CAPÍTULO 44
Mo Zhi aparece en mi casa un martes por la tarde, sola, sin avisar, que es como aparece Mo Zhi cuando aparece, que es casi nunca.
La recibo con la cautela que impone siempre, esa sensación de estar delante de alguien que ya ha calculado tres movimientos por delante del tuyo.
Pero hay algo distinto en ella hoy, y tardo un momento en identificarlo: no viene en son de guerra.
Mo Zhi tiene una manera de entrar en las salas que anuncia amenaza sin decir palabra, y hoy no la trae.
Hoy entra como quien viene a hablar, no a advertir, y eso, en Mo Zhi, es tan raro que me pone más alerta que si hubiera venido a amenazarme.
Con cualquier otra visita sabría de sobra qué hacer: leo a la gente que entra en mi salón como otros leen el tiempo, por señales pequeñas, y ajusto.
Con Mo Zhi no funciona. Es la única persona que conozco que entra en una sala sin dar señales, o dándolas falsas a propósito, para que quien la lee lea lo que ella quiere.
Llevo meses fascinada por ella, si soy sincera: es lo que yo sería si me hubieran quitado la última capa de suavidad, la que aún conservo, la que me permite sonreír mientras destruyo.
Mo Zhi no sonríe. Mo Zhi ni siquiera finge la suavidad, y aun así, o por eso, es la mujer más impresionante que he conocido, y la única de la que, en el fondo, me gustaría ser amiga, si ella supiera lo que es tener una.
No se anda con rodeos. Acepta un té que no toca, se sienta con esa espalda recta que no se apoya nunca en ningún respaldo, y va directa a lo que ha venido a preguntar:
—Necesito saber si piensas quedarte —dice—.
No es una amenaza; que quede claro desde el principio, porque sé que mi reputación hace que todo lo que digo suene a una.
No he venido a advertirte de lo que te pasará si le haces daño a mi hermano.
He venido a preguntarte, de mujer a mujer, sin trucos, si vas a quedarte con él.
Porque necesito saberlo, y porque tú eres la única persona del mundo que sabe la respuesta.
—¿Por qué te importa tanto? —le pregunto, aunque intuyo la respuesta.
—Porque los hombres como mi hermano no tienen terceras oportunidades —dice, y por primera vez desde que la conozco, algo en su voz se abre un milímetro—.
Ha bajado la guardia una vez en su vida.
Una. Contigo. Le costó veinte años reunir el valor de dejar que alguien entrara, y lo hizo, y ya no puede deshacerlo.
Si te quedas, será feliz de una manera que no ha sido nunca.
Si le rompes el corazón, no lo rompes para una temporada.
Lo rompes para siempre. No volverá a intentarlo.
Un hombre solo baja esa guardia concreta una vez; si le sale mal, la sella, y se queda solo el resto de su vida, más solo que antes, porque ahora sabrá lo que se pierde.
La escucho entera, sin interrumpirla, porque lo que dice merece ser oído hasta el final, y porque entiendo lo que le cuesta decirlo: Mo Zhi, que no le pide nada a nadie, está pidiéndome algo, y hacerlo la expone de una manera que sé apreciar.
Cuando termina, le contesto con la misma honestidad con la que ha venido:
—Me voy a quedar —le digo, y al decirlo en voz alta, por primera vez, ante ella, lo siento verdad de una forma que no había sentido ni pensándolo a solas—.
No porque me convenga, que ya no me conviene gran cosa; sin la deuda y sin la guerra, estar con tu hermano es más complicación que ventaja, seamos sinceras.
Me quedo porque quiero. Porque he mirado la vida que tendría sin él, cómoda, tranquila, a salvo, y me parece muerta, y la que tendría con él, que es cualquier cosa menos tranquila, me parece la única que quiero vivir.
No le voy a romper el corazón, Mo Zhi. Tengo demasiado miedo de lo mucho que me importa como para arriesgarme a perderlo por cobardía.
Ese es, si acaso, mi problema, no el tuyo.
Veo, en la cara de Mo Zhi, algo que no había visto nunca: alivio.
Se le suelta un músculo minúsculo de la mandíbula que quizá lleva tenso desde que su hermano me conoció.
Asiente, una vez, como quien cierra un expediente importante, y va a levantarse, dando la conversación por terminada, misión cumplida; y es entonces, justo cuando cree que ha venido a hacer una pregunta y ya tiene la respuesta, cuando decido devolverle una que no espera, porque llevo semanas observándola, desde la noche de la fiesta, y hay algo que me muero por ver: si la mujer que lee a todo el mundo se deja leer a sí misma.
—Antes de que te vayas —le digo, con toda la ligereza que puedo, que no es poca porque he aprendido de la mejor—, una pregunta. La misma que me acabas de hacer tú, en realidad, solo que del otro lado. ¿Y Pei Yan?
Mo Zhi, que iba de camino a la puerta, se detiene. No se vuelve del todo.
—¿Qué pasa con Pei Yan? —dice, y su voz ha bajado un grado de temperatura, lo que en Mo Zhi es el equivalente a que a otra persona le temblara.
