CAPÍTULO 46
A las once y media de la noche del cuarto día decido que se acabó.
Llevo cuatro días esperando a que Mo Heng cruce el último metro, y llevo cuatro días viéndolo no cruzarlo, fracasar en el intento de maneras cada vez más elaboradas que medio puerto comenta ya en voz baja, y esta noche, sola en mi casa, mirando el techo, he entendido una cosa que me da rabia haber tardado tanto en ver: estoy esperando a que él sea valiente por los dos, y esperar eso es su misma cobardía con otro nombre.
Yo, que le solté a Mo Zhi aquello de «no es un no» señalándole su parálisis con el dedo, llevo cuatro días paralizada igual que ella.
Se acabó. Si el valor no me viene, lo fabrico.
Me visto, cojo las llaves del coche, y a las doce menos cuarto conduzco hacia el puerto.
Voy pensando, por el camino, cómo se lo voy a decir, y descarto, uno a uno, todos los modos románticos.
Nada de discursos. Nada de rodeos, de metáforas, de esperar el momento perfecto, que es la trampa en la que Mo Heng lleva cuatro días cayéndose.
He aprendido, este año, que las cosas importantes no se dicen mejor por adornarlas.
Se dicen mejor por decirlas claras. Así que voy a hacer con esto lo que sé hacer, lo que hice ante Wei Zhengyue y ante las cuatro figuras de Canglan: entrar, decir la verdad en el orden correcto, sin una palabra de más, y dejar que caiga con todo su peso.
Voy a declararme como convoco una reunión.
Con eficiencia. Es lo menos romántico del mundo, y es, para nosotros dos, lo más romántico posible, porque es honesto, y porque él, mejor que nadie, sabrá leer lo que significa que yo use mi mejor arma no para ganar algo, sino para entregarme.
Hay algo más, que solo entiendo mientras conduzco: que si espero a que lo diga él, aunque acabe diciéndolo, siempre habrá quedado la duda de si yo me atrevía.
No quiero esa duda. Prefiero saber, el resto de mi vida, que cuando llegó el momento no me escondí detrás de él.
El puerto a medianoche es un sitio distinto del de día: las grúas apagadas, el agua negra, un silencio que solo rompen los cables golpeando contra el metal.
Sé dónde encontrarlo. Mo Heng, cuando no puede dormir, y estos días no puede, se sienta en el despacho de arriba, el que da al agua, de cara a la puerta, con la manía de Gangxi de no dar nunca la espalda a una entrada.
Subo sin avisar. La puerta está abierta, y ahí está, como sabía que estaría, solo, con una luz baja, mirando el puerto que domina y que no le sirve para lo único que quiere.
Se vuelve al oírme. En su cara hay sorpresa, y algo más, algo que se parece al alivio del que llevaba esperando sin atreverse a llamar.
No le doy tiempo a hablar. Si habla, va a fracasar otra vez, y esta noche no vengo a verlo fracasar. Vengo a quitarle el peso de encima.
—No hables —le digo, antes de que pueda—. Llevas cuatro días intentando decirme algo y no te sale, y he venido a decírtelo yo, para que dejes de sufrir y para que dejemos los dos de perder el tiempo. Así que escucha.
Me quedo de pie frente a él, y se lo digo como se dicen las cosas que uno ha decidido no dejar a medias: sin temblor, mirándolo a los ojos, en el orden correcto.
—Te quiero. No de la manera cómoda. De la otra.
Te quiero sabiendo lo que eres, de dónde vienes, lo que has hecho y lo que serás capaz de hacer, sin ilusiones, con los ojos abiertos.
He mirado la vida sin ti y no la quiero.
He mirado la vida contigo, que va a ser difícil, peligrosa, incómoda, y la quiero entera.
No espero que me lo digas tú primero; ya no.
Uno de los dos tenía que ser valiente, y resulta que soy yo, cosa que, si lo piensas, no debería sorprender a ninguno.
Eso es todo. Era eso lo que llevabas cuatro días sin poder decir, y ya está dicho. De nada.
Entonces ocurre algo que no había visto nunca, algo que, sospecho, no volveré a ver: Mo Heng se queda sin palabras.
No es que no encuentre las adecuadas, que le pasa estos días.
