CAPÍTULO 5 El compañero de prospección
El compañero de prospección
A las cuatro de la tarde, la niebla invernal volvía a caer sobre la catedral de Burgos como un velo sucio y húmedo.
El despacho de Antigüedades el catedrático de Historia Medieval de la Universidad... y usted.
Sola tragó saliva con esfuerzo. Su mirada osciló entre Marina y el ventanal que daba a la plaza Mayor, donde las farolas acababan de encenderse en medio de la penumbra helada de la tarde.
—Yo no la maté, inspectora. Se lo juro por lo más sagrado que yo no toqué a Valeria.
—Entonces explíqueme por qué tiene un billete de avión en clase business para Londres reservado a su nombre para mañana a las nueve de la mañana desde el aeropuerto de Santander.
El anticuario abrió la boca, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.
Castro dio un paso al frente y sacó los grilletes de acero del cinturón de servicio.
—Álvaro Sola: queda usted detenido como presunto autor de un delito de homicidio doloso, falsedad documental y receptación de patrimonio histórico protegido. Tiene derecho a guardar silencio...
Mientras Castro le leía los derechos reglamentarios del artículo 520 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, Marina contemplaba las vitrinas repletas de piezas sagradas.
El instinto forjado durante quince años de servicio policial le enviaba una señal de alarma inequívoca en la boca del estómago: la detención de Sola encajaba con demasiada facilidad, como una pieza prefabricada que alguien había dejado lista para ser encontrada.
Y la nota manuscrita plastificada de hace cuatro días — «La cripta no está vacía» — seguía sin autor conocido. El verdadero arquitecto del silencio aún estaba libre, al abrigo de los muros sagrados de Oña.
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## ACTO II: EL LABERINTO SUBTERRÁNEO Y LA FALSA RESOLUCIÓN