El secreto bajo el hielo 18
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E l espejo del salón tenía una esquina rota, abajo a la derecha, y alguien había pegado sobre la grieta una pegatina de una marca de tinte para que no se viera.

Se veía. Maja la miró mientras Lovisa Ek terminaba de peinar a una mujer de sesenta años que hablaba del tiempo, y pensó que era la primera cosa de aquel salón que le decía algo de su dueña: no había cambiado el espejo; lo había tapado.

—Siéntese —dijo Lovisa, sin volverse, mirándola por el espejo—. Ahí, en el de la ventana. Malin le trae un café. Cinco minutos.

Maja se sentó. Tomas permaneció junto a la puerta, con el plumífero abierto, mirando la calle a través del cristal.

Fuera había una cafetería, un banco, una parada de autobús y nieve sucia apilada en los bordillos; Örebro a las once de la mañana de un miércoles, con luz de verdad, la primera luz de verdad que Maja veía en tres semanas.

Habían salido de Estocolmo a las ocho. Doscientos kilómetros de autopista limpia y de Tomas conduciendo con las dos manos, como conducía todo, hablando poco: de la nieve, de un caso de Malmö que se cerraba bien, de si Nova sabría quiénes eran o si Lovisa le habría contado otra cosa.

Maja había dicho que no lo sabía. Tomas había dicho que a los nueve años saben más de lo que se les cuenta.

Luego había apagado la radio antes de que empezara el informativo.

Lovisa cobró a la mujer, la acompañó a la puerta, cerró y giró el cartel.

Luego se apoyó en el mostrador con los brazos cruzados.

Tenía treinta y ocho años, el pelo teñido de un rubio ceniza que no pretendía parecer natural, un delantal negro con tijeras en el bolsillo y unas zapatillas de deporte gastadas por el lado de fuera. No se sentó.

—Tú eres la hermana —dijo—. Y tú eres el de las familias. Petra me ha dicho quiénes veníais. —Miró a Tomas—. Tú te quedas ahí, cerca de la puerta, que está bien. Aquí las conversaciones se tienen de pie.

—De pie —dijo Maja.

—La policía me llamó el martes pasado. Una mujer muy correcta.

Me dijo que la fundación tenía un problema con sus datos, que había mujeres a las que sus ex habían encontrado, y que yo estaba en una lista.

Me preguntó si quería un piso. Le dije que ya tenía uno.

Me preguntó si quería una orden de alejamiento.

Le dije que ya tenía dos denuncias y que no sé para qué servían.

Me dijo que la fiscal decidiría con lo que le mandaran.

—Lovisa se apartó un mechón con el dorso de la muñeca—.

Eso fue el martes. Hoy es miércoles de la semana siguiente.

Entre medias he trabajado ocho días, he llevado a mi hija al colegio ocho veces y he mirado la puerta cada vez que sonaba la campanilla.

Así que decidme qué habéis venido a hacer.

Maja dejó el café en la repisa del espejo.

—A decirte lo que sabemos y a preguntarte qué quieres.

—Eso ya lo hizo la policía.

—La policía te dijo que estás en una lista.

Yo te voy a decir por qué. —Maja se lo dijo: nombre, ciudad, sector, tres mujeres encontradas, un folio con matasellos de Estocolmo, una investigación abierta, y nada más, porque no había nada más—.

Nadie tiene tu dirección. Nadie tiene el nombre de este salón.

Lo que alguien puede tener, si te ha tocado, es «Lovisa E.

, Örebro, peluquería». Con eso, en una ciudad de este tamaño, se tarda una tarde.

—Ya lo sé lo que se tarda. Él tardó dos años en la primera denuncia y tres semanas en la segunda.

—Señaló con la barbilla un cajón del mostrador—.

Ahí tengo el papel de 2021. Mis datos están marcados en el registro; quien busque mi nombre en el padrón no ve la dirección.

Vuestra gente me ayudó a pedirlo, y os lo agradezco.

Pero el padrón no es una peluquería con el nombre en la puerta.

—¿Ha dado señales?

—No. Y no las va a dar hasta que las dé. —Lovisa descruzó los brazos—. Mikael vive en Norrköping. Tiene un trabajo de turnos y un coche viejo. No me ha escrito, no me ha llamado, no ha aparecido. Eso no significa nada. Cuando aparece, aparece.

Malin, la socia, salió de la trastienda con dos tazas más y las dejó sin decir nada, y volvió a entrar.

La campanilla sonó. Lovisa miró la puerta antes de que se abriera del todo, y aflojó los hombros cuando vio quién era: un hombre alto, con un chaleco de trabajo lleno de bolsillos y las manos manchadas de silicona, que se quedó en el umbral al ver a dos desconocidos.

—Jonas —dijo Lovisa—. Son de la fundación.

—Ya. —Jonas saludó con la cabeza. Tenía la cara de quien ha dormido poco y no quiere que se note—. Solo venía a decirte que la de las once me ha llamado a mí porque no cogías, y que he dicho que sí.

—Gracias.

—¿Estás bien?

—Estoy trabajando.

Jonas miró a Maja, luego a Tomas, luego a Lovisa otra vez, y Maja vio en esa mirada al hombre que había propuesto Uppsala tres veces y que no iba a proponerlo delante de extraños.

—Esta noche hablamos —dijo Jonas.

