CAPÍTULO 37
Ji Yuan aprendió, por fin, la lección que yo le llevaba semanas enseñando: que a mí, de frente, no se me gana.
Así que ha dejado de atacarme a mí. Su último movimiento —porque huele a último, a la jugada del que ya no tiene muchas más— no viene firmado por él, ni siquiera lleva sus huellas a la vista.
Viene de Gu Chengze, el instrumento que creíamos vaciado, que resulta que aún tenía una bala en la recámara y un padrino invisible que se la cargó, y no me apunta a mí.
Me apunta a través de la única cosa por la que sigo siendo vulnerable después de blindarlo todo: Xie Ci.
El movimiento es más listo de lo que Gu Chengze tiene cabeza para diseñar, lo que confirma la mano de Ji Yuan detrás.
Gu Chengze ha reunido un expediente de mis actividades —no todo, pero sí lo suficiente, sacado de vaya usted a saber dónde— y lo ha puesto en las manos exactas para hacer daño: las de Wei Zhengyue.
Wei es un hombre con poder regulatorio de verdad, de ese que no necesita pruebas de tribunal para arruinarte, solo firmas y demoras y licencias que dejan de renovarse.
También es un hombre con deudas que yo tengo documentadas, cosa que Gu no sabe.
Pero eso ahora no importa, porque el expediente ya está en su mesa, y con él, la amenaza: Wei Zhengyue puede, si quiere, convertir mi vida en un infierno administrativo del que ni todo mi dinero me saca limpio.
He recibido cientos de amenazas en veinte años, y casi todas comparten un rasgo: van dirigidas a mí, a lo que tengo, a lo que soy, y contra eso sé defenderme porque llevo la vida entera blindándolo.
Esta es distinta, y por eso me da un miedo que hacía años que no sentía.
No me ataca donde estoy fuerte. Me ataca donde ni siquiera sabía que tenía un flanco hasta hace tres meses.
Antes de Xie Ci, esta jugada no habría funcionado: no había nada por lo que yo aceptara pagar un precio, ninguna persona cuyo dolor me doblegara.
Ji Yuan lo sabe. Ha esperado, con la paciencia de quien me conoce, a que yo me diera a mí mismo el punto débil que veinte años de trabajo me habían quitado, y en cuanto lo he tenido, ha apuntado justo ahí.
Querer a alguien, descubro, es entregarle al enemigo el mapa de tu única herida nueva.
Aquí está lo más perverso de la jugada, lo que me dice que Ji Yuan me ha estudiado hasta el fondo: el expediente no es el ataque.
Es la palanca. Porque a Xie Ci, por los canales adecuados, le ha llegado a la vez un mensaje con forma de oferta y fondo de chantaje: si acepta casarse con Gu Chengze, el expediente sobre mí desaparece de la mesa de Wei Zhengyue, y yo quedo a salvo.
Si no acepta, el expediente sigue su curso, y yo me hundo, despacio, en un pantano regulatorio, y ella lo verá pasar sabiendo que tenía una forma de evitarlo.
La eligen a ella como verdugo y como salvadora a la vez.
La ponen a elegir entre casarse con un hombre al que no quiere o ver arruinarse al hombre al que sí.
Es el dark moment perfecto, y no se resuelve, como se resuelven los malentendidos de las novelas, hablando cinco minutos. Se resuelve pagando un precio.
Mi primer instinto es el de siempre, el que me ha salvado la vida veinte años: la fuerza.
Sé cómo destruir a Wei Zhengyue. Tengo sus deudas documentadas en la habitación cerrada; con una tarde de trabajo lo tendría de rodillas, retirando el expediente y pidiéndome perdón.
Empiezo a hacerlo, de hecho, y a mitad del primer movimiento me paro, porque veo la trampa dentro de la trampa.
Si aplasto a Wei Zhengyue, le doy la razón al expediente: confirmo, delante de la ciudad, que soy el hombre exacto que Gu Chengze dice que soy, uno que resuelve los problemas administrativos haciendo desaparecer a los funcionarios.
Ji Yuan cuenta con eso. Ha diseñado la jugada para que mi propia fuerza, mi mejor herramienta, se vuelva la prueba que me condena.
Por primera vez en mucho tiempo, mi poder no solo no sirve: es lo único que no puedo usar.
Y mientras me quedo ahí, con la fuerza atada por primera vez en la vida, me golpea el miedo de verdad, el que no es táctico: que Xie Ci acepte.
Que decida, sin consultarme, que casarse con Gu Chengze es un precio razonable a cambio de mantenerme a salvo.
Lo pensaría. La conozco: es la clase de mujer que resuelve problemas cargando ella con el coste para que no lo cargue nadie más, la que notó que la seguían y se lo calló para no darme un frente más.
Es capaz de meterse en un matrimonio que la mataría por dentro, en silencio, y presentármelo hecho, como una factura ya pagada, para que yo no pueda impedírselo.
La imagino haciéndolo, sacrificándose por mí con esa elegancia fría suya, y descubro que hay un dolor que ni Ji Yuan sabía que existía en mí: el de que la persona que quieres pague tu rescate con su vida y encima crea que te hace un favor.
