EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

Nunca había visto a cuarenta hombres del puerto de Gangxi intentar comportarse en un salón, y puedo decir, con la mano en el corazón, que es uno de los espectáculos más conmovedores y más divertidos de mi vida.

Mo Heng ha organizado una fiesta para los suyos —para celebrar que hemos sobrevivido a Ji Yuan, aunque él insiste en que no cantemos victoria del todo todavía—, y la ha montado en Casa Mò, que hasta hoy era el lugar más privado que tienen los hermanos Mò, el único donde bajan la guardia.

Que abra sus puertas, y que las abra a los estibadores y a los transportistas y a los hombres que le han cubierto la espalda veinte años, dice más de cómo se siente esta noche que cualquier cosa que pudiera decir con palabras, que ya sabemos que no es lo suyo.

Los hombres están magníficos e incomodísimos.

Se han puesto sus mejores ropas, que en muchos casos significa la camisa con menos manchas, y se mueven por el salón con el cuidado de quien teme romper algo caro solo con mirarlo.

Uno, enorme, con manos que podrían partir una nuez sin nuez, sostiene una copa de cristal fino como si fuera un pajarito herido.

Otro le ha preguntado a un camarero, muy serio, si se puede fumar, y ante el no educado ha asentido con la gravedad de quien acata una ley extranjera.

Cogen los canapés de uno en uno, los estudian, se los comen en dos tiempos, y comentan entre ellos, en voz baja, qué demonios llevan dentro; y sin embargo, por debajo de la torpeza, hay algo que a mí, que me crie entre gente que dominaba estos códigos desde la cuna, me emociona más que cualquier elegancia: estos hombres se respetan, se quieren, y le son a Mo Heng leales de una manera que en mis salones no he visto nunca, donde la lealtad dura lo que dura la ventaja.

El momento cumbre llega cuando uno de ellos, el más veterano, un tipo con una cicatriz que cuenta una historia que nadie le pregunta, decide que la música de cámara que Mo Heng ha contratado —cuarteto de cuerda, discreto, elegante— es demasiado triste para una victoria, se acerca a los músicos con toda la solemnidad del mundo, y les pide, con una educación conmovedora, si sabrían tocar algo «con lo que se pueda beber de verdad».

Los músicos, cuatro chicos de conservatorio que no habían visto en su vida a un estibador de cerca, se miran, deliberan, y arrancan una versión de cuerda de una canción de taberna que el hombre de la cicatriz corea con lágrimas en los ojos.

En diez minutos, medio salón canta. Miro a Mo Heng, esperando que le horrorice el destrozo de su fiesta elegante.

No le horroriza. Tiene la cara del hombre que acaba de entender que sus mundos, el de la seda y el del muelle, no solo pueden coexistir en una sala, sino que juntos suenan mejor.

Yo estoy, a la vez, en mi elemento y fuera de contexto, que es una sensación rarísima.

En mi elemento, porque una fiesta es una fiesta, y yo sé moverme por una fiesta como un pez por el agua: sé qué decirle a cada uno, cómo poner cómodo al gigante de la copa (le pregunto por su trabajo en el muelle y se le iluminan los ojos), cómo hacer reír al que preguntó por el tabaco.

Llevo toda la vida siendo la que engrasa las salas, y fuera de contexto, porque esta no es mi gente, no es mi mundo, y por primera vez en años estoy en una sala donde mi apellido no significa nada, donde nadie sabe ni le importa que soy una Xie, donde lo único que cuenta es que soy la mujer de Mo Heng, cosa que estos hombres han decidido, sin consultarme, que es un título más alto que cualquiera que me diera mi cuna.

No sé si me gusta que me definan por él.

Descubro, con cierta sorpresa, que esta noche sí.

Mi padre ha venido porque lo invité, y verlo aquí es la mejor comedia de la noche, aunque él no lo sepa.

Xie Jingtang, que ha bebido para olvidar durante cinco años, ha decidido esta noche, me lo confiesa en un aparte con una solemnidad que me parte de risa por dentro, no beber nada.

«Necesito estar lúcido, hija —me dice, mirando el salón lleno de estibadores educados y hermanos peligrosos y una copa de champán que rechaza como quien rechaza una tentación bíblica—.

Está pasando algo importante aquí, y no me lo quiero perder por primera vez en mi vida.

» Ahí está, mi padre, el hombre que se refugió en la bebida cuando el mundo se le hizo grande, de pie en el salón más intimidante de Canglan, sobrio por elección, tomando notas mentales, procesando.

Es la primera vez en años que lo veo mirar el mundo de frente en vez de a través del fondo de un vaso.

No le digo lo que significa para mí. Le paso, en silencio, un vaso de agua, y él lo coge, y brindamos, agua contra agua, sin decir nada.

Es el brindis más importante que he hecho en cinco años, y no lo entendería nadie que nos viera: dos vasos de agua, un padre y una hija que aprenden, tarde y a la vez, a estar sobrios delante de la vida.

Pero la escena que me tiene fascinada, la que vigilo toda la noche con el rabillo del ojo porque huele a algo, es otra.

