CAPÍTULO 42
El fin de Ji Yuan no se parece en nada a lo que yo imaginaba que sería el fin de un villano.
No hay enfrentamiento, no hay una escena, no hay dos hombres midiéndose en una azotea al amanecer.
Lo que hay es más frío y más completo: una cirugía.
Durante cuarenta y ocho horas, entre los tres —Mo Heng, Mo Zhi y yo—, desmontamos el negocio entero de Ji Yuan pieza por pieza, con la precisión de tres cirujanos que operan a la vez sobre tres órganos distintos, sin que el paciente, hasta que es demasiado tarde, sepa siquiera que está en el quirófano; y lo más extraordinario, lo que me tiene fascinada mientras ocurre, es que nadie nos ha sentado a los tres a planificarlo.
No ha hecho falta. Cada uno sabe qué le toca, como si lleváramos años haciéndolo.
Los tres frentes se reparten solos, según lo que cada uno tiene y los otros no.
El mío es la información: las últimas piezas del mapa de Ji Yuan, los apoyos que le quedan, sacados de mi red de salones y de los dos datos que, para mi sorpresa, resulta que aportó mi padre.
Yo sé quién le debe qué a quién, quién está a punto de soltarle la mano a Ji Yuan si alguien le da un empujón, por dónde se le abandona.
El de Mo Zhi es la estrategia: coge mi información y la de Mo Heng y diseña la secuencia, el orden exacto en que hay que tocar cada pieza para que caigan todas y ninguna avise a la siguiente, y el de Mo Heng es la ejecución: la fuerza, los contactos, el músculo que convierte un plan en un hecho.
Yo señalo dónde. Mo Zhi decide cuándo y en qué orden.
Mo Heng aprieta. Tres cosas que por separado no bastan, y que juntas son imparables.
Lo que más me sorprende, la primera vez en mi vida que trabajo así, es lo distinto que es de todo lo que conocía.
Yo venía de un mundo donde cada uno protege lo suyo y las alianzas duran lo que dura la conveniencia; donde ayudar a alguien es prestarle algo que le vas a cobrar.
Esto es otra cosa. Aquí nadie lleva la cuenta.
Mo Heng no me pide nada a cambio de la información que le doy; Mo Zhi no calcula qué le corresponde por la estrategia; yo no espero un pago por las llamadas.
Los tres damos lo que tenemos porque el objetivo es de los tres, y descubro que trabajar así, sin contabilidad, sin desconfianza, con la certeza de que el de al lado juega a tu favor, multiplica lo que cada uno puede hacer.
He negociado toda la vida. Es la primera vez que colaboro, y colaborar, resulta, es muchísimo más poderoso que negociar, porque el que negocia gasta la mitad de sus fuerzas cuidándose del otro, y nosotros no gastamos ni una.
Trabajo mi parte desde donde mejor se me da: desde el teléfono, desde los tés, desde las conversaciones en apariencia inocentes en las que dejo caer, a la persona correcta, la idea de que apoyar a Ji Yuan a estas alturas es apostar por un caballo muerto.
No amenazo. No hace falta. Solo ayudo a que la gente que ya dudaba llegue antes a la conclusión de que Ji Yuan es pasado.
Una tarde, con tres llamadas, consigo que dos de sus últimos socios importantes decidan, cada uno por su cuenta, que ha llegado el momento de distanciarse de él.
Ninguno de los dos sabe que el otro ha hecho lo mismo.
Ninguno sabe que fui yo. Así se hace mi trabajo bien: cuando termino, la gente cree que las decisiones que le he metido en la cabeza las tomó sola.
Ver trabajar a Mo Zhi, en cambio, es un espectáculo distinto, y confieso que paso más tiempo del necesario observándola.
Coge todo lo que le llevamos Mo Heng y yo —montañas de información desordenada, nombres, cifras, favores, deudas— y lo convierte en una secuencia, en un calendario de golpes tan preciso que da miedo.
«Este banco primero —dice, señalando el plano—, porque si cae este, el intermediario del muelle se queda sin respaldo y suelta a Ji Yuan él solo el jueves.
No antes: si lo tocamos antes, se asusta y avisa.
El jueves.» Piensa en movimientos, en consecuencias de consecuencias, como los ajedrecistas piensan en jugadas que aún no están en el tablero.
Yo ordeno el aire de una sala; Mo Zhi ordena el tiempo de una guerra.
Entiendo, viéndola, por qué Mo Heng dice que ella es el bisturí y él solo el brazo que lo empuña.
Mo Heng ejecuta. Cuando Mo Zhi dice «el jueves, este banco», el jueves ese banco recibe la visita, o la llamada, o el documento que lo hace moverse, y se mueve, porque a Mo Heng, cuando aprieta, se le obedece.
Lo que antes de conocerlo me parecía su único talento —la fuerza, el músculo, el miedo que impone— lo veo ahora en su sitio: es una herramienta más, poderosa, imprescindible, pero una entre tres, inútil sin el dónde que le doy yo y el cuándo que le da Mo Zhi.
Un año atrás, Mo Heng habría intentado ganar esta guerra solo, a golpes, y habría tardado meses y dejado media ciudad ardiendo.
