EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

Llevo diez años con un enemigo. Siempre.

No siempre el mismo —caían unos, subían otros—, pero siempre uno, siempre una amenaza a la que responder, una guerra que pelear, un frente abierto que me decía cada mañana para qué me levantaba.

Ji Yuan era el último, el más parecido a mí, y ahora Ji Yuan no está.

Lo he vaciado, y esta mañana me he despertado en mi casa sobre el puerto, con más poder del que he tenido nunca en Canglan, sin un solo enemigo a la vista, y me he encontrado con una sensación que no reconocía y que he tardado horas en identificar, porque no la había sentido jamás: el silencio.

No el de fuera. El de dentro. El de un hombre que ha llegado a la cima de una montaña que llevaba diez años subiendo y descubre, arriba, que no había pensado ni un segundo en qué haría cuando dejara de subir.

Tengo Canglan a mis pies, y no la quiero.

Esa es la verdad incómoda que descubro estos días.

Durante diez años creí que peleaba por poder, y resulta que el poder solo me interesaba mientras era una herramienta para lo único que de verdad buscaba, que era estar a salvo, no volver a estar nunca en manos de nadie.

Ahora estoy a salvo. No queda nadie que pueda tocarme, y el poder que me sobra, todo el que reuní para blindarme, de pronto no sé para qué sirve, porque el miedo que lo alimentaba se ha apagado y detrás del miedo, resulta, no había una ambición, ni un plan, ni un sueño: había un hueco.

Toda mi vida ha sido una respuesta a una amenaza.

Nunca me pregunté qué querría si un día no hubiera amenaza, y ese día ha llegado, y no tengo respuesta.

Mo Zhi lo ha notado antes que yo, claro, porque Mo Zhi lo nota todo.

«Estás raro desde que ganamos —me dijo—.

La gente normal celebra las victorias; tú andas por la casa como si te hubieran quitado algo.

» Tiene razón, aunque le dije que no. Me han quitado algo: la guerra.

Suena monstruoso decirlo, pero la guerra me ordenaba la vida.

Me decía qué hacer al levantarme, contra quién, con qué prioridad.

Era terrible y era, a su manera, un hogar: el único que he conocido, uno hecho de amenazas y respuestas, donde yo siempre sabía cuál era mi sitio y mi tarea.

Ahora la guerra se ha acabado, y me encuentro, a los treinta y cuatro años, teniendo que aprender lo que la gente aprende de niña y yo no tuve tiempo de aprender: qué se hace con una vida cuando nadie te está atacando.

No lo sé. Nunca he tenido una vida así. He tenido una trinchera, y la he confundido, todos estos años, con una vida.

Hay otra cosa, más concreta, que me tiene el pecho raro estos días: llevo tres sin ver a Xie Ci.

No ha pasado nada. No hemos discutido. Sin más, terminada la guerra, se ha abierto entre nosotros un silencio que ninguno de los dos rompe, y que se alarga, un día, dos, tres, cargándose de algo que no sé nombrar.

Durante meses tuvimos una excusa para estar juntos: la deuda, primero; la guerra, después.

Cada día había un motivo operativo para vernos, un problema que resolver, un frente que cubrir, y bajo ese motivo, cómodos, sin decirlo, vivíamos lo otro.

Ahora no hay excusa. Ji Yuan cayó, y con él cayó el último pretexto que nos permitía estar juntos sin tener que admitir por qué queríamos estarlo, y en el hueco que ha dejado, los dos, cada uno en su casa, nos hemos quedado quietos, mirando el teléfono, sin llamar.

Sé lo que pasa, aunque me cueste mirarlo de frente, y es esto: mientras hubo guerra, quererla no daba miedo, porque quererla era parte de pelear, iba envuelto en lo urgente, no había que decidirlo.

Ahora que no hay guerra, quererla se ha quedado desnudo, sin excusa, y para seguir a su lado ya no vale dejarse llevar por las circunstancias: hay que elegirla.

A propósito. Diciéndolo, y elegir a alguien a propósito, sin que te obligue nada, sin poder disfrazarlo de necesidad táctica, es exponerse de una manera que a mí, que llevo veinte años sin exponerme a nada que no controle, me aterra más que cualquier bala.

Una bala solo te mata. Elegir a Xie Ci, decirle que la quiero sin el paraguas de una guerra que lo justifique, es ponerme en sus manos del todo, para siempre, y darle el poder de destrozarme que tanto trabajo me costó quitarle a todo el mundo.

Es absurdo, y lo sé, y saberlo no lo arregla.

He planeado guerras. He mirado a hombres armados sin parpadear.

He entrado en despachos donde podían matarme y he salido con lo que fui a buscar, y llevo tres días sin ser capaz de hacer la cosa más simple del mundo, que es coger el teléfono, llamar a una mujer que sé que me quiere, y decirle cuatro palabras.

Cuatro. La desproporción entre lo que soy capaz de hacer en cualquier otro terreno y lo que soy incapaz de hacer en este me tiene humillado y perplejo.

Resulta que hay un idioma que no aprendí de niño, porque en Gangxi no se enseñaba, porque decir «te quiero» era un lujo de gente que tenía tiempo y comida y seguridad, y nosotros no teníamos ninguna de las tres.

