El secreto de la caliza (Marina Roldán 2) CAPÍTULO 11 El registro del despacho y la huida de Sola
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CAPÍTULO 11 El registro del despacho y la huida de Sola

El registro del despacho y la huida de Sola

M ientras dos patrullas de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil cerraban las salidas del desfiladero de Oña en busca del Land Cruiser negro, el subteniente Castro ejecutaba con diez agentes de la UDEV el mandamiento de entrada y registro en la nave logística que Álvaro Sola poseía en el polígono industrial de Gamonal, a las afueras de Burgos.

A las once menos cuarto de la noche, las puertas correderas de chapa galvanizada cedieron bajo el ariete hidráulico de los Geos.

El interior de la nave olía a serrín quemado, disolvente industrial y humo acre. En el centro del almacén, junto a una hilera de cajas de madera con etiquetas de aduanas con destino al puerto de Amberes, un bidón metálico de doscientos litros ardía con llamas anaranjadas.

Frente al bidón, con un bidón de gasolina en la mano y la cara tiznada de hollín negro, Álvaro Sola —que había conseguido eludir temporalmente la custodia policial en su traslado aprovechando una negligencia en el centro médico donde lo llevaron por una supuesta crisis de ansiedad— intentaba quemar fajos de documentos contables y memorias de tasación.

—¡Alto, Policía! —la voz de Castro resonó en la nave como un disparo, mientras cuatro agentes encañonaban al anticuario con sus subfusiles MP5.

Sola tiró el bidón de gasolina al suelo con un grito de histeria y levantó los brazos temblando de pánico.

—¡No disparéis, por Dios! ¡No disparéis!

Analía y Marina entraron en la nave segundos después, tras haber volado por la autovía desde Briviesca.

Analía, al ver que el fuego del bidón estaba a punto de consumir un archivador de fuelle de cuero con cantoneras doradas, agarró el extintor de polvo químico de la pared, quitó el pasador de seguridad y roció el interior del bidón con una descarga precisa que sofocó las llamas en tres segundos.

Metió la mano enguantada entre las cenizas humeantes y rescató el archivador casi intacto.

—Eres rápida con el extintor, Cañizares —dijo Castro, secándose el sudor de la frente.

—La prueba documental es sagrada, subteniente —respondió Analía con una sonrisa victoriosa, sacudiendo el hollín de la portada de cuero.

Marina agarró a Álvaro Sola por el cuello de la camisa y lo empujó contra la aleta de una furgoneta de transporte.

—Se te acabó la carrera, Sola. Tenemos la confesión completa de Evaristo Manrique grabada en vídeo. Sabemos lo de las réplicas, sabemos lo de los cuarenta mil euros de Ginebra y sabemos que empujaste a Valeria a la cueva.

Sola soltó una carcajada rota, histérica, con lágrimas negras de ceniza corriéndole por las mejillas.

—¡Sois unos ciegos! ¡Unos putos ciegos de pueblo! —gritó el anticuario, forcejeando inútilmente contra el agarre de Marina—. ¿Os creéis que yo mandaba en esto? ¡Yo solo era el conseguidor de los compradores en Bélgica y Londres! ¡Yo no empujé a Valeria!

—Evaristo te vio forcejear con ella en el coro —replicó Marina con voz cortante.

—¡Forcejeamos por la cámara de fotos, sí! ¡Pero cuando la chica cayó por la trampilla, cayó sobre una repisa de tierra suelta! ¡Estaba viva y quejándose del tobillo! ¡Yo quise tirar una cuerda para sacarla y llamar a una ambulancia a Burgos!

—¿Y por qué no lo hiciste, Sola?

—¡Porque ella no me dejó! —rugió el anticuario, señalando con la barbilla hacia el norte, hacia las montañas invisibles de Oña—.

¡Doña Mencía le quitó la linterna a Evaristo y bajó a la galería!

Yo me quedé arriba en el coro con el cura.

Escuchamos una discusión en la oscuridad...

y luego dos golpes secos. De hierro contra piedra.

Doña Mencía subió con la ropa manchada de caliza y las manos limpias, me miró y me dijo: «Ya no hay ningún problema con la señorita Santos.

Ahora sellad esa trampilla y volved a poner el sillar encima si queréis seguir cobrando de Suiza» .

Marina soltó la camisa del anticuario despacio, sintiendo el peso de la revelación cayendo como un mazo en la nave.

Analía, que había abierto el archivador de fuelle sobre una caja de madera, levantó la mirada hacia Marina. Sus ojos castaños brillaban con una lucidez implacable.

—Inspectora —dijo Analía con voz grave—. Sola dice la verdad en esto.

—¿Por qué estás tan segura, Analía?

Analía levantó una hoja timbrada que había rescatado del fuego.

Era un contrato privado de compraventa de patrimonio de fecha 15 de octubre de 2020.

En el pie del documento figuraban dos firmas: la de Álvaro Sola como intermediario...

y la firma señorial, aristocrática y rotunda de Doña Mencía de Velasco y Zúñiga como vendedora de los relieves románicos de San Salvador de Oña.

Y en el encabezado del papel, en relieve sobre la marca de agua de la fábrica de papel de Burgos, figuraba el mismo lema heráldico que coronaba la nota de amenaza hallada en el parabrisas del coche policial: «Antes quebrar que doblar» .

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