CAPÍTULO 34
Un almacén en Gangxi, Canglan
Yo no me equivoco de sitio. Es, si tuviera que resumir en una frase quién soy, la frase: Mo Zhi no se equivoca de sitio, ni de hora, ni de persona.
Mi hermano manda la ciudad con la fuerza y el nombre; yo la manejo con la precisión, que es más silenciosa y llega más lejos.
Estos días, mientras Heng libra su guerra ruidosa contra Ji Yuan en los muelles, yo libro la mía en los márgenes: en los almacenes, en los libros de cuentas, en los sitios donde un error de otro se convierte en una ventaja mía.
Esta noche estoy en uno de esos almacenes, revisando a solas unos registros que un hombre de Ji Yuan creyó bien escondidos, cuando la puerta se abre y entra alguien que no debería existir.
No es uno de los míos. No es uno de los de Ji Yuan.
No es, y esto lo determino en el primer segundo, porque determinar amenazas en un segundo es lo que hago, ninguna de las categorías que conozco.
Es un hombre de unos treinta y tantos, con gafas, con un abrigo bueno pero descuidado, con las manos manchadas de algo que tardo en identificar y que resulta ser tinta, no sangre.
Trae un papel en la mano y la cara de quien busca una dirección.
Entra en un almacén lleno de las cosas que Ji Yuan esconde, en plena noche, en el barrio más peligroso de Canglan, con la tranquilidad de quien entra en una biblioteca; y lo más raro de todo, lo que me hace no hacer aún lo que haría con cualquier otro intruso, es que, al verme, no se asusta.
Todo el mundo se asusta al verme. No porque yo haga nada: no hace falta.
Hay una manera de estar quieta, de mirar, de no rellenar el silencio, que la gente lee bien aunque no sepa por qué, y que le dice a su parte más antigua que está en peligro.
Los hombres de Ji Yuan, curtidos, armados, se ponen tensos cuando entro en una sala.
Este hombre de las gafas y la tinta me mira como se mira a una persona que uno se ha encontrado en un pasillo: con una cortesía leve, una disculpa incipiente por la molestia, y cero, ni un gramo, de la alarma que a estas alturas de mi vida doy por descontada.
No es valentía. La valentía es vencer el miedo, y para vencerlo hay que tenerlo.
Esto es otra cosa. Es un hombre que, sin más, no tiene el marco mental para entender que debería estar aterrado.
Me interesa, y el interés me interesa a mí, porque hace mucho que nada me interesa que no sea útil.
Llevo años dividiendo a las personas en dos grupos, igual que mi hermano: las que son un problema y las que son una herramienta.
Este hombre no encaja en ninguno. No es un problema —no tiene la menor intención de dañarme, ni la capacidad—; y no es una herramienta —no se me ocurre para qué podría usarlo, salvo para encontrar libros raros, que no es una necesidad que yo tenga—.
Es una tercera cosa, una categoría que creía haber jubilado a los nueve años, cuando dejé de tener tiempo para ella: una persona interesante por sí misma, al margen de su utilidad.
No sabía que todavía tuviera sitio en mi cabeza para esa categoría.
Descubrir que sí, en un almacén, en plena guerra, me molesta casi tanto como me fascina.
—Se ha equivocado de sitio —le digo. No es una advertencia ni una amenaza. Es un dato, ofrecido con la sequedad con que ofrezco todos los datos, y en él va implícita la única cortesía que puedo permitirme: la de darle la oportunidad de irse antes de que esto se complique.
Él mira alrededor una vez, sin prisa, registrando el almacén, las cajas, los registros abiertos sobre la mesa, yo de pie en medio de todo ello, y en lugar de retroceder, ladea la cabeza, pensativo, como si mi frase fuera un problema intelectual interesante y no una salida de emergencia.
—Es posible —dice—. El libro tampoco estaba donde esperaba. La imprecisión parece ser el tema del día.
Aquí pasa algo que no me pasa. Tardo un segundo de más en responder.
Un segundo. Para cualquier otra persona, nada; para mí, una eternidad, porque yo no tardo.
Yo tengo la respuesta lista antes de que el otro termine la frase; es parte de lo que soy, parte de por qué la gente me teme: la sensación de que ya he calculado todas las salidas antes de que tú sepas que hay una conversación; y este hombre, con una sola frase —«la imprecisión parece ser el tema del día»—, dicha sin ironía defensiva, sin coquetería, sin ninguna intención de agradarme, solo por el placer evidente de decir algo cierto y bien construido, me ha hecho, por primera vez en años, buscar la respuesta en vez de tenerla.
Recupero el control enseguida, porque recuperar el control es también lo que hago.
—El librero al que busca no trabaja aquí —le digo, deduciendo el resto de su historia por el papel que trae y las manos manchadas—.
Le habrá dado una dirección vieja, o falsa, casi seguro porque le debe algo y no piensa pagárselo.
Este almacén es de otra gente. Gente con la que usted no quiere el tipo de conversación que tendría si se quedara diez minutos más.
