El secreto de la caliza (Marina Roldán 2) CAPÍTULO 10 La nota en el parabrisas y el primer peligro
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CAPÍTULO 10 La nota en el parabrisas y el primer peligro

La nota en el parabrisas y el primer peligro

E ran las nueve de la noche cuando Marina y Analía salieron del juzgado de Briviesca.

La niebla había bajado de nuevo sobre la comarca con la densidad de una sábana húmeda y helada.

El termómetro del Mégane camuflado marcaba cinco grados bajo cero y el asfalto de la carretera comarcal en dirección a Oña brillaba con esa textura aceitosa y traicionera que delataba la presencia de hielo negro.

Castro se había quedado en la comandancia supervisando el traslado de Evaristo Manrique a los calabozos provinciales, de modo que Marina conducía y Analía ocupaba el asiento del copiloto con el ordenador portátil abierto sobre las rodillas, cotejando las matrículas de los vehículos registrados a nombre de la familia Velasco.

Al llegar al cruce de acceso al desfiladero de Oña, bajo una hilera de chopos deshojados cubiertos de cencellada blanca, Marina frenó para limpiar la costra de hielo del parabrisas.

Bajo la escobilla de goma del lado del conductor había un trozo de papel doblado en dos, protegido del aguanieve por una bolsa de plástico de congelación con cierre hermético.

Marina lo retiró de un tirón seco y entró de nuevo en el coche cerrando la puerta con un golpe rotundo.

—¿Qué es eso, inspectora? —preguntó Analía, iluminando el papel con la linterna de su teléfono móvil.

El mensaje estaba escrito a máquina, con los tipos desgastados de una vieja máquina de escribir Olivetti mecánica:

Inspectora Roldán: Sola y el cantero solo eran los peones de la partida. Si quiere encontrar las esculturas originales y el arma definitiva, mire en el panteón bajo de los condes esta misma noche. A las doce sellarán la cripta con cemento rápido.

—Nos están marcando los tiempos —dijo Marina, arrugando la mandíbula con tensión—. Quien sea que esté jugando con nosotros sabe exactamente cada paso que damos.

—Y nos está siguiendo —añadió Analía con una voz tan gélida y serena que hizo que a Marina se le erizaran los pelos de la nuca.

Analía no miraba la nota; miraba fijamente por el retrovisor exterior derecho.

Doscientos metros detrás de ellas, detenido en el arcén con las luces apagadas, descansaba un todoterreno de gran cilindrada. De repente, dos faros halógenos de largo alcance se encendieron como dos fogonazos cegadores en mitad de la niebla, arrancando a toda velocidad hacia el Mégane.

—¡Marina, acelera! —gritó Analía, agarrándose con fuerza a la manilla del techo.

Marina soltó el embrague y pisó el acelerador a fondo. El motor del Mégane rugió, patinando sobre el hielo negro de la calzada antes de encontrar tracción y salir despedido hacia el interior del desfiladero.

La carretera de la garganta del río Oca era una ratonera: a la derecha, una pared vertical de roca caliza cortada a plomo; a la izquierda, un precipicio de treinta metros sin quitamiedos que caía directamente sobre las aguas embravecidas del río.

El vehículo perseguidor —un Toyota Land Cruiser negro con defensa delantera tubular de acero— recortó distancia en cuestión de segundos, embistiendo el parachoques trasero del Mégane con un estrépito metálico aterrador que hizo que el coche de la policía diera un bandazo peligroso sobre el asfalto helado.

Marina contravolanteó con pulso de cirujano, sintiendo la zaga del coche flotar sobre el abismo antes de enderezar el morro.

—¡Lleva las largas para cegarme por los espejos! —masculló Marina, apretando el volante con los nudillos blancos—. ¡Analía, saca el arma reglamentaria y pide apoyo a la central de Burgos por la emisora!

Analía Cañizares no perdió los nervios ni un solo segundo. Con una templanza que asombró a la inspectora, descolgó el micro de la emisora tetra de la policía, pulsó el botón de emergencia y cantó la posición con voz clara, modulada y sin un solo temblor de pánico:

—Central, indicativo Z-40 en persecución en la comarcal BU-504, kilómetro dieciocho, desfiladero de Oña.

Todoterreno negro de gran cilindrada embistiendo por detrás.

Solicitamos corte de carretera inmediato en el puente de Frías y apoyo de patrullas del destacamento de Tráfico.

¡Repito, nos están empujando hacia el río!

El Land Cruiser volvió a acelerar, embistiendo por segunda vez con violencia ciega contra la aleta izquierda del Mégane. El impacto reventó el piloto trasero y empujó el coche hacia el borde del talud de grava.

—¡En la siguiente curva hay un ensanche de quitanieves a la derecha! —gritó Analía, leyendo la cartografía digital en la pantalla del móvil a pesar de las sacudidas—. ¡Tira del freno de mano y métete en la brenca!

Marina no lo dudó. Al llegar a la curva cerrada de la ermita, clavó el freno, tiró del freno de mano y giró el volante a la derecha con un movimiento seco.

El Mégane derrapó en un arco de ciento ochenta grados sobre el barro helado, encajándose en el refugio de piedra del quitanieves mientras el mastodóntico Land Cruiser pasaba de largo a toda velocidad, perdiendo el control sobre la placa de hielo y rozando la barrera de sillería con una lluvia de chispas antes de perderse en la niebla en dirección a la meseta.

El silencio volvió al habitáculo del coche policial, solo roto por el jadeo entrecortado de Marina y el siseo del radiador caliente.

Marina se giró hacia su copiloto. Analía tenía un rasguño en la frente y el pelo desordenado, pero sostenía su pistola Walther P99 en la mano con el dedo índice pegado al armazón, en posición de guardia baja reglamentaria, respirando hondo con una calma imperturbable.

—¿Estás bien, Analía? —preguntó Marina, con el corazón golpeándole en las costillas.

Analía se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, enfundó el arma con un clic metálico impecable y miró a la inspectora con una media sonrisa afilada.

—Entera, inspectora. Pero ese no era un ladrón de monedas asustado. Era alguien que sabe conducir en el hielo y que tiene mucha prisa por llegar al monasterio antes de las doce. ¿Vamos a dejar que selle esa cripta?

Marina la miró a los ojos y sintió, por primera vez desde la muerte de su padre, que ya no estaba sola en el cañón.

—Ni de coña, Cañizares. Arranca el coche. Nos vamos a la abadía.

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