El secreto de la caliza (Marina Roldán 2) CAPÍTULO 8 El cantero de Frías
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CAPÍTULO 8 El cantero de Frías

El cantero de Frías

F rías se recortaba contra el cielo plomizo de la tarde como un milagro de piedra suspendido en el tiempo.

La ciudad más pequeña de España coronaba un peñón calizo escarpado, con sus casas colgadas asomadas al abismo sobre el valle del Ebro y la silueta desafiante de su castillo roquero vigilando el desfiladero desde el siglo XII.

La nieve empezaba a cuajar de nuevo sobre los tejados de teja árabe y las calzadas empedradas cuando el coche patrulla cruzó el puente medieval fortificado sobre el río.

El taller de cantería y canteras Manrique estaba situado en una corrala baja a las afueras de la muralla, junto al cauce viejo de un molino de batanes.

En el cobertizo exterior se apilaban bloques de caliza blanca de Hontoria del Pinar, losas de arenisca labrada y molduras góticas a medio desbastar cubiertas por plásticos transparentes.

El aire olía a polvo de piedra húmeda, aceite de corte y madera quemada en una estufa de serrín.

Evaristo Manrique tenía setenta años, manos deformadas por la artrosis y el cincel, y la piel del cuello curtida como el pellejo de un jabalí viejo.

Llevaba gafas de protección sobre la boina y un mandil de cuero grueso manchado de polvo blanco.

Al ver entrar a Marina, Castro y Analía, no soltó la maza de madera ni el puntero de acero con el que estaba desbastando un capitel románico con motivos vegetales.

—Si vienen por el encargo de la portada de la iglesia de Tobillas, díganle al cura que hasta primavera no fragua el mortero de cal —dijo el viejo sin mirarlos, golpeando el cincel con un clac-clac seco y rítmico.

—No venimos por la iglesia de Tobillas, señor Manrique —dijo Marina, deteniéndose a dos metros del banco de trabajo—. Venimos por el taller de restauración del Monasterio de San Salvador de Oña. Campaña de octubre de 2020.

El martillo del cantero se detuvo en el aire. El silencio que siguió fue tan espeso que se escuchaba el murmullo del río Ebro corriendo bajo los ojos del puente de piedra.

Evaristo apoyó la maza despacio sobre el banco de madera y se quitó las gafas de protección con dedos torpes. Sus ojos acuosos y cansados recorrieron el uniforme de Castro, el chaquetón de Marina y se detuvieron en Analía, que observaba con atención un rincón oscuro del cobertizo.

En una balda metálica, junto a una hilera de gubias y cinceles de boca ancha, descansaban tres bobinas de cordel grueso de cáñamo oscuro.

Analía se acercó despacio, sin brusquedad, y tocó una de las hebras con la yema del dedo enguantado. Luego se inclinó hacia una cubeta de latón donde reposaba una pasta viscosa y oscura con una brocha de cerdas duras.

—Pez griega con aceite de linaza cocido —dijo Analía con su voz suave, girándose hacia el viejo—. Para no rayar la sillería del siglo XI al amarrar los andamios de madera en el interior del coro. ¿Verdad, don Evaristo?

El viejo cantero tragó saliva. Sus hombros se hundieron bajo la camisa de franela a cuadros como si una losa de tonelada y media le acabara de caer sobre la espalda.

—Esa chica... Valeria —murmuró el hombre con la voz quebrada por el tabaco negro y los años de polvo de sílice—. Me dijeron que se había marchado a Francia. Que había cogido el dinero y se había largado.

—No se marchó a Francia, Evaristo —dijo Marina, sacando de su bolsillo la bolsa hermética donde reposaba la uña de hierro encontrada en el fondo de la sima—.

Apareció ayer en la cueva del Silencio. Con el cráneo reventado con esta herramienta de su taller.

Y atada de pies y manos con el cáñamo de su estantería.

El viejo cantero miró la palanca de hierro y sus ojos se llenaron de lágrimas turbias que no llegaron a caer por sus mejillas cuarteadas. Se sentó en un tajo de encina, apoyó los codos sobre las rodillas y se cubrió la cara con las manos ásperas.

—Virgen santísima del Oca... Dios me perdone. Dios me perdone por lo que hice.

Analía dio dos pasos hacia él, se arrodilló a su altura para no intimidarlo y le puso una mano tibia sobre el hombro cubierto de lana.

—Don Evaristo —le dijo Analía con una ternura firme, mirándolo a los ojos con infinita paciencia—.

Usted es un artesano honrado que lleva toda la vida restaurando la piedra de esta comarca.

Si alguien le obligó o le engañó para entrar en esa cueva, este es el momento de contarlo.

No cargue con el ataúd de otro a su edad.

El viejo cantero levantó la mirada hacia Analía, conmovido por el respeto y la compasión de la joven investigadora. Respiró hondo, temblando de frío y de culpa, y empezó a hablar.

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