19
N ova miraba la puerta.
Estaba sentada en la alfombra del salón, con las piernas cruzadas y un libro abierto que no leía, y cada vez que el edificio hacía un ruido, una puerta en el rellano, el ascensor, un vecino arriba, levantaba la cabeza hacia la entrada del piso y se quedaba así un segundo, y luego volvía al libro.
Tenía nueve años, el pelo de su madre sin teñir y una sudadera con un dinosaurio. No había dicho hola.
Tomas eligió el suelo, a dos metros de ella, con la espalda contra el sofá.
No la miró. Sacó del bolsillo del plumífero un trozo de cuerda azul, de escalada, de unos ochenta centímetros, y empezó a hacer un nudo despacio, deshaciéndolo y volviéndolo a hacer.
Nova lo miró por el rabillo del ojo. Él siguió.
—¿Qué es eso? —dijo Nova, al tercer nudo.
—Un ocho.
—¿Por qué se llama ocho?
—Míralo.
Nova se acercó de rodillas. Tomas le tendió la cuerda. Ella intentó hacerlo, se equivocó, él deshizo el nudo sin decir nada y le enseñó otra vez, más despacio, con las manos grandes y las de ella al lado, y a la cuarta salió un ocho torcido, y Nova se lo llevó a la cara para mirarlo por dentro.
Maja lo vio desde la cocina. Lovisa también, desde el fogón, con una espátula en la mano.
—Se le dan bien —dijo Lovisa.
—Tiene dos hijos.
—Se nota.
El piso de Lovisa estaba en un tercero sin ascensor, en un edificio de ladrillo con balcones estrechos, a diez minutos andando del salón.
Tres habitaciones pequeñas, un salón con un sofá gris y una estantería de libros infantiles, una cocina donde cabían dos personas si no se movían.
En la nevera había dibujos, un horario del colegio, una foto de Nova con Malin en la playa.
Lovisa había insistido en que se quedaran a cenar y Maja había dicho que no, y Lovisa había dicho que no era una pregunta, que Nova tenía que ver a la gente de la fundación comiendo en su mesa para saber que no eran policía, y Maja había entendido que era una razón y se había quedado.
Tomas se había pasado la tarde en la mesa de la cocina con Lovisa, escribiendo la declaración en el portátil, tres páginas, preguntando fechas, haciéndola releer cada párrafo; a las cinco había ido con ella al salón a buscar la copia de la denuncia de 2019 en el cajón del mostrador y la había fotografiado con el móvil.
Maja había oído, desde el salón, cómo trabajaba: «¿Qué día fue eso, el mensaje de la madre de él?
¿Antes o después de Navidad? Si no lo sabes, ponemos que no lo sabes; lo que no se pone es un día inventado».
Lovisa había contestado a todo, seca, y al final había leído las tres páginas en voz alta, entera, y había dicho que estaba bien y que no cambiaría una coma.
Ahora Tomas estaba en el suelo con una cuerda.
—¿Tu hermana era la mujer que vino a verme? —dijo Lovisa.
Lo dijo removiendo la sartén, sin dejar de mirarla.
—Sí.
—Lo pensé cuando salió en las noticias. La foto de los diecinueve años no se parecía. La otra, la del dibujo, tampoco. Pero el nombre y la edad, y que la policía dijera lo de Canarias… —Bajó el fuego—. Ella hablaba con acento. No de otra parte de Suecia. De otra parte.
—¿Cómo fue?
Lovisa apagó el fuego y se apoyó en la encimera con la espátula todavía en la mano.
—Diciembre de 2021. Una cafetería de la estación, de esas con las mesas pegadas.
Vinieron dos: una mayor, con el pelo blanco, que llevaba la carpeta, y ella.
La mayor hizo las preguntas del papel. Ella no dijo casi nada al principio.
Me miraba. No como miran los de servicios sociales, que te miran para ver si mientes; me miraba como si esperara que terminara yo de decidir algo.
—Lovisa dejó la espátula—. No se sentó hasta que me senté yo.
Me acuerdo porque me pareció raro. La mayor ya estaba sentada y ella se quedó de pie con la mano en el respaldo hasta que yo me senté.
En el salón, Nova se reía de algo, bajo. Maja esperó.
—Cuando la mayor terminó, ella me preguntó por Nova.
Cuántos años tenía, si le gustaba el colegio, si sabía por qué nos habíamos ido.
Le dije que Nova tenía cuatro años y que sabía que papá se enfadaba mucho y que ahora vivíamos en otro sitio donde no se enfadaba nadie.
Y ella dijo: bien. Solo eso. Bien. —Lovisa cruzó los brazos—.
Y luego me preguntó si quería quedarme en Örebro.
Le dije que sí. Me preguntó si estaba segura.
Le dije que sí. Y ella dijo que entonces me quedara, que no le debía a nadie una explicación por seguir viva, y que la gente que pide explicaciones suele ser la gente de la que una se ha ido.
Maja apoyó la mano en la encimera.
—Eso dijo.
