El secreto de la caliza (Marina Roldán 2) CAPÍTULO 4 El archivo del monasterio
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CAPÍTULO 4 El archivo del monasterio

El archivo del monasterio

Marina y Castro cruzaron el claustro gótico bajo una llovizna fina que hacía brillar las nervaduras de piedra labrada. El silencio del cenobio solo era interrumpido por el goteo rítmico de las gárgolas sobre el patio de hierba húmeda.

En la sala capitular los esperaba doña Mencía de Velasco.

La presidenta del patronato de la Fundación de Amigos de Oña vestía un traje de chaqueta de lana verde botella con botones dorados, un foulard de seda al cuello y el pelo canoso recogido en un moño impecable.

Tenía sesenta y dos años y el porte glacial y distante de las familias castellanas que han puesto alcaldes, obispos y procuradores en Cortes desde el reinado de Carlos V.

Junto a ella, de pie y con las manos entrelazadas sobre su sotana negra desgastada, el padre Anselmo sostenía un manojo de llaves maestras de hierro forjado.

—Inspectora Roldán —dijo doña Mencía sin ofrecer la mano, señalando dos sillones fraileros con tapicería de cuero repujado—.

El subdelegado del Gobierno me ha llamado esta mañana desde Burgos para informarme de la reapertura del caso de la señorita Santos.

Una verdadera tragedia que nos conmovió a todos hace seis años.

Pero no comprendo qué relación puede tener este desagradable suceso con la actividad ordinaria de nuestra fundación eclesiástica.

Marina no se sentó. Se detuvo en mitad de la sala, bajo los escudos heráldicos de los Velasco esculpidos en el arranque de las bóvedas.

—Tiene relación, señora de Velasco, porque Valeria Santos no huyó a ningún país extranjero. Apareció esta mañana asesinada en la cueva del Silencio. Y en el bolsillo de su ropa llevaba esto.

Marina sacó la bolsa de evidencias con la moneda de plata medieval y la depositó sobre la mesa de nogal macizo.

El padre Anselmo palideció de forma instantánea. Sus nudillos crujieron al apretar el crucifijo de madera que colgaba de su pecho y dio un involuntario paso hacia atrás. Doña Mencía no pestañeó, pero sus pupilas se dilataron un milímetro, traicionando la máscara de serenidad aristocrática.

—Una pieza numismática interesante —dijo doña Mencía con un tono deliberadamente desinteresado—. El norte de España está lleno de vestigios arqueológicos en manos de particulares y coleccionistas.

—No es una pieza cualquiera, doña Mencía —intervino el subteniente Castro con su voz pausada y profunda de guardia viejo—.

Es un dinero de vellón acuñado en la ceca de Burgos bajo el reinado de Alfonso VIII.

Y lleva el punzón privado de la gavilla de trigo.

El punzón que el abad Juan de Oña ordenó marcar en 1214 en las piezas depositadas en el arca funeraria de los infantes de Castilla.

Marina clavó sus ojos oscuros en el párroco.

—Padre Anselmo. En octubre de 2020, la Dirección General de Patrimonio de la Junta autorizó una prospección arqueológica de urgencia en la cripta baja del monasterio para consolidar el suelo del coro, que amenazaba con hundirse por filtraciones freáticas.

La restauradora asignada a ese proyecto era Valeria Santos.

Y su ayudante en el archivo histórico era usted.

El sacerdote tragó saliva con dificultad. Su manzana de adán subió y bajó tras el alzacuello blanco.

—Valeria... Valeria era una muchacha muy competente, inspectora. Muy apasionada por la investigación medieval. Pero... se obsesionó con ciertos documentos del archivo que no tenían base científica.

—¿Qué documentos, padre?

—Fantasías sobre tesoros eclesiásticos ocultos durante la invasión napoleónica de 1808 —interrumpió doña Mencía con voz cortante, tomando el control de la conversación con autoridad marcial—.

Leyendas de sacristía sin el menor rigor académico.

La señorita Santos terminó su campaña de consolidación del suelo, cobró sus honorarios de la fundación y nos comunicó que se trasladaba a Madrid para incorporarse a un nuevo proyecto privado.

A partir de esa fecha, dejamos de tener contacto con ella.

—¿Y el expediente técnico de aquella obra de 2020, doña Mencía?

—preguntó Marina—. Porque he llamado a la delegación territorial de Patrimonio en Burgos antes de salir hacia aquí, y me han informado de que el tomo correspondiente a la memoria final de la cripta de Oña fue retirado del registro oficial en noviembre de 2020 para una «revisión técnica de erratas» y nunca fue devuelto.

El silencio que cayó sobre la sala capitular fue denso como el plomo.

Doña Mencía sonrió con una frialdad estudiada que no ocultaba el filo de su advertencia.

—En la administración pública los papeles a veces se traspapelan entre despachos, inspectora.

Supongo que una funcionaria de su rango sabrá cómo funcionan los archivos provinciales.

Si lo que busca es encontrar culpables, le sugiero que dirija sus pesquisas hacia las personas que compartían la vida privada de la señorita Santos fuera de este convento.

—¿A quién se refiere exactamente?

—A su socio de entonces —respondió la mujer con desdén—.

El señor Álvaro Sola. El tasador de antigüedades que la trajo a Oña recomendada por su gabinete.

Tenían una relación sentimental tormentosa y muchas deudas derivadas de compras imprudentes en subastas de Madrid.

Si alguien tenía motivos para discutir con Valeria por dinero o piezas de valor, empiece buscando en su despacho de la plaza Mayor de Burgos.

Marina sostuvo la mirada de doña Mencía durante tres largos segundos antes de retirar la bolsa con la moneda de la mesa.

—Hablaremos con el señor Sola, no le quepa duda —dijo la inspectora—. Pero antes de irnos, padre Anselmo... ¿me permite ver el libro de visitas del archivo parroquial de esta última semana?

El sacerdote tembló levemente.

—El... el libro de visitas está cerrado por inventario eclesiástico, inspectora. Las llaves las tiene el vicario general en Burgos.

—Entiendo —dijo Marina, observando de reojo las manos del cura: los dedos índice y corazón de su mano derecha estaban manchados con tinta azul permanente de secado rápido—. Que tengan buen día. Volveremos pronto. Con una providencia del Juzgado de Instrucción número dos.

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