CAPÍTULO 15 La orden de Briviesca y el despliegue táctico
La orden de Briviesca y el despliegue táctico
A la una y media de la madrugada, la plaza de Oña parecía el escenario de un asedio militar medieval.
Siete furgonetas del Grupo de Reserva y Seguridad (GRS) de la Guardia Civil y tres coches patrulla de la UDEV acordonaban el perímetro del monasterio con las luces rotativas azules tiñendo la nieve virgen y los muros de caliza de destellos fantasmales.
En el centro de la explanada, protegida por un cordón de seguridad de cuatro agentes armados, descansaba la berlina Mercedes blindada de la familia Velasco.
Doña Mencía de Velasco estaba de pie junto a la puerta abierta del vehículo, envuelta en un abrigo de visón negro hasta los pies, sosteniendo un paraguas de seda con empuñadura de plata.
Su rostro era una máscara de hielo tallado que miraba con soberano desprecio a los guardias y a los bomberos que terminaban de enfriar la rectoría.
El subteniente Castro y Marina se acercaron con paso firme sobre el empedrado, seguidos a un metro por Analía Cañizares, que llevaba en la mano un pliego oficial doblado en dos.
—Esto es un atropello intolerable contra el honor de mi familia y el patrimonio eclesiástico de la Iglesia Católica —soltó doña Mencía con su voz altiva y educada para mandar sin réplica—.
Mi abogado en Madrid ya ha presentado una queja formal ante el Consejo General del Poder Judicial y el Ministerio del Interior.
Tienen ustedes diez minutos para desalojar este recinto antes de que ordene el cese fulminante de todos los mandos de este operativo.
Marina se detuvo a un metro de la noble.
—Se acabó el teatro de los linajes, doña Mencía —dijo Marina con una frialdad que pesaba más que una losa de sillería—. El padre Anselmo ha sobrevivido al disparo de su sobrino. Y ha prestado declaración formal ante el médico forense antes de entrar en quirófano.
La máscara aristocrática de la mujer vaciló un segundo. El agarre del paraguas de plata se tensó hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Analía dio un paso al frente y desplegó el pliego judicial bajo la luz de los faros del coche policial.
—Auto judicial de entrada, registro e intervención de urgencia, expedido a las cero una quince horas por la Magistrada-Juez del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número dos de Briviesca —leyó Analía con su voz limpia, pausada y rotunda—.
Queda usted formalmente investigada como presunta inductora de los delitos de homicidio doloso, expolio continuado de patrimonio nacional y tentativa de asesinato.
Entregue las llaves maestras del templo ahora mismo o mis compañeros tirarán la puerta del coro con la maza de zapadores.
Doña Mencía miró a la joven agente de arriba abajo, intentando fulminarla con la mirada de quien está acostumbrada a que los plebeyos bajen la vista en su presencia. Pero Analía no pestañeó. Sostuvo la mirada de la marquesa con una dignidad serena que desarmó por completo la soberbia de la anciana.
La mujer dejó caer las llaves de forja sobre la nieve con un chasquido metálico seco y se metió en la parte trasera del Mercedes sin pronunciar una sola palabra más, cerrando la puerta con un golpe sordo.
Castro recogió las llaves del suelo y miró a las dos policías.
—El sobrino, Rodrigo de Velasco, sigue dentro del templo —advirtió el subteniente en voz baja—.
Los bomberos dicen que la nave central no está afectada por el fuego, pero no hay luz eléctrica.
Lleva un rifle de cerrojo Remington con mira telescópica y visor térmico de caza nocturna.
Conoce cada rincón y cada pasadizo de esta abadía desde que era un crío.
Marina comprobó el cerrojo de su pistola y miró hacia la portalada románica del monasterio, donde las gárgolas de piedra parecían vigilar la entrada al infierno.
—Bruno Leiva viene con nosotros con el equipo de espeleología —dijo Marina—. Analía cubrirá mi retaguardia. Castro, asegura todas las puertas exteriores del claustro con el GRS. Si ese tipo intenta saltar a la calle, no le deis opción a disparar.
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