencía y su sobrino Rodrigo saben que he descubierto el expolio de los relieves.

Rodrigo me ha amenazado esta tarde en el coro con tirarme a la sima si no firmo el informe técnico favorable.

No voy a firmar. Si me ocurre algo, este diario y la moneda con el punzón de la gavilla son la prueba de que el linaje de los Velasco está podrido hasta la médula.

—El móvil y la premeditación —dijo Analía, levantando la vista hacia Marina con los ojos encendidos—. Rodrigo no solo mató a Valeria para salvar el dinero; la mató por orden expresa de su tía para no perder el control de la abadía.

En ese instante exacto, desde lo alto de la escalera de caracol, el eco metálico de un cerrojo de rifle rompió el silencio de la cripta.

—¡Abajo! —rugió Marina, empujando a Analía y a Bruno detrás del sarcófago de piedra milenario.

El estampido del disparo del calibre 30-06 sacudió la bóveda románica como un trueno subterráneo. El proyectil de punta blanda chocó contra el borde del panteón calizo, levantando una lluvia de esquirlas de piedra que rebotaron contra los cascos de las dos policías.

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