El secreto de la caliza (Marina Roldán 2) CAPÍTULO 3 La autopsia del frío
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CAPÍTULO 3 La autopsia del frío

La autopsia del frío

E l Instituto de Medicina Legal de Burgos olía a fenol, desinfectante industrial y frío metálico.

Sobre la mesa de acero quirúrgico número tres, iluminada por dos potentes focos halógenos cenitales, el cuerpo de Valeria Santos parecía una escultura de cera abandonada en un sótano medieval.

La doctora Elena Murua, ataviada con bata impermeable y pantalla de protección facial, sostenía una radiografía digital recién impresa contra el negatoscopio de la pared.

Marina Roldán y el subteniente Castro observaban detrás de la línea amarilla de seguridad.

—El estado de conservación es prodigioso desde el punto de vista tanatológico —explicó Murua, señalando con un estilete la imagen craneal en blanco y negro—.

La concentración de carbonatos del agua filtrada por la roca caliza actuó como un fijador químico.

No hay fauna cadavérica ni signos de putrefacción bacteriana porque la cueva permaneció por debajo de los seis grados y con ausencia total de oxígeno en la poza donde quedó sumergida.

—¿La causa indiscutible de la muerte sigue siendo el golpe en el cráneo? —preguntó Marina, libreta en mano.

—Sin la menor duda. Mira aquí —la forense amplió en el monitor la tomografía computarizada del parietal izquierdo—.

Fractura conminuta con invasión de esquirlas óseas en la masa encefálica.

La muerte sobrevino por hemorragia subaracnoidea masiva en cuestión de segundos.

El arma homicida no tenía filo, pero tenía una arista de ángulo recto y una curvatura de unos diez centímetros.

Algo de hierro forjado muy macizo: una palanca de cantero, una azuela de labranza o la uña de un martillo de desbaste pesado.

—¿Y las marcas de las muñecas?

—Son post-mortem —confirmó la forense con rotundidad—.

Las livideces cadavéricas no muestran extravasación sanguínea viva bajo los surcos del cáñamo.

Es decir: la mataron primero en seco, en una superficie plana, y luego la maniataron para transportar el cadáver como si fuera un fardo, probablemente cargado sobre los hombros o deslizado por la angostura de la cueva con una cuerda guía.

Murua se acercó a la mesa auxiliar y levantó con unas pinzas una cápsula de Petri de cristal donde reposaba una muestra del cordel extraído de las muñecas.

—He analizado la resina que impregna la fibra vegetal.

No es alquitrán de barco ni brea de asfalto moderno.

Es pez griega mezclada con aceite de linaza cocido.

Es la fórmula artesanal tradicional que usan los maestros canteros y restauradores de patrimonio histórico en Castilla para impermeabilizar los amarres de los andamios de madera en monumentos protegidos.

Si usaran cuerdas sintéticas de nylon o polipropileno, la piedra caliza románica se rayaría con el roce.

Marina anotó cada detalle en su libreta.

—Una herramienta de cantero y un cordel de restauración monumental —murmuró la inspectora—. El círculo de sospechosos no está en una pandilla de mochileros del pueblo. Está dentro de los muros del monasterio.

—Hay algo más, inspectora —añadió la doctora Murua, sacando un sobre de papel kraft de la nevera de muestras biológicas—. El análisis toxicológico del barro extraído de los pulmones y del estómago dio negativo en agua de río corriente. Valeria no respiró el agua del arroyo que entra en la sima.

—¿Qué tragó entonces?

—Polvo de cal viva y partículas microscópicas de yeso alabastrino antiguo.

El tipo de material que solo existe en el subsuelo de los enterramientos eclesiásticos del siglo XII.

Quien la mató lo hizo dentro de un recinto sagrado y luego se tomó la molestia de trasladar el cuerpo tres kilómetros monte arriba hasta la boca de la sima.

Castro soltó un bufido grave y se ajustó la trinchilla del uniforme.

—El Monasterio de San Salvador de Oña —dijo el subteniente en voz baja—.

El panteón real de los condes de Castilla y los reyes de Navarra.

Allí están enterrados el conde Sancho García y el rey Sancho el Fuerte.

Si alguien ha estado levantando losas del siglo XI para expoliar tumbas, tenemos un polvorín político entre el Obispado de Burgos, la Junta y la Guardia Civil que va a hacer temblar la provincia.

Marina guardó el bolígrafo y miró el rostro pétreo de la joven en la mesa de autopsias.

—Pues vamos a empezar a levantar polvo, Castro. Coja el coche. Nos vamos a la abadía.

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