EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Casa de Mo Heng, sobre el puerto.

Sé lo que va a hacer Ji Yuan antes de que lo haga, porque en su lugar lo haría yo, y llevo toda la vida sabiendo lo que haría yo en el lugar de Ji Yuan.

Un hombre acorralado, sin negocio, sin reputación, sin la red de miedo que lo sostenía, no se rinde: hace una última cosa, la más desesperada, la que solo se le ocurre a quien ya no tiene nada que perder.

Busca el punto más blando que le quede al enemigo y aprieta ahí con lo poco que le queda de fuerza, y el punto más blando de mi mundo, el eslabón que cualquiera que me estudie identifica en cinco minutos, no soy yo, ni es Mo Zhi, ni siquiera es del todo Xie Ci, que ha demostrado tener más dientes que casi nadie.

Es Xie Jingtang. El padre. El hombre roto que bebió cinco años, al que se manipula con una copa y una promesa.

Me entero de que Ji Yuan ha ido a ver a Xie Jingtang, y se me hiela algo, porque de todas las jugadas que podía hacer, esta es la que más me preocupa, no por lista, sino por cruel.

Xie Jingtang es el hombre que hundió a su familia por debilidad, que se escondió de sus propios errores en la bebida, que dejó que su hija cargara sola con la ruina que él causó.

No es un hombre fuerte. Nunca lo ha sido, y Ji Yuan lo sabe: por eso va a por él, porque calcula, con razón sobre el papel, que un hombre así es fácil de mover, que basta con ofrecerle una salida a su culpa o una vuelta a su antiguo estatus para que haga lo que le pidan.

Ji Yuan va a ofrecerle a Xie Jingtang algo a cambio de que abra una puerta hacia Xie Ci, y sobre el papel, el Xie Jingtang de hace un año habría dicho que sí.

Lo que Ji Yuan no ha metido en su cálculo, porque no lo ha visto, porque lleva meses mirándome a mí y no ha mirado al borracho al que da por amortizado, es que el Xie Jingtang de hace un año ya no existe.

He tenido a ese hombre cerca todos estos meses, en las cenas de su casa, en los márgenes de mi historia con su hija, y he visto, sin darle importancia, algo que Ji Yuan no ha tenido ocasión de ver: que Xie Jingtang ha ido cambiando, despacio, en silencio, de la forma en que cambian los hombres que tocan fondo y deciden, un día cualquiera, empezar a subir.

No lo ha anunciado. No ha hecho discursos.

Solo ha ido observando, sobrio cada vez más noches, sacando sus propias conclusiones sobre quién soy yo, sobre qué le conviene a su hija, sobre de qué lado está el futuro, y ha cambiado de bando.

Del todo. Sin decírselo a nadie, ni siquiera a Xie Ci.

Lo vi, aunque entonces no supe qué estaba viendo.

Vi cómo, en las cenas, dejaba de servirse la segunda copa, y luego la primera.

Vi cómo empezaba a hacer preguntas sobre mis negocios que no eran las de un curioso, sino las de un hombre que evalúa a otro para decidir si puede confiarle a su hija.

Vi cómo miraba a Xie Ci cuando ella no se daba cuenta, con una mezcla de culpa y de orgullo que solo tiene el padre que sabe lo que falló y ve, con asombro, en qué se ha convertido su hija a pesar de él.

Un hombre no cambia de golpe, con un discurso ni una promesa; cambia así, en pequeño, en los gestos que nadie anota, hasta que un día se le presenta la ocasión de demostrar que ha cambiado, y la coge.

A Xie Jingtang se la ha presentado Ji Yuan, sin querer, sirviéndole en bandeja la oportunidad exacta de reparar, de una vez, el error de toda su vida.

Reconstruyo lo que pasó en esa reunión por el mensaje que me llega después, y por lo que sé de los dos hombres.

Ji Yuan le ofrece a Xie Jingtang lo que se le ofrece a un hombre roto: dinero, quizá, o la promesa de recuperar el sitio en la sociedad de Canglan que perdió, a cambio de algo pequeño, de una información, de una puerta entreabierta hacia su hija, y Xie Jingtang lo escucha entero, con esa educación exquisita que ni cinco años de ruina le quitaron, sin interrumpirlo, dejándolo desplegar toda su oferta; y cuando Ji Yuan termina, seguro de que un borracho arruinado no puede decir que no a una tabla de salvación, Xie Jingtang declina.

Con una cortesía perfecta, sin insultarlo, sin darle munición, sin el drama que le daría a Ji Yuan algo que usar.

Solo un no. Un no de caballero, tranquilo, definitivo, el no de un hombre que ha recuperado algo que creía perdido para siempre: el respeto por sí mismo.

Luego hace algo que no tenía por qué hacer, algo que va más allá de rechazar la oferta, algo que lo compromete: me avisa.

Esa misma tarde, Xie Jingtang manda un mensaje a una dirección que Xie Ci le dio hace meses «por si acaso», una dirección mía que él nunca había usado, porque hasta hoy no había tenido nada que decirme ni valor para decírmelo.

