CAPÍTULO 33
Puerto de Gangxi, Canglan.
Ji Yuan dejó de jugar fino un jueves a las seis de la mañana.
No fue un golpe: fueron tres, a la vez, coordinados con una precisión que reconozco porque es la mía.
Mi terminal del muelle este amanece bloqueada por una inspección que no es una inspección.
Mi almacén central pierde de golpe a dos de sus tres transportistas, que reciben la misma mañana ofertas imposibles de rechazar.
Mi línea de suministro del sur se encuentra las rutas cortadas por un problema aduanero que ha brotado de la nada.
Tres instalaciones, tres frentes, la misma hora.
Caro, profesional y —esto es lo que me quita el sueño desde el primer minuto— diseñado con cuidado para doblegarme, no para destruirme.
Ji Yuan no quiere mis ruinas. Quiere mi rendición.
Paso tres días sin dormir. No es una manera de hablar: son tres días y sus noches en el puerto, en Casa Mò, al teléfono, moviendo dinero, comprando de vuelta lealtades, abriendo rutas nuevas más rápido de lo que Ji Yuan puede cerrarlas.
Es la clase de guerra que sé pelear, la de mi mundo, y la peleo bien, pero Ji Yuan la ha diseñado para agotarme: cada fuego que apago, se enciende otro; cada ruta que abro, aparece un obstáculo nuevo; cada lealtad que recompro, otra tiembla.
No busca derrotarme en una batalla: busca desgastarme en cien pequeñas, hasta que un hombre cansado cometa el error que un hombre descansado no cometería, y yo, al tercer día, sin dormir, empiezo a ser un hombre cansado.
Hay una diferencia entre la guerra que Ji Yuan me hace ahora y todo lo anterior, y la diferencia es que esta la entiendo demasiado bien, porque es la mía.
Reconozco cada movimiento porque es el que yo haría en su lugar; anticipo cada golpe porque sale del mismo manual que escribí yo peleando por sobrevivir en Gangxi.
Es agotador pelear contra alguien que piensa como tú: no hay sorpresa que aprovechar, no hay error del enemigo que esperar, porque comete los mismos que cometerías tú y evita los mismos que evitarías.
Durante veinte años, ser el más listo de la sala fue mi ventaja.
Contra Ji Yuan no lo es, porque él es igual de listo, salió del mismo sitio, aprendió del mismo hambre.
La única forma de ganarle a un espejo es dejar de ser solo un hombre frente a él: ser algo que el espejo no puede reflejar porque no lo tiene.
Entonces, la tarde del tercer día, cuando llevo dieciocho horas sin salir del despacho del puerto y he dejado de fiarme de mi propia cabeza, Xie Ci aparece por la puerta.
No la he llamado. No le he pedido nada; al contrario, estos tres días he hecho lo posible por mantenerla al margen, por que la guerra no la salpicara, por protegerla de un mundo que no es el suyo, y aquí está, en mi mundo, en el puerto, en el corazón de Gangxi, con un abrigo que no es para estos sitios y una carpeta bajo el brazo, mirándome con esa calma suya que a estas alturas sé leer: la calma del que trae algo y sabe que es bueno.
—Sé que no me lo has pedido —dice, dejando la carpeta sobre mi mesa entre los planos del puerto—, y sé que has intentado que no me entere de nada, lo cual, dicho sea de paso, es un poco insultante.
Llevas tres días peleando la guerra de Ji Yuan en tu campo.
Se me ha ocurrido que a lo mejor no toda la guerra se pelea en tu campo.
Abro la carpeta, y lo que veo me despierta de golpe los tres días de sueño atrasado.
No son planos de puerto ni contratos de transporte.
Es otra cosa: movimientos de fondos rastreados a través de tres sociedades de la gente de Ji Yuan, cruzados con nombres que yo no tengo y ella sí, porque son maridos y primos y cuñados de las mujeres con las que ella toma el té.
Rutas alternativas que ni se me habían ocurrido porque pasan por favores de salón, no por contratos.
Nombres de los intermediarios que Ji Yuan está usando para cortarme el suministro, con una nota al lado de cada uno: a quién le debe qué, dónde es vulnerable, por dónde se le aprieta.
Me quedo mirando esa carpeta como quien mira, después de días de oscuridad, una linterna.
Todo lo que hay aquí es información que mi aparato entero de inteligencia —el mejor que se puede comprar— no ha conseguido reunir en tres días, y que ella ha juntado en el mismo tiempo desde el otro lado de la ciudad, desde los salones, con té y con conversación, tirando de una red que yo no tengo y que no se compra con dinero.
