El secreto de la caliza (Marina Roldán 2) CAPÍTULO 14 Las últimas palabras del padre Anselmo
74%

CAPÍTULO 14 Las últimas palabras del padre Anselmo

Las últimas palabras del padre Anselmo

Con una precisión quirúrgica que delataba su adiestramiento en primeros auxilios en combate, rasgó la tela chamuscada de la sotana, aplicó un vendaje compresivo israelí sobre la herida de bala en la clavícula y colocó un torniquete de presión en la raíz del brazo para cortar la hemorragia arterial.

—Tranquilo, padre —le susurró Analía con una voz tan suave y firme que logró que la mirada extraviada del anciano se fijara en ella—. Soy la agente Cañizares de la Policía Judicial. Está a salvo. Ya estamos aquí.

El anciano sacerdote tosió con un estertor húmedo que le tiñó los labios de espuma rosácea. Apretó la mano enguantada de Analía con una fuerza desesperada, como un náufrago que se aferra a un madero en mitad de la tormenta.

—Dios... Dios me ha enviado su perdón... —balbuceó el padre Anselmo con un hilo de voz tembloroso—. No fue... no fue doña Mencía quien disparó...

Marina se arrodilló al otro lado del cuerpo, sosteniendo la linterna para que Analía pudiera mantener la presión en el vendaje.

—¿Quién le disparó, padre? —preguntó Marina con urgencia contenida—. ¿Quién le hizo esto?

—Rodrigo... Rodrigo de Velasco —susurró el cura, mientras las lágrimas le lavaban el hollín de las arrugas de la cara—.

El sobrino de la marquesa. El que gestiona la finca de caza y la seguridad de la fundación...

Cuando doña Mencía supo que la policía había encontrado a Valeria en la sima, le ordenó a Rodrigo limpiar el archivo y cargar los dos últimos relieves románicos en el Land Cruiser...

Yo no quise darle la llave del sagrario bajo.

Le dije que iba a llamar a la comisaría a confesar el pecado de 2020...

—La nota del bolsillo de Valeria... —intervino Analía con infinita ternura—. La escribió usted, ¿verdad, padre?

El anciano asintió débilmente, cerrando los ojos por el dolor.

—Yo no pude evitar que la dejaran morir en la cueva hace seis años...

La culpa me quemaba las entrañas cada vez que consagraba el cáliz.

El viernes pasado bajé a la galería baja con una copia de la llave...

Sabía que el deshielo del río iba a reventar el sifón kárstico y le puse la nota en el anorak antes de que el torrente la empujara...

Tenía que obligarles a entrar... Tenía que obligarles a abrir la cripta de los condes...

—¿Dónde está la entrada real a esa cripta, padre? —inquirió Marina, escuchando ya las sirenas de los refuerzos que llegaban a la plaza exterior.

—Detrás... detrás del sepulcro de don Sancho el Mayor —susurró el sacerdote, apretando los dedos de Analía con sus últimas fuerzas—.

La losa del suelo del coro no tiene cerradura...

Es un contrapeso de piedra en el pedestal del ángel custodio...

Hay que girar la espada del ángel a la derecha...

Rodrigo está abajo con las piezas y una escopeta de repetición...

Cuidado con él, hijas mías... Es una bestia salvaje que no teme ni a la justicia ni a Dios...

La cabeza del sacerdote cayó hacia un lado. Analía colocó dos dedos en la arteria carótida, sintiendo un latido débil pero regular.

—Sigue vivo, Marina —dijo Analía, mirando a su compañera con los ojos brillantes de determinación—. El torniquete ha funcionado. Si los sanitarios lo sacan ahora por la huerta, saldrá adelante.

Dos agentes de la Guardia Civil y dos sanitarios del 112 irrumpieron en la sacristía con una camilla rígida.

Analía traspasó el control médico al enfermero jefe sin perder un segundo, se levantó sacudiéndose la ceniza del pantalón y montó la corredera de su pistola reglamentaria con un chasquido metálico rotundo.

—El ángel custodio, inspectora —dijo Analía, mirando la nave central de la iglesia donde el humo empezaba a espesarse—. Vamos a abrir esa tumba.

---