20
E l cuaderno negro de Tomas estaba abierto entre dos pantallas, en el despacho de familias de la planta baja, y en la página del viernes había una lista con siete puntos y seis tachados.
Maja la vio desde la puerta, sin entrar, el lunes a las nueve de la mañana, cuando Tomas levantó la vista y dijo que pasara.
Maja miró.
—Entregado —dijo Maja.
—Entregado. Ahora depende de ellos. La de víctimas me dijo que la fiscal lo tendría en su mesa esta semana y que decidiría con eso y con lo que ya tenían. Me dijo también que no llamara cada día. —Tomas se pasó la mano por la nuca—. Así que no llamo cada día. Llamo el miércoles.
—El miércoles.
—Lo tengo apuntado. —Señaló el cuaderno, el punto sin tachar.
Maja dejó los ojos en el recuadro gris un poco más.
Entregado. Había leído miles de correos como aquel en ocho años de dirección; sabía lo que significaba una fecha, un destinatario, un adjunto.
Aquello era un trámite hecho. Lo que faltaba estaba en otro despacho, en Luleå, en una mesa que no era suya, y en un calendario que la fundación no controlaba.
—¿Lovisa está en el piso?
—Desde el jueves por la tarde. Nova va al colegio desde allí; Lovisa va al salón a las nueve y vuelve a las seis. Petra la llama por la mañana y yo por la tarde. Ayer me dijo que si la volvíamos a llamar a la vez nos colgaba a los dos.
—Bien.
—Bien.
Tomas giró la pantalla hacia sí y cerró el correo.
Fuera, en la calle, alguien había gritado un nombre, el de Helena, y luego el de Maja, y Elin había bajado la persiana de recepción, cosa que no había hecho en tres años.
El resto del lunes fue lo que era. Helena había dicho en la televisión, el sábado, delante de dos millones de personas, lo mismo que había dicho en la sala del patronato, palabra por palabra, tal como había prometido; había añadido una frase, una sola, que los periódicos habían puesto en los titulares: que ella había fundado esa casa para que ninguna madre se quedara sola delante de un lago y que la casa había decidido que ella se quedara.
Ingrid había llamado a Maja el domingo a las once de la noche para decirle que no hiciera nada, que cualquier cosa que la fundación dijera ahora sería peor que no decir nada, y Maja había dicho que ya lo sabía.
Elin tenía cuarenta y una peticiones de entrevista y una instrucción: ninguna.
Subió a mediodía a decir que dos de las peticiones eran de programas que querían a Helena y a Maja juntas, «madre e hija, cada una su versión», y que ella les había dicho que no sin consultarlo, y que si había hecho mal que se lo dijera.
Maja le dijo que había hecho bien y que la próxima vez tampoco consultara.
A las once llamó Britt, desde el lago, para decir que Vikander había estado en su casa con dos preguntas sobre la llave y una sobre el canal, y que había contestado las tres como le había contestado a Maja, y que Helena la había visto entrar y salir desde la ventana del pasillo y no había bajado.
A las doce llamó Petra: la mujer de Karlstad había escrito para pedir que la sacaran del libro, del todo, y que borraran su código, y Petra no sabía si eso se podía hacer, y Maja tampoco, y lo apuntó para Ingrid.
A la una Maja comió un bocadillo de pie en el despacho, mirando por la ventana del patio interior, y no pensó en nada durante cuatro minutos.
A las dos llamó Vikander, breve, para decir dos cosas: que la búsqueda del bolso en el lago se suspendía hasta el deshielo, porque bajo cincuenta centímetros de hielo no se busca nada, y que de España no había llegado la segunda parte.
Maja preguntó si había algo más. Vikander dijo que si hubiera algo más se lo diría, y colgó.
A las tres subió Tomas con una hoja: el mecanismo de revisión externa que el patronato le había encargado a la dirección, o el borrador de un borrador, escrito por él a petición de Maja, con nombres de personas de fuera que podrían hacerlo.
Un exjuez de familia que Wenner conocía; una profesora de Uppsala; un mediador que había trabajado con la fundación en 2016, cuando el caso de sus propios hijos, y que Tomas tachó él mismo con el bolígrafo antes de dárselo, diciendo que no era objetivo.
—¿Por qué no?
—Porque me ayudó a mí. —Tomas dejó la hoja sobre la mesa—. Es bueno. Pero si alguien pregunta por qué está en la lista, yo tendría que decir por qué, y no quiero.
Maja leyó la hoja. Estaba bien hecha, como todo lo que hacía Tomas: dos columnas, criterios, teléfonos.
Pensó en lo raro que era que la persona más competente de la casa fuera la que había llegado a ella como familia, y luego pensó que no era raro, que era lo lógico, y que llevaba ocho años sin darle las gracias por eso porque él no las pedía.
—Gracias —dijo.
—No hay que darlas.
A las cinco Maja llamó a Lovisa. Contestó al segundo tono, con el ruido de un secador detrás.
—Estoy trabajando.
—Ya lo sé. ¿Cómo va el piso?
—Es un piso. Nova dice que huele a hotel. Duerme. —El secador se apagó—. ¿Han llegado mis tres páginas?
—El viernes. Entregado. Lo he visto en la pantalla.
—Entregado no es leído.
—No. Es entregado. Lo demás es de la fiscal.
—La fiscal. —Un silencio con tijeras—. Dile a tu Tomas que el miércoles no me llame a las cuatro, que tengo una permanente.
—Se lo digo.
Colgó. Maja dejó el teléfono boca abajo.
Entregado. Nueve y doce del viernes. Un destinatario, tres adjuntos, una línea gris.
Lo había visto. Todo lo que la fundación podía hacer estaba hecho y tenía hora y minuto; lo que faltaba lo tenía una fiscal que estudiaba un sellado desde hacía tres semanas y ahora tenía tres páginas más que estudiar.
Maja pensó en Sundell con algo que no era enfado, porque Sundell no había hecho nada mal, pero que se le parecía: la impaciencia de quien ha terminado su parte y espera a que otro termine la suya, sin poder llamar cada día.
Ingrid le había dicho el domingo que tres semanas era poco para una fiscal y mucho para una fundación, y que las dos cosas eran verdad a la vez.
Abrió la agenda y escribió, debajo de «Anneli Berg», «Lovisa Ek, entregado 6 feb 09:12», y cerró la agenda, y pensó que una cosa, al menos, estaba donde tenía que estar.