Es que no encuentra ninguna. El hombre que negocia, que ordena, que convence, que nunca en su vida adulta se ha quedado sin respuesta, me mira con la boca a punto de decir algo que no llega, y en su cara veo pasar, en unos segundos, todo lo que no sabe cómo poner en palabras: el alivio, el asombro de que yo lo haya hecho por él, la humillación tierna de que la valiente haya sido yo, y por debajo de todo eso, enorme, desbordándose por los bordes de su compostura de siempre, algo que no necesita palabras porque se le ve entero en los ojos.
Me doy cuenta, mirándolo, de que su silencio me dice más que cualquier discurso que hubiera podido prepararme.
Un hombre que tiene palabras para todo, sin palabras, es un hombre desarmado del todo, y verlo desarmado, por mí, es la declaración que él no consigue pronunciar.
Me quedo mirándolo, disfrutando —no lo voy a negar— de este instante único, el del hombre imparable parado.
Toda la vida me han enseñado, sin decírmelo, que en el amor la mujer espera: espera a que la elijan, a que la nombren, a que el hombre reúna el valor y dé el paso, y ella recibe, agradecida, lo que él se digna ofrecer, y aquí estoy yo, invirtiéndolo entero, habiendo cruzado yo el metro que él no cruzaba, habiendo dicho yo lo que él no podía decir, y no me siento menos mujer por ello, sino más yo que nunca.
Resulta que la agencia, esa palabra que a mi madre le daría un soponcio, sienta bien también en el amor; que declararse una misma, en vez de esperar sentada, no le quita romanticismo a la escena: se lo multiplica, porque no hay gesto más grande que elegir en voz alta, sin red, a sabiendas de que pueden decirte que no.
Al final encuentra palabras, pero no las cuatro que llevaba días persiguiendo. Encuentra otras, más suyas, más verdad:
—Iba a hacerlo mañana —dice, con la voz ronca—. Lo había decidido. Iba a venir a buscarte y a decírtelo, aunque me saliera mal.
—Lo sé —le digo—. Por eso he venido esta noche. Para ganarte. —Sonrío, porque es verdad y porque es nuestro idioma—. No iba a dejar que te llevaras tú el mérito de una cosa que se me da mejor a mí.
Él, por fin, se ríe. Una risa corta, incrédula, la de un hombre que acaba de perder la única batalla de su vida que estaba deseando perder.
Se levanta. Cruza el metro que nos separa, el último, el que llevaba cuatro días sin poder cruzar y que ahora, con el peso ya quitado, cruza en dos pasos, y cuando llega, no dice «te quiero», porque no le hace falta y porque los dos sabemos que lo diría mal.
Hace algo mejor. Me coge la cara con las dos manos, con un cuidado que no encaja con esas manos, y me besa como si llevara meses queriendo hacerlo y no se hubiera atrevido, que es justo lo que pasa.
Lo he besado antes. Este beso es distinto de todos los anteriores, y tardo un segundo en entender por qué: es el primero sin nada detrás.
Los otros los dábamos en medio de algo —una tregua, una crisis, una noche robada a la guerra—, siempre con una parte de nosotros pendiente del mundo de fuera.
Este no. Fuera ya no hay guerra, ni enemigo, ni deuda, ni excusa.
Solo estamos él y yo, en un despacho sobre el agua negra, a medianoche, sin nada urgente que nos reclame por primera vez desde que nos conocemos, y ese beso, el primero que nos damos siendo libres, sabiendo los dos que no se acaba cuando amanezca, que no hay que volver a ninguna trinchera, lo cambia todo: deja de ser un beso robado y se convierte en una promesa.
Noto el momento exacto en que Mo Heng lo entiende también, en que algo en él se rinde del todo, la última guardia de veinte años cediendo por fin, y me abraza como no me había abrazado nunca, como quien por primera vez en la vida no tiene prisa.
Poco a poco, el beso deja de ser solo un beso.
Se vuelve manos, respiración corta, la urgencia sin prisa —si eso existe, y esta noche existe— de dos personas que llevan meses queriendo esto y por fin se lo permiten.
Me levanta del suelo sin esfuerzo, con esas manos que han firmado ruinas y sostenido armas, y me sienta en el borde de su mesa, entre los planos del puerto, apartándolos de un gesto sin mirarlos, porque por primera vez desde que lo conozco hay algo que le importa más que el trabajo.
Le desabrocho la camisa despacio, botón a botón, y él me deja hacerlo, quieto, dejándose desnudar por unas manos que no está acostumbrado a que lo toquen sin pedirle nada a cambio.
Debajo del traje del rey hay cicatrices que no había visto nunca —Gangxi escrito en la piel, no solo en la memoria—, y las recorro con los dedos, una a una, sin preguntar, y él tiembla, no de frío, cuando entiende que no me aparto.