Mo Zhi, la hermana de hielo, la que nunca está en las fiestas porque las fiestas son ineficientes, está en esta.

En un rincón, con media copa de vino en la mano que no baja de nivel en toda la noche —Mo Zhi no bebe; Mo Zhi sostiene copas para tener las manos ocupadas—, observando a un hombre; y el hombre al que observa no encaja aquí más que yo entre los estibadores: es un tipo con gafas, con un abrigo bueno y descuidado, que ha aparecido en la fiesta sin que nadie sepa muy bien quién lo invitó ni por qué está, y que se pasea entre los hombres del puerto examinando los cuadros de las paredes con más interés del que le dedica a la gente.

Pregunto, discreta, quién es. Nadie lo sabe del todo.

«Un tal Pei Yan —me dice uno—. Vino con...

no sé con quién vino. Creo que buscaba un libro. »

Me acerco a Mo Zhi, que es lo más parecido a acercarse a un témpano con conversación, y le sigo la mirada hasta Pei Yan.

—No sabía que invitabas a desconocidos a las fiestas de tu hermano —le digo, ligera.

—No lo he invitado —contesta ella, sin apartar los ojos de él—.

Nadie lo ha invitado. Ha llegado. Es la segunda vez que se me aparece sin explicación en un sitio donde no debería estar.

La primera fue en un almacén. —Bebe, por fin, un sorbo minúsculo—.

Estadística básica: dos apariciones no explicadas dejan de ser casualidad.

—Estadística básica —repito, aguantándome la sonrisa, porque conozco esa frialdad y sé lo que suele esconder en la gente que la usa para no decir otra cosa—. ¿Y qué dice tu estadística que es, entonces?

Mo Zhi tarda en contestar. Es la primera vez que veo a Mo Zhi tardar en contestar, y archivo el dato con el mismo cuidado con que ella, sospecho, ha archivado a Pei Yan.

—No lo sé —dice al fin—, y eso, en mí, es tan raro que me tiene aquí, en una fiesta, en vez de trabajando.

Me alejo de Mo Zhi con la certeza divertida de que estoy presenciando el principio de algo que ni la propia Mo Zhi entiende todavía, y con una ternura inesperada hacia esa mujer temible que ha venido a una fiesta que odia solo porque un hombre con tinta en las manos ha dejado de encajar en sus categorías.

Miro la sala entera desde el centro: los hombres del puerto riéndose ya, más sueltos, olvidándose de los modales que tanto los agobiaban; mi padre sobrio y despierto, hablando con uno de los estibadores sobre vaya usted a saber qué, vivo de una manera que llevaba años sin estar; Mo Zhi vigilando su enigma; y Mo Heng, en un lado, quieto, observándolo todo con esa cara suya que no sonríe pero que esta noche está a punto.

Pienso: esto es una familia. Rara, peligrosa, imposible sobre el papel, hecha de gente que no debería estar en la misma habitación.

Pero una familia, y yo, que perdí la mía a plazos, estoy dentro.

En algún momento Mo Heng se acerca, me pone una copa en la mano, y nos quedamos los dos un poco al margen, mirando la fiesta como se mira algo que uno ha construido sin darse cuenta.

—Lo has montado bien —le digo—. No sabía que supieras dar fiestas.

—No sé —dice—. No he dado una en mi vida.

Esta la doy porque me lo pidió el cuerpo, que es algo que tampoco me pasa nunca.

—Mira a sus hombres, y por un segundo se le ablanda todo—.

Se lo debía. Llevan años cobrando en dinero una lealtad que no se paga con dinero. Al menos una noche, que cobren en esto.

—¿En qué?

—En verme tranquilo —dice, y lo dice bajo, solo para mí—. No me han visto tranquilo nunca. Ninguno. Es lo único que no he podido darles en veinte años.

Luego, porque es Mo Heng y no puede dejar que un momento tierno se quede tierno, añade lo que llevaba toda la noche conteniéndose:

—Que conste que aún no hemos ganado. Ji Yuan sigue vivo, y un hombre acorralado es más peligroso, no menos. Esto no es la victoria. Es el descanso antes del último asalto.

Tiene razón, y los dos lo sabemos, y por eso esta fiesta tiene, por debajo de la risa, un fondo que solo notamos los que sabemos leerlo: es una tregua, no un final.

Ji Yuan sigue ahí fuera, en alguna parte de Canglan, sin negocio, sin reputación, sin ejército, con lo único que le queda cuando lo has perdido todo, que es el rencor, y el rencor de un hombre acorralado no se rinde: busca a quién llevarse por delante.

Pero esta noche decido, como decidí la de las tres de la madrugada, no gastar el presente adelantando el dolor.

Miro a mi padre reír por primera vez en cinco años, a Mo Zhi perder por fin una batalla contra su propia curiosidad, a los hombres del puerto brindar por un jefe al que quieren, y me quedo con esto, entero, sabiendo que mañana volverá la guerra.

Esta noche hemos robado unas horas de familia.

Que Ji Yuan haga lo que quiera mañana. Esta noche es nuestra, y no pienso dejar que nos la estropee ni siquiera con la sombra de su nombre.