CAPÍTULO 45
Puerto de Gangxi, Canglan.
Decidí, después de tres días de parálisis, que iba a decírselo.
Que iba a superar el nudo de la garganta a base de voluntad, como he superado todo lo demás en la vida.
Craso error. Resulta que hay cosas que cuanto más voluntad les pones, peor salen, y decirle a Xie Ci que la quiero es, descubro esta semana con una humillación creciente, la reina de esas cosas.
El primer intento fue el más digno, porque todavía no sabía a lo que me enfrentaba.
La invité a cenar. Tenía la frase preparada, cuatro palabras, sencillas.
Llegó el postre. Abrí la boca, y de mi boca salió, con toda naturalidad, una observación sobre la reestructuración del muelle este.
No sé de dónde vino. Mi cerebro, ante el peligro de exponerme, cogió el volante y me llevó a terreno seguro sin pedirme permiso.
Xie Ci me miró, esperó, entendió que la reestructuración del muelle este no era una metáfora de nada, y siguió comiendo el postre con una paciencia que me dio ganas de tirarme al puerto.
Ella sabe lo que intento hacer. Estoy casi seguro.
Lo lleva sabiendo desde el primer intento fallido, y ha decidido, con una crueldad exquisita que me merezco, no ayudarme.
No me lanza salvavidas. No cambia de tema para sacarme del apuro.
Se queda ahí, tranquila, dándome cuerda, dejándome fracasar solo, porque ha entendido —mejor que yo— que si me echa una mano, si lo dice ella primero, me estará quitando la única cosa que necesito hacer por mí mismo.
Es la persona más lista que conozco, y esta semana esa inteligencia la está usando entera en el proyecto de verme sufrir con dignidad.
El segundo intento fue peor, porque metí método, y el método, que me ha ganado guerras, en esto es veneno.
Traté la declaración como una operación: la desglosé, ensayé la frase en voz alta cuando no había nadie, incluso —y esto no se lo he contado a nadie ni bajo tortura— la escribí en un papel para memorizarla, como si fuera un discurso.
El día señalado, fui a su casa con mi frase memorizada, la solté de corrido, sin respirar, mirando un punto por encima de su hombro, y sonó igual que lo que era: un hombre recitando un texto aprendido.
Cuando terminé, Xie Ci ladeó la cabeza y me preguntó, con una dulzura letal, si quería repetirlo «esta vez mirándome a mí y no a la lámpara».
No pude. Me fui. Un hombre que ha interrogado a enemigos sin pestañear, huyendo de un salón porque una mujer le pidió que la mirara a los ojos.
El tercer intento alcanzó cotas de absurdo que aún me cuesta creer.
Decidí que el problema era el formato, que las palabras no eran lo mío, y que a lo mejor podía decírselo con un gesto, a mi manera, sin hablar.
Así que le compré algo. Un regalo. Yo, que no le he hecho un regalo a nadie en veinte años porque los regalos crean deudas y yo no quiero deber nada, entré en una tienda a comprarle algo a una mujer, y me di cuenta, delante del dependiente aterrado, de que no tenía ni idea de qué se le regala a una persona para decirle «te quiero» sin decírselo.
Descarté joyas (demasiado transaccional, parecería un pago).
Descarté flores (no sé qué significan las flores; podría estar diciéndole cualquier cosa sin saberlo).
Terminé comprando, tras cuarenta minutos de agonía, un libro primera edición de un autor que ella había mencionado una vez, de pasada, hacía meses.
Un buen regalo, sin discusión. El problema es que, al dárselo, no supe qué decir, así que dije: «Lo vi y pensé en ti».
Que es lo que se dice. Solo que yo lo dije con la cara y el tono con que se comunica una amenaza, y la pobre Xie Ci cogió el libro como quien recibe una prueba incriminatoria.
Reflexiono, esa noche, sobre por qué cada intento sale peor que el anterior en vez de mejor, que sería lo lógico si esto se pareciera en algo a las demás cosas que aprendo, y llego a una conclusión incómoda: sale peor porque cada fracaso me pone más nervioso, y cuanto más nervioso, más recurro a lo que sé hacer —planear, controlar, ejecutar—, que es justo lo que no funciona aquí.
Estoy atrapado en un bucle: el miedo me empuja hacia mis herramientas, y mis herramientas son el problema.
Es como un hombre que se hunde en arenas movedizas y, por instinto, se agita más, y agitarse más lo hunde más rápido.
La única salida, lo sé en teoría, es dejar de agitarme.
Rendirme. Ir hacia ella sin plan, sin control, sin ninguna de las armas que me han hecho quien soy, y decir la verdad como un idiota cualquiera.
En teoría lo sé. En la práctica, pedirle a un hombre como yo que se rinda, aunque sea al amor, es pedirle que respire bajo el agua.
Para entonces, mis hombres se habían dado cuenta.
No sé cómo —estos secretos vuelan—, pero de pronto noté un cambio en el ambiente del puerto: silencios que se cortaban cuando yo entraba, miradas que se cruzaban, una tensión festiva que no encajaba con la paz recién ganada.