—Entiendo. —Asiente, guardándose el papel, sin dejar de mirarme con esa curiosidad tranquila que empieza a resultarme, y esto sí que no me pasa nunca, incómoda—. ¿Y usted es esa otra gente, o es alguien que también se ha equivocado de sitio esta noche?
Nadie me ha hecho nunca esa pregunta. Nadie se ha atrevido, porque para hacerla hay que no tenerme miedo, y no tenerme miedo es, en mi experiencia, un síntoma de no haber entendido la situación.
Este hombre la ha entendido bien —lo veo en cómo ha catalogado el almacén— y aun así no me teme.
Sin más, ha decidido que soy más interesante que peligrosa, lo cual es un error de juicio, y el primero que le perdono a alguien en mucho tiempo.
—Soy la clase de persona —le digo, eligiendo cada palabra, que con él, por algún motivo, me nace elegirlas— a la que es mejor no volver a encontrarse. Considérelo el consejo más valioso que va a recibir gratis este año.
—Lo tendré en cuenta —dice, y por su tono sé que no lo va a tener en cuenta, que es la primera vez que oigo esa frase, la de mi propio hermano, dicha por alguien que de verdad no piensa cumplirla, no por desafío, sino porque el peligro, para él, es una abstracción que no consigue creerse—.
Aunque, en mi experiencia, las personas a las que es mejor no volver a encontrarse son casi siempre las únicas que merece la pena haber encontrado una vez.
No le contesto. No porque no tenga respuesta —vuelvo a tenerla, ya me he recuperado—, sino porque la respuesta que tengo no me gusta, y una mujer que se define por no decir nunca lo que no le conviene aprende pronto a callar cuando la única salida sincera sería peligrosa.
Lo dejo ir, que es lo más raro de la noche.
Debería, por protocolo, asegurarme de que un desconocido que ha visto registros comprometidos de Ji Yuan no se los cuente a nadie.
Hay maneras de asegurarse. Las conozco todas.
En vez de aplicar ninguna, lo acompaño a la puerta, le indico la dirección correcta del librero tramposo, y me sorprendo a mí misma calculando —esto es lo peor— que un hombre que confunde un almacén criminal con una librería y sale ileso por pura falta de miedo no le va a contar a nadie lo que ha visto, porque ni siquiera ha entendido que ha visto algo que no debía.
La inocencia, descubro, es la mejor coartada que existe, y este hombre es, en el sentido más literal y menos ingenuo, un inocente: alguien que va por el mundo peligroso sin saber que es peligroso, protegido por su propia incapacidad de concebir la amenaza.
Antes de irse, en el umbral, se vuelve.
—Pei Yan —dice, ofreciéndome el nombre como quien cierra una presentación cortés que la situación no ha pedido—.
Por si algún día necesita un libro difícil de encontrar.
Se me da bien encontrar cosas que están donde no deberían.
—Una pausa mínima, la primera vacilación que le veo—.
Aunque, a la vista de esta noche, quizá no tan bien como creía.
Se va, y yo me quedo en el almacén, entre los registros de Ji Yuan, con una información nueva que no sé dónde archivar porque no encaja en ninguna de mis categorías: hay un hombre en Canglan que se llama Pei Yan, que busca libros raros, que entra en la boca del lobo sin verla, y que me ha mirado, durante cinco minutos, no como se mira a una amenaza ni a una mujer, sino como se mira a un buen enigma.
No sé qué hacer con esa información. Por primera vez en mi vida, guardo un dato no porque me sea útil, sino porque no soporto la idea de tirarlo.
Repito el nombre en mi cabeza una vez, para archivarlo, y descubro que se me queda con una facilidad que no es normal en mí.
Yo archivo cientos de nombres; lo hago con el desapego de quien guarda expedientes.
Este se queda distinto, con una textura que no sé clasificar, ocupando en mi memoria un cajón que no existía hasta esta noche.
Pei Yan. Un erudito que busca libros perdidos y encuentra, sin saberlo, la boca de un lobo.
Debería preocuparme por él, si fuera de las que se preocupan.
Me limito a esperar, con una certeza fría que no me molesto en examinar, que sea lo bastante listo para no volver a equivocarse de sitio, y lo bastante afortunado para que, si se equivoca, quien lo encuentre sea yo otra vez y no otro.
Vuelvo a lo mío. Los registros de Ji Yuan me esperan, y lo que saque de ellos esta noche puede decidir la guerra de mi hermano, que es lo único que de verdad importa ahora.
Me obligo a concentrarme. Casi lo consigo.
Solo una parte pequeña de mi cabeza, una que no sabía que tenía, se queda un rato más en el umbral por el que ha salido un hombre con tinta en las manos que no me tuvo miedo.
La aparto. No tengo tiempo para enigmas: mi hermano está en guerra, la ciudad arde, y una mujer como yo no puede permitirse el lujo de que le intrigue un desconocido en mitad de una batalla.
Lo archivo, a Pei Yan, en la carpeta de las cosas a las que volveré cuando esto acabe, y sigo, sin saber todavía —cómo iba a saberlo— que hay carpetas que uno abre creyendo que las cierra.