Me quedo un rato con esa imagen —Xie Ci casándose con Gu Chengze para salvarme— y la examino como examino todo, buscando por dónde desactivarla, y lo peor es que entiendo la lógica, porque es la mía.
Es justo lo que yo haría en su lugar: cargar con el coste, en silencio, para proteger a la persona que quiero, sin darle voz ni voto porque su voto solo complicaría lo que ya he decidido.
Se lo he hecho a Mo Zhi mil veces, decidir por ella qué peligros corría y cuáles no, convencido de que protegerla era también protegerla de la decisión, y ahora, del otro lado, siendo yo el que sería protegido a la fuerza, entiendo por fin lo que se siente, y no es gratitud: es una impotencia rabiosa, la de que alguien te robe la posibilidad de pelear por ti mismo con la excusa de quererte.
No pienso hacerle eso a Xie Ci. No pienso ser salvado como un paquete.
Voy a verla. No a pedirle que no lo haga —no soy nadie para pedirle nada—, sino a decirle la única cosa que tengo clara: que prefiero hundirme entero, perderlo todo, volver a Gangxi sin nada, antes que salvarme al precio de que ella se case con otro.
Se lo digo así, sin adornos, en cuanto la tengo delante:
—Sé lo que te han ofrecido, y sé que estás pensando aceptarlo. No lo hagas. Que me hundan. He construido esto dos veces; puedo tres. Lo que no puedo reconstruir, si te pierdo por salvarme, es a mí.
Ella me escucha con una calma que no encaja con la situación, y que tardo un segundo en descifrar. No es la calma de quien no ha entendido la gravedad. Es la calma de quien ya ha decidido algo, hace rato, y me está dejando terminar por cortesía.
—No voy a casarme con Gu Chengze —dice, y lo dice sin dramatismo, como quien descarta una opción absurda—.
Ni voy a dejar que te hundan. No son las dos únicas opciones, Mo Heng, aunque Ji Yuan haya diseñado la jugada para que lo parezcan.
Ese es su error, y es el mismo que cometió Gu Chengze la noche que me trajo flores: creer que yo elijo entre las opciones que me ponen delante.
—Se levanta, y en el gesto hay algo que no le había visto, una determinación distinta de la que usa para sobrevivir; esta es para atacar—.
Llevas meses resolviéndome los problemas con tu mundo.
Déjame a mí resolver este con el mío. Confía en mí como yo confié en ti la noche que viste tu peor cara en mi salón y no te pregunté nada.
Aquí está la decisión más difícil de mi vida adulta, más que cualquiera que haya tomado con dinero o con hombres armados: quedarme quieto.
Dejar que se meta ella en la boca del lobo, con Wei Zhengyue y con Gu Chengze y con lo que sea que esté planeando, mientras yo, que sé pelear, que tengo el poder de aplastar a cualquiera de ellos, me quedo fuera, esperando, confiando.
Va contra todo lo que soy. Un hombre como yo protege a la mujer que quiere metiéndose delante del peligro, no dejándola pasar.
Pero empiezo a entender —tarde, a los treinta y cuatro— que hay una forma de protección que es lo contrario de ponerse delante: es apartarse, y confiar en que la persona que quieres es tan capaz como tú, o más, en el terreno que es suyo.
Meterme delante de Xie Ci en su propio mundo no sería protegerla.
Sería insultarla. Sería decirle que su fuerza no me vale, cuando su fuerza acaba de salvarme la guerra.
Hay una vanidad escondida en la costumbre de proteger, y esta noche la veo por primera vez.
El que siempre protege se cuenta a sí mismo que lo hace por amor, y en parte es verdad; pero hay otra parte, más fea, que lo hace porque proteger es controlar, y controlar es no tener que confiar, y no confiar es la forma más cómoda de no exponerse.
Meterme delante de Xie Ci sería, en el fondo, protegerme a mí: ahorrarme el terror de depender de que ella gane.
Dejarla pasar, en cambio, quedarme fuera de esa sala sin control ninguno, es el acto de confianza más caro que he pagado nunca, porque me obliga a hacer lo que llevo veinte años evitando: poner mi destino en manos de otra persona y no coger el volante.
Lo hago. Me tiembla algo por dentro al hacerlo, y lo hago igual, porque he entendido que el amor que no confía no es amor: es vigilancia con buena prensa.
Así que hago lo que no he hecho nunca: le suelto la mano y la dejo ir a pelear una batalla que es mía, sabiendo que no puedo ayudarla, que no debo, que la mejor forma de estar de su lado esta vez es no estorbar.
Me quedo en el pasillo cuando ella convoca su reunión, fuera de la sala, sin saber qué va a pasar dentro, con la sensación insoportable y nueva de no controlar nada.
Es la primera vez en veinte años que dependo por completo de otra persona para salir de un problema mío, y descubro que depender, que siempre creí que era la mayor debilidad, cuando es de la persona correcta se parece bastante a la fe.
No sé qué va a hacer Xie Ci ahí dentro. Sé que sea lo que sea, va a ser mejor que lo que habría hecho yo, y que Gu Chengze, que la ha subestimado por segunda vez, está a punto de descubrir lo que descubre todo el que la subestima: que era la persona más peligrosa de la sala, y nadie lo vio venir.