Me desnuda a su vez, con un cuidado que no encaja con su fama, como quien desenvuelve algo que lleva tiempo temiendo romper, y cuando estoy ante él sin nada, sin el vestido caro ni la armadura de la señorita de Yunlu, no me mira como se mira un cuerpo.
Me mira como se mira una rendición: la suya y la mía a la vez.
Aquí no hay estrategia. No hay cálculo. Están sus ojos sobre mi piel y los míos sobre la suya, y el aire cargado del despacho, y el agua negra golpeando el muelle al otro lado del cristal, y dos personas que llevan la vida entera blindándose a punto de hacer lo único que nunca se han permitido: dejarse tocar por dentro.
Sus manos me aprenden despacio, como aprende él todo lo que quiere dominar, solo que esta vez no hay dominio: hay descubrimiento.
Me toca el cuello, la clavícula, el pecho, la curva de la cintura, deteniéndose donde el cuerpo le dice que me deshago, memorizándome con la misma atención feroz con que memoriza una ciudad.
Cuando su boca sigue el camino de sus manos, cierro los ojos y dejo de contar —yo, que lo cuento todo—, porque hay un punto en que la cabeza se calla y solo queda la piel.
Lo oigo respirar contra mi vientre. Le hundo los dedos en el pelo, y por primera vez en cinco años no calculo qué viene después, no mido, no me guardo nada: solo siento, entera, sin red.
Cuando por fin lo llevo hacia mí, cuando ya no hay tela ni distancia ni un solo pretexto entre los dos, Mo Heng se detiene un instante, sobre mí, buscándome los ojos, y en ese instante pasa lo más íntimo de la noche, más que lo que viene después: me pregunta sin palabras si estoy segura, este hombre que no le ha pedido permiso a nadie en veinte años.
Le respondo atrayéndolo, y cuando nos unimos suelto un sonido que no reconozco como mío, y él entierra la cara en mi cuello y dice mi nombre, solo mi nombre, como si fuera lo único que sabe decir.
Nos movemos juntos, torpes al principio, encontrándonos después, aprendiendo sobre la marcha el idioma que ninguno de los dos ha hablado nunca con nadie: el de estar del todo a merced del otro y no tener miedo.
Lo siento perder el control, y es lo más hermoso que he visto en mi vida.
El hombre que gobierna cada gesto, cada palabra, cada respiración de una sala, esta noche deja de gobernar nada.
Tiembla. Se aferra a mí como si yo fuera lo único firme en un mundo que siempre lo ha querido tirar, y cuando llega, con mi nombre roto contra mi piel, no queda en él ni rastro del rey: solo un hombre, entero, expuesto, que se ha dejado ver en el único instante en que no se puede fingir.
Llego yo con él, o casi, con los ojos abiertos porque no quiero perderme su cara, esa cara que no le ha visto nadie y que a partir de esta noche es mía guardar.
Después nos quedamos enredados sobre la ropa caída y los planos arrugados, con el corazón desbocado y la respiración volviendo despacio a su sitio.
Hay una diferencia enorme entre acostarse con alguien y entregarse a alguien, y esta noche, por primera vez los dos, hemos hecho lo segundo.
No me suelta. Me tiene contra su pecho, con la barbilla apoyada en mi pelo, y noto los latidos frenándose bajo mi mejilla, y pienso que jamás, en cinco años de guardarme de todo el mundo, me había sentido tan a salvo como ahora, desnuda, sin defensas, en los brazos del hombre más peligroso de Canglan.
En algún momento, ya de madrugada, con el puerto empezando a clarear al otro lado del cristal, Mo Heng dice, muy bajo, contra mi pelo, las cuatro palabras que llevaba una semana sin poder pronunciar: «Te quiero, Xie Ci», y ahora, después de todo lo demás, cuando ya nos lo hemos dicho con el cuerpo entero, salen solas, sin nudo, fáciles, porque lo difícil nunca fue sentirlas: era atreverse a quedar así, a merced de otro, y esa entrega ya la hemos hecho, esta noche, sin reservarnos nada.
Sonrío contra su piel. Cuatro días esperando a que las dijera, y al final las dice cuando ya son lo de menos, porque ya se han dicho de todas las otras maneras.
Así es él. Así somos, y no lo cambiaría, ni a él ni a esto, por nada de lo que el mundo, mañana, empezará a ofrecernos para separarnos.