Tardé en entenderlo. Cuando lo entendí, me costó no reírme y no despedir a nadie a la vez: están apostando.
Mis hombres, los mismos que me han visto ordenar cosas terribles sin pestañear, tienen una porra abierta sobre cuándo y cómo voy a conseguir por fin declararme a Xie Ci.
Hay fechas. Hay, me han dicho, métodos posibles con distintas cuotas.
Alguien apostó fuerte a que lo conseguiría antes de fin de mes; otro, más listo, y más rico si gana, apostó a que sería ella quien lo dijera primero, harta de esperarme.
Debería prohibirlo. No lo prohíbo, en parte porque no tengo autoridad moral —cualquier cosa que hagan es menos ridícula que lo que estoy haciendo yo— y en parte porque, en el fondo, me conmueve: solo se apuesta por el corazón de la gente que se quiere.
Que apuesten por el mío significa que, sin darme cuenta, en algún momento les dejé verlo.
Lo que sí he hecho, porque un jefe tiene su orgullo, es enterarme por lo bajo de las cuotas y apostar yo también, a través de un intermediario, a la opción que más me humilla y por eso mismo la más probable: que lo diga ella primero.
Si voy a quedar en ridículo, que al menos me pague algo.
Luego está Mo Zhi, que no apuesta, porque Mo Zhi no juega a nada cuyo resultado no controle, pero que observa.
Me observa estos días con una expresión muy concreta, que he tardado en descifrar y que, una vez descifrada, no se me quita de la cabeza: la cara de alguien que ve a un mastín intentando comportarse en una habitación llena de porcelana.
Hay en esa cara una mezcla perfecta de fascinación, alarma y ternura contenida.
Fascinación por lo improbable del espectáculo.
Alarma por lo que voy a romper; y ternura, muy escondida, porque el mastín es su hermano, y verlo intentar con toda su alma no romper la porcelana, moverse con delicadeza entre las cosas frágiles cuando toda su vida ha sido justo lo contrario, le llega a Mo Zhi más de lo que va a admitir.
Una tarde, después de presenciar mi tercer fracaso desde una distancia prudente, se limitó a decirme una frase: «Nunca pensé que vería al hombre que no le teme a nada aterrado por cuatro palabras.
Es lo más humano que has hecho en tu vida, hermano. Sigue haciéndolo mal. Te sienta bien».
Lo que ninguno de ellos entiende, ni mis hombres apostando ni Mo Zhi filosofando, es por qué me cuesta tanto, y creo que ni yo lo entendía del todo hasta esta semana de fracasos.
No es que no sepa hablar. Hablo bien cuando quiero: negocio, ordeno, convenzo.
El problema es más raro. Toda mi vida he usado las palabras como herramientas: para conseguir algo, para mover a alguien, para cerrar un trato.
Las palabras, en mi mundo, sirven, y decirle a Xie Ci que la quiero es la primera vez en mi vida que voy a usar palabras que no sirven para nada, que no consiguen nada, que no son una jugada: son solo verdad, entregada gratis, sin más objetivo que la propia entrega.
No sé hacer eso. Mi maquinaria entera está calibrada para que cada palabra tenga una función, y estas cuatro no tienen función; solo tienen sentido.
Es como pedirle a un martillo que acaricie.
La herramienta es la correcta para mil cosas y justo la equivocada para esta.
Sé que Xie Ci no va a esperar siempre. Lo veo en cómo me mira estos días: con cariño, sí, pero con un cariño que empieza a tener un fondo de impaciencia, el de quien está dispuesto a darte tiempo pero no infinito.
Sé que si no lo consigo pronto, va a pasar una de dos cosas: o ella se cansará de esperar a un hombre que no es capaz de decir lo que los dos sabemos, y aunque no se irá, algo se enfriará; o —y esto lo temo y lo deseo a partes iguales— lo dirá ella primero, me quitará el peso de encima y la vergüenza de encima, y yo me quedaré para siempre siendo el hombre que no supo, el que necesitó que ella fuera valiente por los dos.
Ninguna de las dos me vale. Quiero decírselo yo.
Necesito, por una vez en mi vida, ser yo el que se expone primero, el que salta sin red, el que no espera a que le allanen el camino. Se lo debo, y me lo debo.
Así que esta noche, después de una semana de fracasos que han entretenido a medio puerto, he tomado una decisión.
Voy a intentarlo una vez más, y esta vez bien, o todo lo bien que sé, que no es mucho.
Sin frase memorizada. Sin regalo. Sin método.
Voy a ir a buscarla, voy a mirarla a los ojos —a ella, no a la lámpara— y voy a decir las cuatro palabras aunque me salgan torcidas, aunque me tiemble la voz, aunque sea el momento menos elegante de mi vida adulta.
Prefiero decirlo mal a no decirlo. Prefiero el ridículo a la cobardía.
Mañana, me digo, cerrando la ventana del despacho del puerto con una determinación que no siento del todo pero que finjo bien.
Mañana lo hago. Lo que no sé, lo que no puedo saber mientras me convenzo aquí solo de mi propio valor, es que Xie Ci lleva tres días tomando la misma decisión que yo, y que ella, a diferencia de mí, no piensa esperar a mañana.