CAPÍTULO 2 La momia de la caliza
La momia de la caliza
L a boca de la cueva del Silencio era una hendidura oscura y amenazante abierta en una pared vertical de roca caliza de más de cincuenta metros de altura.
El agua del deshielo caía en cascada sobre los helechos fosilizados de la entrada, formando una balsa de espuma turbia que olía a fango viejo, raíces podridas y azufre mineral.
Tres agentes del Grupo de Rescate Especial de Intervención en Montaña (GREIM) trabajaban con arneses de doble anclaje, suspendidos sobre el torrente con cuerdas estáticas de doce milímetros.
Con ayuda de una pértiga telescópica y un lazo de tracción de acero, habían logrado fijar el bulto y arrastrarlo hasta una repisa seca de piedra caliza, a resguardo del caudal desbocado.
Marina descendió por el sendero resbaladizo, sujetándose a las ramas peladas de los avellanos, seguida de cerca por Castro y la médico forense del juzgado de Briviesca, una mujer joven de pelo corto y gafas metálicas llamada Elena Murua.
El cuerpo yacía boca arriba sobre una lona térmica plateada.
A pesar de los seis años transcurridos desde que desapareció de la faz de la tierra en octubre de 2020, la figura era aterradoramente reconocible.
La constante temperatura de siete grados en el fondo de la sima kárstica, combinada con la saturación de sales de carbonato cálcico y el flujo continuo de aire frío de las galerías, había momificado los tejidos en lugar de descomponerlos.
La piel de las mejillas y las manos tenía el aspecto cetrino y apergaminado del cuero viejo, tensa sobre los pómulos afilados.
Llevaba un mono de espeleología rojo desgastado con refuerzos de cordura en las rodillas y un arnés de pecho Petzl.
—Valeria Santos —susurró Castro, arrodillándose en la gravilla sin apartar los ojos del rostro mineralizado—.
Veintiocho años cuando desapareció. Restauradora de la Fundación de Amigos de Oña.
Dijeron que había cogido sus ahorros de la cuenta de Burgos y se había marchado a Sudamérica con un novio mochilero.
—Nadie viaja a Sudamérica metida en una sima de noventa metros de profundidad con las muñecas atadas —dijo Marina con una voz glacial.
Señaló los brazos de la víctima. Ambas muñecas estaban cruzadas por delante del vientre, fuertemente amarradas con cuatro vueltas de un cordel grueso de cáñamo oscuro, impregnado de una resina negruzca que desprendía un leve aroma a brea.
La forense Elena Murua apartó con una pinza metálica el pelo apelmazado de la sien izquierda de Valeria. La calavera presentaba una fractura con hundimiento de cinco centímetros de diámetro, con bordes biselados y una fisura radial que bajaba hacia la base de la mandíbula.
—El traumatismo craneoencefálico la mató en el acto —dictaminó la forense—.
El impacto no fue fruto de una caída libre por el pozo; la trayectoria es horizontal, asestada desde arriba hacia abajo con un objeto contundente, pesado y con perfil curvado.
Y después de matarla, la ataron de pies y manos para bajarla con una cuerda y ocultarla en la galería profunda.
Marina sacó un par de guantes de látex estériles de su bolsillo y los ajustó a sus dedos con un chasquido. Se agachó sobre el anorak de la muchacha.
La cremallera del bolsillo delantero del pecho estaba sellada por el óxido del agua caliza. Marina utilizó la punta de una navaja multiusos para liberar el tirador y abrió el compartimento con sumo cuidado.
Dentro había dos objetos envueltos en una bolsita hermética de plástico de laboratorio:
El primero era una moneda de plata gruesa, irregular, del tamaño de una pieza de dos euros.
En una de sus caras se distinguía con nitidez la cruz patada románica y una leyenda en latín desgastada por el tiempo: ANFUS REX .
En el reverso, una flor de lis tosca y un punzón diminuto en forma de gavilla de trigo grabado a cincel en el metal noble.
El segundo objeto era una cuartilla de papel doblada en cuatro partes, plastificada burdamente con cinta de embalar transparente para protegerla de la humedad del río.
Marina desdobló el plástico con las yemas de los guantes y enfocó con la linterna táctica el texto escrito a mano con bolígrafo de tinta azul densa. La tinta no estaba desvaída por seis años de agua; los trazos eran nítidos, firmes pero con el temblor inconfundible del pulso de un anciano.
La nota decía textualmente:
10 de diciembre de 2026. Valeria no se ahogó sola. La sacarán cuando baje la nieve para que nadie mire hacia el suelo del coro. La cripta no está vacía.
Marina levantó la vista hacia las alturas del desfiladero, donde los muros milenarios del Monasterio de San Salvador de Oña recortaban su silueta de piedra contra el cielo gris plomo del invierno burgalés.
—Castro —dijo Marina, guardando la nota en una bolsa de evidencias numerada—. Esta nota se escribió hace exactamente cuatro días. Quien la dejó en el bolsillo del cadáver sabía que el deshielo iba a expulsar el cuerpo hoy mismo.
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