CAPÍTULO 6 La bajada a la cueva y la llegada de Analía Cañizares
La bajada a la cueva y la llegada de Analía Cañizares
A las ocho de la mañana del día siguiente, una cellisca helada azotaba la carretera comarcal de Oña, convirtiendo las cunetas en montículos de nieve sucia y salitre.
El Mégane de la Policía Judicial estaba aparcado junto al puesto de mando avanzado del GREIM, a escasos doscientos metros de la boca de la cueva del Silencio.
Marina Roldán se ajustaba el casco de espeleología con frontal de ledes de alta intensidad cuando un todoterreno blanco de la Comandancia de Burgos frenó sobre la gravilla con un chirrido de neumáticos de invierno.
De la puerta del copiloto bajó una mujer joven, de unos veintiocho años.
Llevaba una parka técnica azul oscuro con el distintivo de la Policía Judicial en el hombro, una bufanda de lana gris marengo y botas de campaña bien enceradas.
Tenía el pelo rubio liso recogido en una coleta baja, gafas de montura metálica fina sobre una mirada castaña, despierta y viva, facciones despejadas y una constitución menuda y ágil que no delataba el frío, barriendo el cañón con una mezcla de curiosidad profesional y respeto reverente.
Llevaba bajo el brazo un maletín rígido de aluminio con el sello del laboratorio de Criminalística y dos carpetas con pestañas de colores.
Castro, que bajaba del furgón de transmisiones con un termo de café en la mano, se detuvo y sonrió con la familiaridad de los guardias veteranos.
—Mírala —dijo Castro, dándole un codazo suave a Marina—.
Ya está aquí el refuerzo que pedí a la capital.
Marina, te presento a la agente Analía Cañizares.
Número uno de su promoción en la Escuela de Policía, graduada en Criminología por Salamanca y especialista en reconstrucción infográfica de la Unidad de Homicidios de Burgos.
Se conoce los archivos de Patrimonio mejor que los propios archiveros de la Junta.
Analía se acercó con paso seguro sobre el hielo, esquivando un charco congelado con agilidad. Se quitó el guante derecho para tender la mano a Marina con una sonrisa cálida y sincera, de esas que no buscan impresionar pero transmiten una serenidad inmediata.
—Inspectora Roldán. Es un verdadero honor —dijo Analía.
Su voz era tranquila, melodiosa, sin la aspereza impostada de los inspectores recién salidos de Ávila—.
Traigo el volcado completo de los servidores del gabinete de Álvaro Sola y el análisis forense preliminar del teléfono que intentó formatear antes de que entraran ustedes en su despacho.
Marina le estrechó la mano con firmeza. La inspectora no solía congeniar con los recién llegados de capital, demasiado acostumbrados a las bases de datos de laboratorio y poco curtidos en el barro y las miserias del medio rural.
Pero en la mirada de Analía Cañizares no había arrogancia académica; había una concentración limpia, de las que no parpadean ante lo difícil.
—¿Qué has sacado de ese teléfono, Cañizares? —preguntó Marina, midiendo a la recién llegada.
Analía abrió la carpeta superior sin vacilar, mostrando una captura de pantalla impresa con un registro de geolocalización por repetidores de telefonía móvil.
—Sola no viajó solo a Oña en octubre de 2020, inspectora —explicó Analía con precisión milimétrica—.
La noche que Valeria desapareció, su teléfono se conectó al repetidor de la ermita a las veintitrés cuarenta.
Pero hay un segundo terminal de prepago que viaja exactamente en el mismo radio de cobertura, a velocidad de vehículo, siguiendo la ruta del río.
Y ese segundo número tiene una única llamada saliente de doce segundos a las tres de la madrugada: a la línea fija de la residencia señorial de doña Mencía de Velasco.
Castro dejó escapar un silbido largo entre los dientes.
—Menuda tarjeta de presentación, muchacha —dijo el subteniente.
—El dinero de Ginebra no era para comprar arte, inspectora —continuó Analía, mirando a los ojos a Marina—. Era para comprar silencio. Y quien pagaba las cuotas no era un marchante extranjero; era la propia Fundación de Amigos de Oña a través de una cuenta instrumental.
Marina asintió despacio, guardando el plano en su chaqueta.
—Buen trabajo, Analía. Guarda el ordenador en el coche y ponte el arnés de pecho. Nos vamos al fondo de la cueva.
