El secreto de la caliza (Marina Roldán 2) CAPÍTULO 9 La confesión rota
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CAPÍTULO 9 La confesión rota

La confesión rota

L a confesión de Evaristo Manrique en el despacho de la Policía Judicial de Briviesca duró dos horas y cuarenta minutos, grabada en audio y vídeo bajo la fe pública de la secretaria judicial.

El viejo cantero habló con el alivio desesperado de quien lleva seis años arrastrando una condena en secreto:

—¿Qué le propuso Sola exactamente? —inquirió Marina desde el otro lado de la mesa.

—Me propuso un trabajo que él llamaba «sustitución preventiva de piezas vulnerables».

Me dijo que el Ministerio de Cultura iba a declarar una moratoria de restauraciones y que la Fundación de Oña necesitaba copiar cuatro relieves románicos del siglo XII y los dos sarcófagos menores de la cripta condal antes de que el moho los destruyera.

Yo tenía que sacar moldes de silicona de las piezas originales durante las noches de agosto, tallar réplicas exactas en caliza de Hontoria envejecida con ácidos y hollín, y colocarlas en el monasterio.

—¿Y los originales? —preguntó Analía.

—Sola se los llevaba en cajas de madera embaladas con paja en su furgoneta. Me pagaba diez mil euros por cada réplica colocada. Me juró que los originales iban a un depósito acorazado de una fundación en Ginebra para su preservación científica.

—Pero Valeria Santos descubrió el engaño —intervino Marina.

—Valeria era una fiera para el arte —asintió el viejo cantero con amargura—.

A finales de octubre de 2020, durante la consolidación del suelo del coro, la chica se dio cuenta de que el capitel de la Adoración de los Magos no sonaba a piedra vieja.

Pasó una esponja con acetona sobre el relieve y saltó el barniz sintético que yo le había dado para disimular la talla fresca.

Se puso como una loca. Me gritó que éramos unos expoliadores miserables, que estábamos robando la historia de Castilla para venderla a millonarios de Suiza y que al día siguiente presentaba una denuncia en la Fiscalía de Burgos con las fotos de las réplicas.

—¿Quién más estaba en la cripta aquella noche, Evaristo? —la voz de Analía sonó clara, suave, pero implacable.

El cantero cerró los ojos con fuerza, como si reviviera el horror de aquella madrugada.

—Estaba Álvaro Sola. Y estaba el padre Anselmo, que tenía las llaves del claustro.

Cuando Valeria empezó a amenazar con llamar a la Guardia Civil, Sola intentó quitarle la cámara de fotos a empellones.

Forcejearon sobre la trampilla abierta que daba a la galería baja de ventilación...

la que conecta con la cueva del Silencio.

La chica resbaló contra el borde de la sillería y cayó al foso de cabeza.

Se dio un golpe tremendo contra el saliente de piedra caliza.

—¿Sola no la golpeó con la palanca? —preguntó Marina, atenta al relato.

—No... no en ese momento —balbuceó Evaristo—.

Cayó y se quedó inmóvil en el fondo del pozo.

Sola bajó con una cuerda, la miró con la linterna y subió blanco como la cera diciendo que estaba muerta, que no tenía pulso.

El padre Anselmo se puso de rodillas a rezar el rosario, llorando como una Magdalena.

Y entonces... entonces llegó doña Mencía.

Marina y Analía contuvieron la respiración en la sala.

—Doña Mencía de Velasco bajó a la cripta con su abrigo negro y una linterna de caza —continuó el cantero—.

No derramó una sola lágrima. Miró a Sola, miró el agujero y dijo: «Si la Guardia Civil entra en este convento, se acabó la fundación, se acabaron las subvenciones y la familia Velasco no va a salir en los periódicos como una banda de ladrones de tumbas» .

Fue doña Mencía quien ordenó sellar la reja de la cueva con mi cadena y mi candado.

Yo le di mi herramienta a Sola para que bajara a atrancar el acceso subterráneo...

Yo pensé que la chica estaba muerta, se lo juro por mis nietos.

Si llego a saber que Valeria seguía viva en el fondo de esa cueva...

Dios todopoderoso, no habría podido vivir un solo día más.

Analía miró las notas de su cuaderno y levantó la vista hacia el cantero con el ceño ligeramente fruncido.

—Don Evaristo: si ustedes sellaron la reja en octubre de 2020 y nunca volvieron a bajar... ¿quién escribió la nota plastificada que encontramos hace cuatro días en el anorak de la muchacha?

El viejo cantero abrió los ojos con auténtico espanto.

—¿Qué nota? Yo no sé nada de ninguna nota, señorita agente. Yo no he vuelto a pisar Oña desde que cobré aquel talón en el banco.

Analía anotó una palabra en el margen superior de su informe y la rodeó con un círculo rojo: El tercer hombre .

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