—¿Tú te quedarás? —le pregunto, devolviéndole sus palabras exactas—.
Con él, quiero decir. Cuando aparezca por tercera vez, que aparecerá, porque los hombres que buscan libros raros en almacenes criminales no dejan de aparecer, ¿tú te vas a quedar?
¿O vas a hacer con él lo que temes que yo haga con tu hermano: bajar la guardia una vez y luego sellarla?
Aquí ocurre la cosa que he venido persiguiendo toda la conversación, la que vale más que cualquier información que Mo Zhi pudiera darme: Mo Zhi se calla.
No un silencio cualquiera. Un silencio de cuatro segundos, que los cuento, como sé que los cuenta ella, porque los dos hemos aprendido que en cuatro segundos cabe una vida entera de cosas que uno no está listo para decir.
Cuatro segundos en los que la mujer que tiene una respuesta preparada para todo, que nunca tarda, que me dijo que dos apariciones no explicadas dejan de ser casualidad, no encuentra qué contestar, y en esos cuatro segundos yo veo, con una claridad que casi me da pena por lo mucho que la expone, que Mo Zhi está mirando por primera vez, de frente, algo que llevaba semanas mirando de reojo: que a ella le pasa, con un erudito de gafas y tinta en las manos, lo mismo que a su hermano le pasó conmigo, y que le da el mismo miedo.
Cuando por fin habla, lo hace con la frialdad recuperada, esa que usa como yo uso la ligereza: para tapar.
—Eso —dice, midiendo cada palabra— no tiene ninguna relación con lo que hemos hablado.
La miro, y le digo, con toda la suavidad de la que soy capaz, porque no lo digo para ganar, lo digo porque es verdad y porque creo que necesita oírlo de alguien:
—No es un no.
Mo Zhi no contesta. Me sostiene la mirada un segundo más, y en ese segundo pasan entre nosotras más cosas de las que ninguna de las dos va a admitir en voz alta: un reconocimiento, una tregua, la constatación silenciosa de que las dos, la mujer de hielo y la señorita de salón, estamos peleando la misma batalla contra el mismo miedo, cada una con su hombre imposible.
Luego recompone la cara, recupera la espalda recta, y se va, como vino, sin despedirse apenas.
Me quedo sola con el té que ninguna de las dos ha tocado, pensando en lo que acaba de pasar, que es más de lo que parece.
He recibido a Mo Zhi creyendo que venía a protegerme de mí misma, a asegurarse de que no le hago daño a su hermano, y se va habiéndome mostrado, sin querer, que ella está tan perdida como yo, o más, porque yo al menos he admitido lo que siento y ella todavía se esconde tras un «no tiene ninguna relación».
Somos, Mo Zhi y yo, dos versiones de la misma historia contadas en dos idiomas distintos.
La suya es más fría, la mía más social, pero el nudo es el mismo: dos mujeres que aprendieron, a base de golpes, que necesitar a alguien es peligroso, y que se han encontrado, cada una a su pesar, necesitando a un hombre que no encajaba en ningún plan.
Ella con su erudito. Yo con su hermano, y ninguna de las dos, hasta hace muy poco, sabía qué hacer con eso.
Me pregunto, y no es la primera vez, por qué la vida nos habrá emparejado así: a los hermanos Mò, criados sin nada, con dos mujeres que también aprendieron pronto que el cariño es un lujo caro.
No creo en el destino; creo en los patrones, y el patrón aquí es claro: la gente que ha sido herida joven se reconoce.
No busca, entre toda la gente del mundo, a quien la curaría fácil; busca, sin querer, a quien lleva una cicatriz parecida, porque con ese al menos no hay que explicar de dónde viene el miedo.
Mo Heng me reconoció a mí, herida bajo la elegancia, y yo lo reconocí a él, herido bajo el poder, y ahora Mo Zhi, la más blindada de todos, ha ido a reconocer a un erudito de gafas que entra en almacenes criminales sin miedo porque, sospecho, él lleva su propia herida en algún sitio que aún no le hemos visto.
Los rotos nos encontramos. Es lo que hacemos.
Es, quizá, lo único bueno de habernos roto.
Pensar en Mo Zhi paralizada ante Pei Yan me devuelve, de golpe, a mi propia parálisis, que llevo tres días fingiendo que no existe.
Porque yo le he dicho a Mo Zhi, con mucha seguridad, que me voy a quedar, que no le romperé el corazón a Mo Heng, que lo quiero.
Todo verdad, y sin embargo llevo esos mismos tres días sin llamarlo, esperando, igual que él, a que sea el otro quien cruce el último metro.
Le he dado a Mo Zhi la lección que no me atrevo a aplicarme.
«No es un no», le he dicho, señalándole su cobardía con el dedo, y mientras lo decía, una voz dentro de mí, la honesta, la que no se calla, me preguntaba: ¿y tú, Xie Ci?
Tú, que sabes de sobra lo que sientes y llevas tres días sin hacer nada al respecto, ¿a qué esperas?
, y no supe qué contestarme. O sí lo supe, y no me gustó: espero, como una tonta, a que él sea valiente por los dos.
Como si el valor, en el amor, pudiera subcontratarse.