CAPÍTULO 12 La verdad a medias
La verdad a medias
A las once y media de la noche, en la sala de interrogatorios de la Comandancia de la Guardia Civil de Burgos, el puzle parecía finalmente encajado con la precisión de un mecanismo de relojería suizo.
Álvaro Sola estaba formalmente imputado en prisión provisional incomunicada por orden de la juez de instrucción por los delitos de tráfico ilegal de patrimonio histórico, falsedad documental y encubrimiento de homicidio doloso.
Castro y dos capitanes de la Policía Judicial preparaban ya la orden de detención contra doña Mencía de Velasco para personarse en su palacio de Oña a primera hora de la mañana.
Pero en el despacho auxiliar, Marina Roldán y Analía Cañizares permanecían sentadas frente a frente bajo la luz blanca de un flexo de sobremesa, rodeadas de tazas de café vacías y copias de los informes periciales.
Marina contemplaba la nota plastificada encontrada en el anorak de la víctima: «La cripta no está vacía» .
—Hay algo que chirría, Analía —dijo Marina, frotándose el puente de la nariz con cansancio—. Algo que no tiene ningún sentido forense ni psicológico.
Analía asintió lentamente, mordisqueando la punta de su bolígrafo.
—La cronología, inspectora —dijo Analía, señalando la pizarra blanca donde había trazado la línea temporal del caso—.
Si doña Mencía asesinó a Valeria en octubre de 2020 para silenciar el expolio y salvar el honor de su linaje...
¿por qué narices iba a escribir una nota hace cuatro días diciendo que la cripta no está vacía y meterla en el bolsillo del cadáver antes del deshielo?
—No tiene sentido —coincidió Marina—. Sería un suicidio criminal. Doña Mencía llevaba seis años disfrutando de la impunidad más absoluta. Nadie buscaba a Valeria, el expediente de Patrimonio estaba enterrado en un cajón y los pagos de Suiza habían prescrito administrativamente.
—A menos que la nota no fuera una confesión de doña Mencía —razonó Analía con los ojos encendidos por la chispa del razonamiento puro—.
A menos que la nota fuera una trampa. Una trampa orquestada por alguien que conocía el secreto de la cripta desde 2020 y que necesitaba forzar a la Policía Judicial a entrar en el monasterio con una excavadora para destapar el pastel.
Marina se enderezó en la silla de golpe.
—El cura —susurró Marina—. El padre Anselmo.
Analía sacó del sobre de evidencias la fotocopia del libro de visitas parroquial y la nota del parabrisas, comparando los trazos bajo la lente de aumento.
—Mire la grafía de las letras mayúsculas, Marina —explicó Analía con entusiasmo contenido—.
La inclinación hacia la izquierda, el bucle cerrado de la letra P y el corte recto de la T .
El padre Anselmo no es el cómplice sumiso de doña Mencía.
Es el hombre que ha vivido con el terror del pecado mortal durante seis años en el confesionario del convento.
Y cuando los pagos de Suiza se cortaron y doña Mencía amenazó con tapiar la cripta para siempre, el cura decidió dinamitarlo todo antes de que Dios le pidiera cuentas de su alma.
En ese instante sonó el teléfono directo de la mesa de Marina. La inspectora descolgó el auricular.
Era la voz alarmada del cabo de guardia del puesto de Oña:
—¡Inspectora Roldán! ¡Se ha declarado un incendio en la rectoría del monasterio!
Los bomberos de Briviesca están intentando entrar en el claustro, pero la verja principal está encadenada por dentro y no localizamos al párroco.
Los vecinos dicen que escucharon dos detonaciones secas hace diez minutos en la torre de las campanas.
Marina colgó el auricular de golpe y miró a Analía.
—Se acabó la teoría, Analía. El asesino está quemando el archivo para no dejar testigos vivos. Coge el chaleco antibalas. Nos vamos al monasterio.
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## ACTO III: LA CRIPTA Y EL CLÍMAX