Aprendí a sobrevivir, a pelear, a mandar.

No aprendí a esto, y a los treinta y cuatro años me encuentro analfabeto en la única lengua que ahora necesito hablar.

Lo peor de ser analfabeto de mayor no es no saber: es que todos los demás dan por hecho que sabes, porque tienes la edad y el aspecto de quien sabe, y no puedes ni pedir ayuda sin confesar una carencia que da vergüenza a mis años.

Mo Zhi, que me conoce mejor que nadie, me observa estos días con una media sonrisa que no me gusta nada.

—Vas a dejarla escapar —me dice una tarde, sin preámbulo, en Casa Mò—.

Lo vas a hacer. Vas a quedarte aquí, sentado sobre todo tu poder inútil, esperando a que se dé la circunstancia perfecta para decírselo, la circunstancia que nunca llega, hasta que un día ella se canse de esperar a un cobarde y se vaya, y entonces tendrás Canglan entera y no tendrás lo único que querías.

—No es tan fácil —le digo.

—Ganarle a Ji Yuan tampoco lo era, y lo hiciste en un fin de semana.

—Me mira, y por debajo de la burla hay algo serio, algo de hermana—.

Hermano, has hecho cosas imposibles toda tu vida.

Esta es fácil. Es la más fácil de todas.

Solo tienes que dejar de tratarla como una operación y empezar a tratarla como lo que es, y sé que no sabes cómo, pero también sé que a ti nunca te ha parado no saber cómo hacer algo.

Solo te para el miedo, y esto, por primera vez, te da miedo.

Tiene razón, como casi siempre, y lo peor es que su diagnóstico no me ayuda a curarme, porque el problema no es que no sepa que tengo que decírselo.

Lo sé. El problema es que cada vez que me imagino haciéndolo, cada vez que ensayo en la cabeza la escena, algo se me cierra en la garganta, un mecanismo de veinte años que se activa solo para protegerme justo de esto: de entregarme.

Mi cuerpo entero está diseñado para no bajar esta guardia concreta, y llevarle la contraria a ese diseño es como pedirle a la mano que no se aparte del fuego.

Lo intento, en mi cabeza, y fracaso, en mi cabeza, una y otra vez.

Empiezo a sospechar que voy a fracasar también en voz alta, en cuanto lo intente de verdad, y que va a ser humillante, y que no voy a poder evitarlo, porque hay cosas que no se resuelven con voluntad. Esta es una.

Sé, además, que ella está igual. No me hace falta verla para saberlo; la conozco.

Xie Ci está en su casa estos tres días haciendo lo mismo que yo: sabiendo lo que siente, sabiendo lo que quiere, y sin saber cómo cruzar el último metro, el que no se cruza con estrategia.

Ella tiene su propio muro, distinto del mío y de la misma altura: yo temo entregarme; ella teme que salga bien y que luego se lo quiten.

Los dos, cada uno con su miedo, nos hemos quedado congelados a un paso de lo que más queremos, esperando, supongo, que el otro dé el paso primero para no tener que arriesgarlo uno mismo.

Es cobardía, y es de las dos, y es, me temo, lo más humano que hemos hecho en toda esta historia: llegar hasta el borde de la felicidad y quedarnos ahí, temblando, sin atrevernos a saltar.

Pienso mucho estos días en la simetría de nuestros miedos, el de Xie Ci y el mío, porque entenderla es lo más cerca que estoy de vencerla.

Yo tengo miedo de entregarme; ella, de que le arrebaten lo que se entregue.

Son la misma herida vista desde dos ángulos: los dos aprendimos, por caminos distintos, que abrirse es el preludio del daño.

Yo lo aprendí en Gangxi, donde todo lo que querías te lo podían quitar, así que dejé de querer cosas que se pudieran quitar.

Ella lo aprendió en una galería, hace cinco años, donde le arrancaron de golpe la seguridad de que el mérito basta, y ahora los dos estamos aquí, cada uno con su cicatriz, habiendo encontrado a la única persona ante la que valdría la pena arriesgarse a que vuelva a doler, y paralizados por el recuerdo exacto de cuánto dolió la última vez.

La diferencia es que hasta hoy nos ha faltado a los dos la misma cosa: alguien que dé el primer paso para que el otro se atreva a dar el segundo.

Así llevamos tres días. Tres días de dos personas poderosas, que juntas doblegaron a media Canglan, paralizadas por la cosa más pequeña y más grande del mundo.

Miro por la ventana el puerto que domino, las grúas encendidas, la ciudad que es mía y que no me sirve para esto, y entiendo que ninguna de mis armas vale aquí: ni el dinero, ni el miedo, ni la información, ni la fuerza.

Este último metro se cruza desarmado o no se cruza.

Voy a tener que hacer, por ella, lo único que no he hecho nunca: presentarme ante otra persona sin nada, sin poder, sin plan, sin red, con las manos vacías, y decir la verdad y aguantar lo que venga.

Todavía no sé cómo. Sé que voy a intentarlo, y que voy a hacerlo mal, torpe, ridículo quizá, y sé, sobre todo, que prefiero fracasar intentándolo mil veces a ganar Canglan entera y perderla a ella por cobarde.