—Esta noche hablamos.

Se fue. La campanilla volvió a sonar al cerrarse, y Lovisa no miró la puerta esta vez. Era una mujer de la edad de Lovisa, con el pelo muy corto, que llevaba un rato escuchando desde la puerta sin fingir que no escuchaba.

—Petra tiene un piso —dijo Maja—. A cuatro paradas de aquí. Dos habitaciones. Está preparado desde el jueves.

—Petra me lo ha dicho tres veces.

—Y una orden. La fiscal decide con lo que le manden. Lo que le manden lo reúne la fundación: tus denuncias, lo de 2019, una declaración tuya sobre estos meses. Eso lo hace Tomas. Es su trabajo.

Lovisa miró a Tomas.

—¿Es tu trabajo?

—Es mi trabajo —dijo Tomas—. Reúno lo que hay y lo mando adonde hay que mandarlo. No decido nada. Te digo lo que falta y tú decides si lo das.

—¿Y qué falta?

—Tu declaración. Lo que ha pasado desde la última denuncia. Tres páginas. Puedo escribirla contigo hoy y la firmas mañana. Y una copia de la denuncia de 2019, que yo no tengo y tú sí.

Lovisa asintió, como quien anota.

—Vale. Ahora os digo yo lo que hay. —Se enderezó—.

No me voy de Örebro. Me fui una vez, de Norrköping, con una niña de cuatro años y una maleta, y monté esto con Malin desde cero, y llevo cinco años pagando el alquiler de este local.

Mi hija tiene nueve años y va al colegio de la esquina y tiene tres amigas y una profesora que la quiere.

No va a cambiar de colegio por tercera vez.

No voy a hacerle eso. —Miró a Maja—. Y no voy a cerrar el salón.

Malin no puede pagarlo sola y yo no puedo vivir sin él.

—Nadie te ha pedido que cierres.

—Tu Petra me lo ha pedido dos veces con palabras amables.

—Petra hace su trabajo.

—Y yo el mío. —Lovisa cogió las tijeras del bolsillo, las miró como si no supiera por qué las había cogido, y las volvió a guardar—.

Lo que sí acepto es el piso. Dos semanas.

Nova y yo. Dormimos allí, ella va al colegio desde allí, yo vengo aquí a trabajar.

Si en dos semanas hay una orden, volvemos a casa. Si no la hay, hablamos.

—¿Y Jonas?

Lovisa miró hacia la trastienda.

—Jonas se queda en casa. Es mi casa y es mi decisión. Jonas quiere que nos vayamos a Uppsala, a casa de su hermano, los tres. Se lo he dicho tres veces y se lo diré una cuarta: Jonas no decide dónde vive mi hija. Ni él ni nadie que no sea yo.

Maja dejó el café en la repisa. Tomas siguió mirando la calle.

—Y otra cosa. —Lovisa se apoyó otra vez en el mostrador—. Quiero saber si la fundación sabe quién mandó ese papel a Gävle.

—No.

—¿Y cuándo lo sabrá?

—No lo sé.

—Entonces esto es lo que hay: yo estoy en una lista, vosotros no sabéis quién la tiene, y me ofrecéis un piso y tres páginas.

—Lo dijo sin acritud, como quien repasa un presupuesto—.

Vale. Acepto el piso y firmo las tres páginas.

Y os digo una cosa que le dije a la de la policía y que os digo a vosotros: si Mikael aparece, aparece aquí.

En este salón. No en un piso a cuatro paradas.

Así que lo que necesito no es una cama, es que esas tres páginas lleguen a quien tengan que llegar antes de que aparezca.

—Llegarán —dijo Tomas.

—Eso dijo la de la policía.

—Yo no soy la policía.

Lovisa lo miró un momento largo, con la cabeza un poco ladeada, como miraba las nucas antes de cortar.

—No. Tú eres el que apunta. —Se volvió hacia Maja—. Y tú eres la que decide. Pues decide esto: ¿aceptáis mis condiciones o me buscáis a otra mujer que se deje llevar?

Maja pensó en lo que habría dicho Petra, en lo que decía el manual que ella misma había redactado en 2018 para las gestoras: recomendar el traslado, insistir, documentar la negativa.

Pensó en Anneli, en Gävle, con la muñeca contra el pecho, diciendo que la primera vez lo había hecho todo bien.

Pensó en la línea que Elsa había escrito en 2021 sobre esta mujer: lo sabe y lo dice.

—Las acepto —dijo.

—Bien.

—Con una condición mía. Que si Mikael aparece, llames antes de abrir la puerta. A la policía, y luego a nosotros.

—Yo llamo a la policía antes de respirar. Lo aprendí en 2019. —Lovisa cogió su taza por fin y bebió—. Ahora ayúdame a subir la persiana, que tengo una a las doce y media y ya llego tarde.

Maja cogió el abrigo. Tomas fue a la puerta y giró el cartel.

En la calle, la luz había subido un poco más.

Un autobús paró, dejó a dos personas, se fue.

Malin salió de la trastienda con una escoba y empezó a barrer alrededor del sillón, y al pasar junto a Maja dijo, sin mirarla, «yo también me quedo, por si lo preguntaba alguien», y Lovisa se puso un peine detrás de la oreja y miró la puerta cuando sonó la campanilla, antes de sonreír a la mujer que entraba.