Es el primer mensaje que me manda en su vida.

Lo recibo en el móvil, un número que no tengo guardado, y sé quién es antes de abrirlo por la forma tan suya, tan de otra época, de escribir hasta un aviso urgente con buena caligrafía mental.

El mensaje es breve, y lo leo dos veces, la primera para entenderlo y la segunda para creérmelo.

Me cuenta, sin adornos, que Ji Yuan ha ido a verlo, qué le ha ofrecido, y qué ha contestado él.

Me da, además, dos datos que Ji Yuan dejó caer en la conversación sin querer, dos piezas de información sobre dónde le quedan a Ji Yuan los últimos apoyos, que a un hombre con mi oficio le valen oro para el asalto final, y termina el mensaje con una línea que releo tres veces más, porque no me la esperaba de él:

«No le he fallado a mi hija dos veces. La primera no supe evitarlo. Esta sí. Cuide de ella mejor de lo que la cuidé yo, que no será difícil. Estoy de su lado, Mo Heng. Del de los dos.»

Me quedo un rato con el móvil en la mano, en mi casa sobre el puerto, releyendo esas líneas de un hombre al que, si soy sincero, había despreciado un poco.

Lo había catalogado, como cataloga Ji Yuan, en la carpeta de los débiles: el suegro borracho, el padre que falló, el eslabón por el que me podían atacar, y resulta que me equivoqué, y que el error tiene una lección que me viene bien aprender esta noche.

La debilidad no es un destino. Los hombres pueden cambiar, incluso tarde, incluso desde muy abajo, si encuentran una razón lo bastante grande.

Xie Jingtang encontró la suya en la posibilidad de no volver a fallarle a su hija, y esa razón hizo, con un borracho de cincuenta y tantos años, lo que yo, con todo mi poder, no habría podido hacer: convertirlo en un hombre que se planta, sobrio, ante Ji Yuan, y dice que no.

No lo salvé yo. No lo salvó Xie Ci. Se salvó él, que es la única forma en que la salvación cuenta.

Pienso en lo que esto significa para Xie Ci, que aún no lo sabe, porque su padre me ha escrito a mí antes que a ella, quizá porque hay cosas que a un padre le cuesta menos decirle al hombre de su hija que a su hija.

Ella lleva cinco años cargando sola, no solo con la ruina, sino con la decepción, con la certeza de que su padre era una debilidad más que gestionar, un peso muerto al que proteger, y resulta que el peso muerto acaba de plantarse ante el peor hombre de Canglan y decir que no, por ella.

Cuando Xie Ci lo sepa —y se lo voy a contar yo, esta noche, porque es un regalo que le corresponde recibir— va a recuperar algo que daba por perdido para siempre: un padre.

No el que tuvo, sino uno nuevo, tardío, que ha decidido, a los cincuenta y tantos, empezar a merecerla.

Hay pocas cosas que yo pueda darle a Xie Ci que ella no pueda conseguirse sola.

Esta es una, y me hace, contársela, más ilusión que ganar la guerra.

Para la guerra, el mensaje de Xie Jingtang significa algo más frío y más definitivo: Ji Yuan acaba de cometer su último error.

Fue a por el que creía el eslabón débil, y el eslabón débil no solo aguantó, sino que le devolvió el golpe, entregándome a mí las dos piezas que me faltaban para desmontarlo del todo.

Ji Yuan gastó su última jugada en un hombre al que daba por amortizado, y ese hombre, al que subestimó igual que Gu Chengze subestimó a Xie Ci, era la trampa que Ji Yuan no vio.

Empiezo a notar un patrón en esta guerra, y es hermoso: Ji Yuan pierde, una y otra vez, no por falta de inteligencia, sino porque desprecia a la gente.

Ve débiles donde hay fuerzas dormidas. Ve herramientas donde hay personas, y las personas, cuando las tratas como herramientas, tienen la fea costumbre de convertirse, justo en el peor momento para ti, en tu perdición.

Guardo el número de Xie Jingtang en el móvil, por fin, con su nombre entero, y me sorprende cuánto significa ese gesto pequeño: acabo de añadir a mi lista corta, la de la gente en la que confío, a un hombre que hace un año no habría dejado entrar en mi casa.

Ya no es el suegro que hay que tolerar. Es un aliado que ha elegido su bando en el único momento en que elegirlo costaba algo.

Le respondo con dos palabras, que es mi forma de decir lo que él ha dicho con muchas: «Gracias, Jingtang».

Sin apellido. Como se le escribe a un igual.

Luego cojo los dos datos que me ha regalado, los pongo sobre la mesa junto a lo que ya tengo de Xie Ci y lo que Mo Zhi ha sacado de los registros, y miro las tres fuentes juntas —la mujer que quiero, mi hermana, el padre redimido— y entiendo que Ji Yuan no se enfrenta ya a un hombre.

Se enfrenta a una familia entera que ha decidido acabar con él, y las familias, a diferencia de los hombres solos, no se cansan.