EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

Son las tres de la madrugada cuando la pregunta llega, y no la trae ninguno de los dos: la trae la hora.

Hay algo en las tres de la madrugada, sobre todo en las tres de una madrugada como esta —Wu estable por fin, la casa en silencio, la sangre lavada de la mano de Mo Heng, la guerra suspendida por unas horas de tregua que nadie ha firmado—, que disuelve las defensas que a las tres de la tarde son de acero.

A esta hora no se miente bien. A esta hora las preguntas que uno lleva meses esquivando de día se sientan a tu lado, pacientes, y esperan.

Estamos los dos en mi salón, agotados, despiertos por ese cansancio que va más allá del sueño, y sé, antes de que él hable, que esta noche vamos a decirnos por fin lo que somos.

He tenido esta conversación en la cabeza mil veces, ensayándola como ensayo todo, previendo lo que él diría y preparando lo que yo respondería, controlando de antemano una escena que aún no había ocurrido.

Ninguno de esos ensayos se parece a esto.

En todos, yo llevaba las riendas: elegía el momento, medía las palabras, me dejaba una puerta abierta.

Esta conversación no la he elegido yo, ni la ha elegido él.

La ha traído la hora, y el cansancio, y una noche en la que un hombre casi se muere y otro casi se derrumba, y llega en el único estado en que estas cosas se dicen de verdad: sin ensayar.

Descubro, con una mezcla de pánico y de alivio, que las conversaciones importantes de la vida son justo las que no se pueden preparar, y que llevo cinco años preparándome para no tener nunca ninguna.

Lo pregunta él, y lo pregunta como pregunta todo: sin preámbulo, sin suavizarlo, sin la táctica que usa para todo lo demás y que conmigo, a estas horas, ha dejado de usar.

—¿Qué somos, Xie Ci?

Tres palabras. No «¿qué sientes por mí?», que sería pedirme que me expusiera yo primero.

No «¿adónde va esto?», que sería fingir que no lo sabe.

La pregunta más desnuda que existe, hecha por el hombre más blindado que conozco, sin poner una sola defensa, aceptando de antemano el riesgo de que yo conteste algo que le duela.

Es, me doy cuenta, la valentía más grande que le he visto, más que entrar en despachos prohibidos o ganar guerras: preguntar, a las tres de la madrugada, sin red, qué es para otra persona, sabiendo que la respuesta puede no gustarte y que ya no puedes controlarla.

Mi primer instinto, el de cinco años, es tener un plan.

Es lo que hago cuando alguien me pone delante una pregunta que importa: calculo.

Mido qué respuesta me protege, qué respuesta lo compromete a él más de lo que me compromete a mí, qué versión de la verdad me deja una salida por si esto sale mal.

Toda mi vida amorosa, la poca que me permití después de la galería, la gestioné así, con la contabilidad puesta, sin decir nunca una palabra que no pudiera retirar.

Busco ese plan ahora, por costumbre, como se busca el interruptor de la luz en una habitación conocida, y no está.

Por primera vez en cinco años, la mano da en la pared y no encuentra el interruptor.

No tengo plan. No tengo una respuesta calculada, ni una versión con salida, ni una defensa preparada.

Solo tengo la verdad, desnuda y sin retirada posible, y el terror y el alivio, a partes iguales, de no tener otra cosa que ofrecer.

Así que le contesto con lo único que tengo, que es la verdad sin ropa:

—No lo sé nombrar bien —le digo—. No sé si hay una palabra para esto que no lo empequeñezca.

Sé lo que no somos. No somos un trato; el trato se acabó hace mucho.

No somos dos personas pasándolo bien mientras dure; esto no tiene fecha, y los dos lo sabemos.

No somos amigos, ni amantes, ni ninguna de las palabras cómodas que la gente usa para no decir la grande.

—Respiro—. Lo que somos, Mo Heng, es la primera persona a la que el otro no le miente.

Eso, para ti y para mí, que llevamos toda la vida mintiendo por oficio y por defensa, es más que cualquier declaración.

Yo no te miento. Tú no me mientes. En nuestro idioma, el de dos personas que aprendieron a sobrevivir mintiendo, eso es lo más parecido que existe a decir «te quiero», y llevo semanas diciéndotelo así, sin saber que lo decía.

Lo veo recibir mis palabras, y es como ver a un hombre desactivar, una a una, las alarmas que llevaban veinte años encendidas.

No sonríe —Mo Heng casi no sonríe—, pero algo en los hombros, en la mandíbula, en la manera en que suelta el aire, se afloja de una forma que no le había visto nunca, ni siquiera dormido.

Le acabo de decir, en el único idioma que los dos entendemos, que es la persona a la que no miento, y él, que lleva la vida entera rodeado de gente que le miente por miedo o por interés, acaba de oír la cosa que ni todo su poder había conseguido comprarle: una verdad ofrecida gratis, sin nada detrás.

Se queda callado el rato que se queda callado cuando algo lo alcanza. Luego dice, y esto no me lo esperaba, la cosa más honesta que le he oído:

—Me da miedo —dice—. No la guerra. La guerra no me ha dado miedo nunca; sé perderla y sé ganarla.