Con nosotras dos, la gana en cuarenta y ocho horas, limpio, sin ruido, sin que Ji Yuan tenga tiempo siquiera de entender qué le está pasando.
La fuerza sola es lenta y cara. La fuerza dirigida por la información y ordenada por la estrategia es cirugía.
Ji Yuan, mientras tanto, se desangra sin encontrar la herida.
Esto es lo que más me impresiona del método, y lo que lo hace tan cruel como elegante: Ji Yuan no ve venir el golpe porque no hay un golpe.
Hay cien pequeños, repartidos, que él no consigue conectar entre sí.
Un socio que se va. Un banco que le cierra una línea.
Un intermediario que deja de cogerle el teléfono.
Una licencia que no se renueva. Cada cosa, por separado, parece mala suerte, un mal mes, el mundo que se tuerce.
Ji Yuan, que es listo, busca al enemigo detrás de cada golpe, y no lo encuentra, porque detrás de cada golpe hay una persona distinta actuando por su cuenta, o eso cree.
No sabe que las estamos moviendo a todas nosotros.
Para cuando une los puntos, para cuando entiende que no es mala suerte sino una campaña, ya no le queda negocio con el que defenderse.
Ha perdido la guerra sin haber llegado a saber que se estaba librando.
Hay un momento, hacia el final de las cuarenta y ocho horas, en que casi siento algo por él.
No lástima —Ji Yuan no la merece, y yo he visto lo que le hizo a Mo Heng, lo que intentó hacernos—, pero sí un reconocimiento incómodo.
Porque entiendo, mejor que nadie en esa sala salvo quizá Mo Heng, lo que es estar sola contra un mundo que no te contempla, pelear con las uñas por un sitio, construir algo de la nada a base de rencor y de hambre.
Ji Yuan hizo todo eso. La diferencia, la única, es la que decide quién cae y quién no: Mo Heng, en algún momento del camino, encontró gente por la que valía la pena dejar de estar solo, y aprendió a confiar en ella.
Ji Yuan no. Ji Yuan convirtió su herida en una religión de la que era el único fiel, y una religión de un solo creyente no tiene quién la sostenga cuando el creyente flaquea.
Cae solo porque eligió estar solo. Es lo más triste de su historia, y lo más justo.
En algún momento de esas cuarenta y ocho horas, entre una llamada y la siguiente, me paro y me doy cuenta de lo que soy ahora, de lo que hemos construido sin nombrarlo.
No soy la protegida de Mo Heng. No soy la novia que se queda fuera de la sala mientras los peligrosos trabajan.
Soy una de las tres personas que están desmontando al hombre más peligroso de Canglan, y no la menos importante: sin mi información, no habría dónde apretar.
He pasado de deber una deuda que casi me esclaviza, hace unos meses, a ser socia de pleno derecho en la caída de un imperio criminal, y lo raro, lo que me dice cuánto he cambiado, es que no me asusta.
La mujer que era hace un año se habría horrorizado de en qué se estaba convirtiendo.
La que soy ahora está, sin más, orgullosa de hacerlo bien, y de hacerlo con esta gente, que es la única con la que quiero hacer algo así.
A las cuarenta y ocho horas, se acabó. El negocio de Ji Yuan, ese imperio de miedo y de deudas compradas que tardó años en construir, ya no existe.
No queda nada que embargar, nada que quemar, nada dramático: ya no hay negocio, sin más, porque cada pieza que lo sostenía ha sido retirada con cuidado, una a una, hasta que la estructura entera se ha venido abajo por su propio peso.
Ji Yuan sigue vivo. Sigue libre. Nadie lo ha tocado, en el sentido físico, porque ese nunca fue el plan; los tres sabíamos, sin decirlo, que la venganza que dura no es la que hace sangre, sino la que deja a un hombre justo donde empezó: sin nada.
Ji Yuan vuelve a ser lo que era antes de todo esto, un don nadie en Gangxi, solo que ahora con el añadido insoportable de haber estado arriba y saber que lo perdió, y de no entender del todo cómo.
Los tres nos quedamos, esa segunda noche, en Casa Mò, alrededor del plano de la ciudad donde ya no queda ni una pieza marcada en rojo.
No hay euforia. La gente que hace bien este trabajo no celebra los finales con gritos; los mira, comprueba que están bien hechos, y pasa página.
Mo Zhi recoge sus papeles. Mo Heng mira el plano limpio con una expresión que tardo en identificar y que resulta ser, sin más, descanso: por primera vez en veinte años, nadie en ese plano lo amenaza, y yo los miro a los dos, a los hermanos que se criaron solos contra una ciudad entera, y me doy cuenta de que ya no están solos, y de que yo soy parte de la razón por la que ya no lo están.
Ji Yuan ha caído. La guerra ha terminado, y por debajo del cansancio, mientras Mo Heng alarga la mano y coge la mía sobre el plano vacío, siento por primera vez algo que llevaba cinco años sin permitirme sentir, desde la noche de la galería: la sospecha, tímida todavía, de que a lo mejor esto sale bien.