—Eso dijo. Me lo apunté esa noche en el móvil, porque nadie me había dicho nunca una cosa así.
Lo tengo todavía. —Lovisa sacó el móvil del bolsillo trasero, buscó, y le enseñó la pantalla: una nota con fecha de diciembre de 2021, dos líneas, sin nombre—.
La mayor me miró como si su compañera se hubiera pasado.
Y tu hermana se puso el abrigo y me dio la mano y se fue la primera. Fue la única vez que la vi.
Guardó el móvil. Volvió a encender el fuego.
—¿La mataron? —preguntó, de espaldas—. Lo pregunto porque en las noticias no lo dicen y no lo dicen de una manera que se nota.
—No lo sé. La policía tampoco, todavía.
—Pero vino aquí. A Suecia. Después de escribir lo de los cruces.
—Vino al lago. A la casa de mi madre. No sé por qué allí y no a Estocolmo.
Lovisa removió la sartén.
—Yo sí lo sé —dijo—. O sé una parte. Cuando una lleva mucho tiempo fuera y decide volver, no vuelve a una oficina.
Vuelve a una puerta. Aunque sea la que menos le conviene.
—Se encogió de hombros—. Es lo que hice yo cuando dejé a Mikael, al revés: no me fui a un piso de esos, me fui a casa de Malin, que era la única puerta que conocía. Después ya vino el resto.
Maja miró el salón: Tomas en el suelo, Nova con el ocho torcido en las manos, la puerta que ya no miraba.
Pensó en la línea del informe: tiene una hija de cuatro años y un negocio, no va a irse de la ciudad, lo sabe y lo dice.
Pensó en la mujer que había escrito eso, en una cafetería de estación, después de esperar de pie a que otra mujer se sentara.
Elsa a los cuarenta. No a los diecinueve, ni en un dibujo envejecido por ordenador: una mujer con acento de otra parte que decía «bien» y se iba la primera.
—¿Por qué existe? —preguntó Lovisa—. El protocolo. Nunca lo he entendido del todo. Petra me lo explicó como si fuera un seguro.
—Por un caso que salió mal.
—¿Qué caso?
—Una mujer a la que la fundación encontró. Se le dijo a su familia dónde estaba. Volvió con ellos. —Maja miró la sartén—. Murió.
—¿Quién se lo dijo?
Maja tardó en contestar. En el salón, Tomas decía algo sobre apretar el nudo desde el lado bueno.
—Alguien que creía que estaba ayudando.
Lovisa la miró un momento, con la cabeza un poco ladeada. Luego asintió y no preguntó más, y Maja pensó que había estado a una pregunta de decirlo y que Lovisa lo había notado y había decidido no hacerla. Era una decisión. Como todas las de Lovisa.
Antes de cenar, Lovisa le dijo a Nova que al día siguiente dormirían en otro piso durante unos días, cerca del colegio, «como unas vacaciones raras», y Nova preguntó si Jonas también, y Lovisa dijo que Jonas se quedaba a cuidar la casa, y Nova preguntó si podía llevarse el libro y la cuerda, y Lovisa dijo que sí.
Nova no preguntó por qué. Maja vio que Lovisa esperaba la pregunta y que se quedó con ella en la boca cuando no llegó.
Cenaron los cuatro en la mesa de la cocina, apretados, con Nova al lado de Tomas porque lo había pedido ella.
Nova preguntó a Maja si era policía. Llevaba el dinosaurio de la sudadera manchado de salsa y no le importaba.
Maja dijo que no. Nova preguntó qué era entonces.
Maja dijo que ayudaba a buscar gente. Nova dijo que ella no quería que la buscaran, y Lovisa dijo «Nova», y Nova se calló y comió, y Tomas le pasó el pan sin decir nada.
A las ocho Lovisa dijo que Nova tenía que acostarse y que ellos tenían dos horas de coche. Maja se puso el abrigo en el pasillo. Tomas se puso a la altura de Nova y le dio la cuerda.
—Es tuya. El ocho lo haces sola mañana y se lo enseñas a tu madre.
Nova cogió la cuerda y se la guardó en el bolsillo de la sudadera, con el nudo dentro.
—Mañana a las diez estoy en el salón con las tres páginas —dijo Tomas a Lovisa—. Las lees, las firmas, y salen el viernes.
—El viernes.
—El viernes.
En la escalera, Maja bajó delante. Tomas iba detrás, y en el segundo rellano dijo, sin que ella hubiera preguntado nada:
—Los míos tienen veintidós y veinte. Hace nueve años que se fueron.
—Lo sé.
—Ya. —Bajó dos escalones más—. Se me olvida que lo sabes.
Fuera, el coche había cogido una capa de escarcha.
Tomas la rascó con la tarjeta de la agencia mientras Maja se sentaba dentro y miraba el edificio: tercero, la ventana con luz, una sombra pequeña que pasó por delante de la cortina y se detuvo, mirando hacia abajo, hacia el coche, hasta que Lovisa la apartó de la ventana con una mano en el hombro y cerró la cortina.