A la expedición se unió Bruno Leiva, el geólogo y espeleólogo comarcal de Sedano. Hombre enjuto, de barba cerrada entrecana y hombros anchos de escalar simas kársticas, Bruno llevaba un mono de neopreno bajo el mono de protección y dos cuerdas dinámicas de setenta metros al hombro.
—La galería principal está inundada por el deshielo —advirtió Bruno mientras comprobaba los mosquetones de seguridad—.
Tenemos que entrar por la gatera superior, la galería de los Murciélagos.
Son cuarenta metros de arrastre por roca caliza húmeda y un pozo vertical de quince metros en volado sobre una balsa de decantación.
Si alguna de ustedes tiene claustrofobia, este es el momento exacto de quedarse en el coche tomando café con el chófer.
Marina miró de reojo a Analía. Esperaba un atisbo de duda en la agente de capital. Pero Analía se ajustó la cinta del casco, comprobó el mosquetón de su descensor en ocho y miró al geólogo con una tranquilidad absoluta.
—Nací en la sierra de Gredos, señor Leiva —dijo Analía con una media sonrisa tranquila—. El barro y los agujeros no me quitan el sueño. Tire usted delante, que le seguimos el ritmo.
El descenso fue una pesadilla de frío, rozaduras de roca caliza cortante y oscuridad absoluta solo rasgada por los conos de luz blanca de los frontales.
El aire en la galería olía a cal apagada, murciélago y humedad milenaria.
El agua goteaba desde las estalactitas con un sonido monocorde que parecía marcar los segundos en una cripta sumergida.
Al llegar al fondo de la primera sala, donde la bóveda se abría en una cúpula natural de más de doce metros, Bruno señaló una reja metálica de hierro forjado empotrada en la roca con pernos de anclaje de obra. La reja protegía el acceso a la galería más profunda del monasterio.
El candado de latón, cubierto de óxido y barro rojizo, colgaba reventado de una de las pletinas.
—Aquí es donde la encontraron —dijo Bruno, alumbrando la poza de agua cristalina y gélida que se extendía a sus pies.
Castro y Bruno examinaron el cerrojo metálico comentando la fuerza bruta necesaria para romper una cadena de eslabones gruesos.
Pero Analía Cañizares no miraba el candado; se había arrodillado junto a la pared izquierda de la sima, alumbrando con una linterna ultravioleta portátil la base de los sillares de roca natural.
—Inspectora —llamó Analía con voz baja pero nítida—. Venga a ver esto, por favor.
Marina se acercó, agachándose a su lado sobre el fango helado.
Analía señaló las marcas de raspadura en el hierro del marco interior de la reja.
—Todo el mundo asumió que rompieron el candado desde fuera para tirar el cuerpo de Valeria a la poza —dijo Analía, pasando la yema enguantada por la rebaba del metal—. Pero mire las marcas de impacto de la palanca. Las muescas no van de fuera hacia dentro. Van de dentro hacia fuera.
Marina frunció el ceño, enfocando su propia linterna sobre la pletina doblada. La evidencia física era inapelable: el metal estaba deformado hacia el exterior de la galería.
—La encerraron viva —susurró Marina, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con los cuatro grados bajo cero de la cueva.
—Exacto —asintió Analía con la mandíbula apretada—.
Quien la mató no la arrojó desde la superficie como si fuera un fardo.
Valeria estaba dentro de esta cavidad trabajando o buscando algo.
Alguien la sorprendió por la espalda, le dio el golpe en el parietal, cerró la reja con candado por fuera y la dejó atrapada en la oscuridad.
Ella no murió en el acto, como creía la forense: recuperó el conocimiento en mitad de la negrura e intentó forzar los barrotes con una herramienta de cantero antes de que el aire se le acabara.
Analía alumbró hacia el suelo fangoso, tres metros más allá. Semienterrada bajo una capa de sedimento calizo descansaba una pieza alargada de hierro negro: una uña de cantero tradicional, con restos de pintura verde vieja en el mango.
Marina miró a la joven agente con un respeto renovado y profundo. En quince minutos en el fondo de una cueva húmeda, Analía había desmontado la hipótesis oficial de la autopsia y había encontrado el arma homicida.
—Embala esa herramienta con cadena de custodia, Analía —ordenó Marina con gravedad—. Y no te separes de mí. Esto ya no es un robo de monedas. Es un entierro en vida.
---