CAPÍTULO 13 La caligrafía del miedo y el fuego en el claustro
La caligrafía del miedo y el fuego en el claustro
E l Mégane de la Policía Judicial subió el desfiladero de Oña a una velocidad suicida, con las cuatro ruedas derrapando sobre la papilla de nieve y salitre que cubría las curvas de herradura.
En el horizonte negro de la medianoche, sobre las paredes escarpadas de la garganta, una columna densa de humo rojo y chispas ascendía hacia las nubes bajas de la ventisca.
El monasterio de San Salvador ardía.
Al llegar a la plaza del convento, dos camiones de bomberos del parque comarcal de Briviesca tenían sus bombas de presión al máximo, lanzando chorros de agua espumógena contra los ventanales ojivales de la rectoría, en la panda este del claustro gótico.
Las llamas rugían en el interior de la biblioteca parroquial, alimentadas por siglos de legajos de papel de trapo, vigas de roble y estanterías de castaño barnizado.
Un cabo de bomberos empapado hasta los huesos corrió hacia el coche de la policía nada más detenerse.
—¡Inspectora! —gritó el bombero sobre el estruendo de las bombas y el crujido de la madera calcinada—.
¡La verja de la abadía está cerrada con una cadena de eslabón cementado por dentro!
Los portones de roble tienen el cerrojo echado.
No podemos meter las mangueras al claustro sin reventar la cancela con la cizalla hidráulica, y nos faltan diez minutos para cortar el acero.
Marina miró los muros de piedra de doce metros de altura.
—No tenemos diez minutos —dijo Marina, ajustándose el chaleco antibalas de kevlar—. El padre Anselmo está ahí dentro.
—Por la huerta de los frailes —dijo Analía con una serenidad asombrosa, señalando hacia el extremo occidental del complejo monástico—.
En los planos de conservación que revisé en el archivo de Burgos hay un postigo de servicio del siglo XVIII que da al canal de riego del molino.
Una puerta baja de madera chapeada en zinc.
Si rompemos el candado viejo con la pata de cabra, entramos directamente a la sacristía por detrás del fuego.
Marina no dudó un segundo del instinto de la agente.
—Castro, quédate con los bomberos y cerca el perímetro de la plaza —ordenó Marina—. Analía, ven conmigo.
Armadas con linternas tácticas, las pistolas reglamentarias listas en las pistoleras de extracción rápida y una palanca de acero, las dos mujeres bordearon el muro exterior de sillería corriendo entre la nieve que ya les llegaba por los tobillos.
El postigo de la huerta estaba oculto tras una cortina espesa de hiedra congelada.
Marina metió la uña de la palanca entre la jamba de piedra y el marco de madera y tiró con todo su peso.
El gozne herrumbroso cedió con un chasquido agudo de metal quejumbroso, abriendo un hueco estrecho que olía a tierra mojada y ceniza caliente.
Entraron en la sacristía baja agachadas, respirando por debajo del nivel del humo que ya empezaba a filtrarse por las grietas del techo de madera.
El calor era asfixiante. A través de la celosía que comunicaba con el claustro, el resplandor de las llamas bailaba con sombras grotescas sobre los retablos dorados de la iglesia.
Fue Analía quien vio el cuerpo primero.
Tumbado en el suelo de baldosas de barro cocido, a los pies del altar de la Dolorosa, yacía el padre Anselmo.
La sotana negra estaba desgarrada a la altura del hombro izquierdo, empapada en sangre caliente que manchaba la piedra centenaria.
Tenía los ojos desorbitados por el terror y la asfixia, pero el pecho aún se le elevaba con jadeos débiles y roncos.
—¡Marina, aquí! —gritó Analía, arrodillándose de inmediato junto al sacerdote.
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