CAPÍTULO 7 Las transferencias suizas y el rastro del dinero
Las transferencias suizas y el rastro del dinero
A las dos de la tarde, la sede de la sucursal del Banco Santander en la plaza Mayor de Briviesca era un remanso de calefacción central, moqueta gris y cristales blindados.
Don Julián Barredo, el director de la sucursal comarcal, era un hombre de cincuenta y cinco años con traje gris marengo impecable, gafas de montura de carey y un tic nervioso en el párpado izquierdo que se intensificaba cada vez que miraba la placa de la Policía Judicial colocada sobre su mesa de caoba.
Castro se había sentado en una esquina con los brazos cruzados, dejando que Marina llevara la voz cantante.
Pero Marina, tras dos preguntas directas sobre el titular de la cuenta fiduciaria en Ginebra, notó que el bancario se atrincheraba en el secreto bancario y la cortesía evasiva de los empleados de provincias que llevan treinta años gestionando los patrimonios de las familias pudientes.
Fue entonces cuando intervino Analía Cañizares.
Analía no alzó la voz ni sacó a colación el Código Penal.
Se sentó en la silla frente al director, abrió su maletín de aluminio y extrajo un documento oficial con membrete de la Fiscalía Anticorrupción y el Banco de España.
Lo deslizó sobre la mesa con una suavidad calculada, acompañándolo de una sonrisa educada y cercana.
—Señor Barredo —dijo Analía en tono confidencial, como quien comparte una preocupación entre colegas—.
Entendemos perfectamente su posición. Briviesca es un pueblo pequeño, las familias tradicionales son clientes de toda la vida y nadie quiere aparecer en las diligencias de un juzgado por un asunto en el que usted no tiene ninguna responsabilidad penal directa.
El bancario parpadeó, aliviado por no recibir la bronca intimidatoria que esperaba.
—Es que la ley de protección de datos y las directivas de cumplimiento normativo son muy estrictas, agente... —empezó Barredo, aflojándose el nudo de la corbata.
—Por supuesto —asintió Analía con empatía—.
Por eso precisamente queremos ayudarle a que esto no trascienda a la prensa provincial.
Si el Juzgado de Instrucción número dos emite un requerimiento de auxilio judicial por blanqueo de capitales derivado de un homicidio doloso, el Banco de España interviene la sucursal de oficio en menos de cuarenta y ocho horas.
Y su nombre, don Julián, figurará en el encabezado del atestado como cooperador por omisión.
Barredo se quedó rígido. Sus dedos buscaron con nerviosismo un bolígrafo sobre el secante de piel.
—Yo no tengo nada que ver con ningún homicidio, por Dios bendito.
—Lo sabemos —continuó Analía con voz cálida y tranquilizadora—.
Sabemos que usted se limitó a dar curso a las transferencias mensuales de cuarenta mil euros que llegaban desde el Banque Cantonale de Genève con el concepto Mantenimiento y Restauración del Patrimonio Monástico .
Pero mire este extracto del 14 de octubre de 2020.
Analía señaló una línea subrayada con fluorescente amarillo en el estadillo bancario.
—Esa transferencia en particular no se abonó a la cuenta de la Fundación de Amigos de Oña —indicó Analía—. Se desvió a una cuenta corriente personal abierta en esta misma oficina esa misma mañana. Una cuenta a nombre de don Evaristo Manrique. El maestro cantero de Frías.
Marina y Castro intercambiaron una mirada rápida de sorpresa contenida.
Barredo tragó saliva ruidosamente y se quitó las gafas para limpiarlas con un pañuelo de tela que temblaba en su mano.
—Ese... ese abono vino ordenado directamente con firma mancomunada de la presidenta del patronato, doña Mencía de Velasco —confesó el director en un susurro, mirando hacia la puerta acristalada como si temiera que alguien le estuviera escuchando desde el pasillo—.
Dijo que era para la liquidación urgente de unos trabajos de sillería en el coro alto antes de que entrara el invierno.
Se pagó en un talón conformado al portador que el señor Manrique cobró en ventanilla en billetes de quinientos euros.
—¿Y por qué cesaron los pagos de Suiza hace tres semanas, señor Barredo? —preguntó Marina, tomando el relevo con la presión necesaria.
—Porque la cuenta de Ginebra fue cancelada por orden judicial suiza tras el fallecimiento del titular fiduciario en Zúrich. Y doña Mencía vino aquí hecha una fiera el lunes pasado, diciendo que si no se restablecía el flujo de fondos, no podría responder de la seguridad de las obras del monasterio.
Analía recogió los papeles con movimientos pausados y metódicos, guardándolos en su maletín antes de ponerse en pie.
—Muchísimas gracias por su colaboración, don Julián —dijo Analía con una educación exquisita, estrechándole la mano al aterrado director—. Ha sido usted de una ayuda inestimable para la justicia.
Cuando salieron al frío cortante de la plaza Mayor de Briviesca, Castro se quitó la gorra de plato y miró a la joven policía con admiración indisimulada.
—Joder con la novata —soltó el subteniente con una sonrisa abierta—. En diez minutos le ha sacado al banquero hasta el número de pie de la marquesa sin levantarle la voz ni una sola vez.
Marina sonrió por primera vez en todo el día y le dio una palmada en el hombro a Analía.
—Excelente interrogatorio, Cañizares. Has estado impecable. Ahora súbete al Mégane: tenemos una visita pendiente al cantero de Frías antes de que decida coger otro avión.
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