El secreto de la caliza (Marina Roldán 2)
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CAPÍTULO 1 El torrente de la sima
El torrente de la sima
En menos de seis horas, la nieve de tres cuartas que cubría los altos del desfiladero de Oña y los páramos calizos de La Bureba se transformó en un lodazal lechoso.
El agua del deshielo no encontró salida por los cauces secos; se filtró por las entrañas de la roca kárstica, hinchando los sifones subterráneos hasta reventar las bocas de las cuevas con un bramido sordo que hizo temblar los cimientos de piedra del pueblo.
A las siete y media de la mañana, la inspectora Marina Roldán contemplaba el espectáculo desde la barandilla de hierro del mirador de la ermita.
Llevaba su anorak azul marino del Cuerpo Nacional de Policía con el cuello subido y sostenía un vaso de café humeante en la mano enguantada.
Hacía tres semanas que el caso de Montecastro había quedado cerrado con la detención de Marcos Cuesta y el entierro digno de los restos de Javier Aldana, pero la calma en la comarca de Las Merindades era siempre una tregua engañosa.
El teléfono móvil en su bolsillo interior vibró con insistencia. En la pantalla apareció el nombre del subteniente Castro.
—Dígame, subteniente.
—Inspectora —la voz de Castro competía con el rugido de un motor al ralentí y el chasquido del agua contra el barro—.
Tenemos un problema en la garganta del río Oca, a la entrada de la cueva del Silencio.
Dos senderistas de Miranda que subían hacia la mesa de Oña han visto algo atascado en el sumidero exterior.
—¿Otro tronco arrastrado por la riada?
—Los troncos no llevan botas de montaña de suela amarilla, Marina.
Y tampoco llevan chalecos térmicos con reflectantes naranjas.
El agua ha escupido un bulto desde la galería inferior.
El GREIM de la Guardia Civil ya está saliendo de Ezcaray con el equipo de espeleorrescate, pero la jueza de guardia de Briviesca quiere que la Policía Judicial asuma la dirección del levantamiento desde el minuto uno.
Venga por la comarcal vieja; la nacional está cortada por desprendimientos de caliza.
Marina apuró el café amargo, tiró el vaso al contenedor municipal y subió al Mégane camuflado.
Mientras arrancaba y metía primera, miró el asiento del copiloto: allí descansaba, pulcro y cerrado, el cuaderno de tapas de hule negro de su padre.
Santiago Roldán solía decir que la caliza de Burgos no perdona los pecados: los guarda en la oscuridad mientras dura el invierno, pero cuando sube el termómetro, la tierra siempre termina vomitando lo que intentaron enterrar.
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