Me das miedo tú. Me da miedo lo que me has hecho: he pasado veinte años construyendo una vida en la que nadie pudiera hacerme daño, y he tardado tres meses en entregarte a ti la única forma de destrozarme que existe.

Si te pierdo —por Ji Yuan, por una mala noche, porque un día decidas que esto es demasiado—, no vuelvo a levantarme.

Lo sé. Lo he calculado, que es lo que hago, y el cálculo me sale siempre igual: eres el único riesgo de mi vida que no puedo permitirme y que no pienso dejar de correr.

Eso, supongo, también es una forma de decir «te quiero».

La mía. La de un hombre al que le enseñaron que querer es exponerse a que te maten.

Como él ha enseñado su miedo, enseño yo el mío, que es distinto y de la misma familia:

—A mí no me da miedo perderte —le digo, y es verdad, y me sorprende serlo—.

Me da miedo lo otro. Me da miedo que esto salga bien.

Que me quede, que me acostumbre, que baje del todo la guardia, que llegue a depender de ti tanto como empiezo a sospechar que ya dependo, y que un día, cuando ya no sepa vivir sin esto, el mundo me lo quite, como me quitó todo lo demás la noche de la galería.

No le tengo miedo al dolor de perderte, Mo Heng.

Le tengo miedo a la felicidad, porque la felicidad es lo único que todavía no he aprendido a sobrevivir.

El dolor lo domino. Llevo cinco años entrenándome.

Es esto —esta calma, esta noche, tú— lo que no sé cómo se sostiene sin romperse.

No hay un plan para lo que sigue, y eso, para mí, es tan nuevo que casi no sé habitarlo.

En otra época, esta conversación habría sido una negociación: yo midiendo cuánto dar, él midiendo cuánto pedir, los dos protegiéndonos con la mitad de la verdad.

Esta noche no negociamos nada. Nos hemos puesto los dos miedos sobre la mesa, el suyo a perderme y el mío a quedarme, tan desnudos como dos personas pueden ponerse sin tocarse, y ninguno de los dos ha salido corriendo.

Seguimos aquí. Con los miedos fuera y ninguna defensa puesta, seguimos aquí, a las tres y media de la madrugada, más cerca de lo que he estado nunca de otro ser humano, y por una vez no calculo qué hacer con esa cercanía.

La dejo estar. Descubro que dejarla estar, sin gestionarla, sin ponerle condiciones, sin buscarle la salida, es lo más valiente que he hecho en cinco años, y lo más fácil.

En algún momento me coge la mano, como se la cogí yo la noche de Gangxi, cerrándome los dedos alrededor de los suyos.

No decimos las tres palabras. Podríamos.

Están ahí, a un centímetro, tan dichas ya de todas las otras maneras que pronunciarlas casi sobra, y no las decimos, no por miedo —el miedo ya lo hemos puesto sobre la mesa—, sino porque los dos entendemos, sin hablarlo, que decirlas ahora, con la fórmula de todo el mundo, sería rebajar a lenguaje común algo que hemos construido en un idioma privado.

Nos hemos dicho «te quiero» con una habitación abierta, con un vaso de agua, con una historia de Gangxi, con una carpeta de nombres, con una pregunta a las dos de la madrugada sobre si un hombre herido estaba solo.

Las tres palabras, después de todo eso, serían casi una redundancia. Una hermosa. Pero una redundancia.

Nos quedamos así hasta que amanece, sin dormir, sin hablar apenas, con las manos unidas y los dos miedos por fin fuera, respirando el uno al lado del otro esa paz rara que solo llega después de haberlo dicho todo.

Sé que no va a durar. Lo sé con la parte de mí que nunca se apaga: Ji Yuan sigue ahí, herido y más peligroso por estar herido, y a un enemigo como él, que ya ha perdido con la fuerza y con la astucia, solo le queda una jugada, la que Mo Heng lleva noches sin dormir tratando de no nombrar.

Esta paz de las tres y media de la madrugada es el ojo del huracán, no su final.

Lo sé, y por primera vez en la vida esa certeza no me estropea el presente.

Antes, saber que algo bueno iba a acabarse me impedía disfrutarlo mientras duraba; me pasaba la felicidad entera de luto anticipado por ella.

Esta noche no. Esta noche la sé finita y la vivo entera, que quizá sea lo único que de verdad aprendí en cinco años de perderlo todo: que a lo que se va a acabar hay que quererlo más, no menos.

Pero por una vez no me adelanto al dolor.

Por una vez no gasto la calma que tengo preparándome para cuando se acabe.

Me quedo en el ojo del huracán, con su mano en la mía y el amanecer subiendo por los cristales, y elijo, con toda la conciencia de lo que viene, ser feliz las horas que dure la tregua.

Que es, después de todo, lo único que le podemos robar de verdad a gente como Ji Yuan: los ratos que decidimos vivir mientras esperan para quitárnoslos.