Yo llevo tres días peleando la guerra de Ji Yuan por la fuerza, muelle a muelle.
Ella la ha peleado por la información, salón a salón, y la información que trae vale, en este momento, más que todos mis muelles: con estos nombres puedo dejar de apagar fuegos y empezar a cerrarle a Ji Yuan las llaves de paso, una a una, desde dentro.
Trabajamos juntos toda la noche, y es la primera vez.
No juntos como antes —yo resolviendo lo mío, ella lo suyo, cada uno cubriendo al otro en silencio desde su trinchera—.
Juntos de verdad, en la misma mesa, sobre los mismos planos, cruzando lo que ella sabe con lo que yo puedo hacer.
Ella señala un nombre; yo sé a quién llamar para neutralizarlo.
Yo marco una ruta imposible; ella conoce a la persona que la haría posible con un favor.
Su cabeza y la mía, encajando pieza con pieza, resultan ser una máquina que ni Ji Yuan, con todo su parecido conmigo, tiene, porque Ji Yuan pelea solo, como peleé yo veinte años, y un hombre solo, por bueno que sea, no le gana a dos que piensan como uno.
Al amanecer del cuarto día, por primera vez desde el jueves, la guerra se ha dado la vuelta.
En algún momento de esa noche, con ella inclinada sobre un plano del puerto, despeinada, sin rastro de la señorita de Yunlu, discutiendo conmigo la mejor forma de asfixiar a un intermediario, me quedo un segundo mirándola en vez de trabajar, y pienso una cosa que no había pensado nunca de nadie: que no la quiero a mi lado para protegerla.
La quiero a mi lado porque me hace más fuerte.
Toda mi vida he asociado tener a alguien cerca con tener un flanco que cubrir, un peso que cargar, una debilidad.
Ella es lo contrario. Ella no es un flanco: es un ala.
Con ella no soy un hombre con un punto débil.
Soy un hombre con el doble de alcance, y esa idea, que a un lobo solitario de veinte años de oficio debería aterrarlo, esta madrugada, en el puerto, mientras le ganamos a Ji Yuan la partida que él creía ganada, me llena de algo que tardo en reconocer porque hace mucho que no lo siento: no es alivio, no es deseo, no es siquiera amor, o no solo.
Es orgullo. Estoy orgulloso de ella, y de nosotros, y de esto que somos y que no sé nombrar.
Lo que descubro esa noche, cruzando su información con mi fuerza, es que Ji Yuan y yo llevábamos veinte años jugando al mismo juego con las mismas piezas, y que por eso ninguno de los dos había ganado nunca del todo: éramos demasiado iguales.
Xie Ci cambia el juego, no porque juegue mejor que ninguno de los dos, sino porque juega otro.
Trae piezas que no están en nuestro tablero: los tés, los favores de salón, la red de mujeres que en Yunlu lo saben todo y a las que ningún hombre poderoso escucha porque las cree decorativas.
Ji Yuan nunca ha mirado ese tablero. Yo tampoco lo habría mirado hace un año, y resulta que en ese tablero que los dos despreciábamos estaba la mitad de la información que decide esta guerra.
Ji Yuan pelea con un ojo. Yo, desde esta noche, peleo con dos.
Al final de esa noche interminable, con la carpeta de Xie Ci vaciada de utilidad porque ya hemos usado cada nombre que contenía, Ji Yuan ha perdido la iniciativa.
Sus tres golpes coordinados, que debían doblegarme en una semana, se están deshaciendo en cuatro días, no porque yo tuviera más fuerza, sino porque tuve algo que él no calculó: una segunda cabeza que veía el tablero desde un ángulo que a él, encerrado en su rencor de siempre, ni se le ocurre mirar.
He ganado esta ronda. Lo sé, y lo sabe Ji Yuan, dondequiera que esté esta madrugada rehaciendo sus cuentas.
Pero no me engaño con lo que significa: no significa que la guerra esté ganada.
Significa que Ji Yuan acaba de aprender, por las malas, que atacarme a mí es ahora atacar a dos, y que un enemigo que descubre eso, y que ya ha probado la fuerza y ha perdido, solo tiene un sitio adonde ir después.
Le hago llegar a Ji Yuan, esa mañana, un solo mensaje, por el canal que sé que escucha: la devolución de uno de sus intermediarios, intacto, con una nota de mi puño que dice tres palabras, las únicas que él necesita para entender que ha perdido esta ronda y cómo.
«Ya no juego solo». No firmo. No hace falta.
Ji Yuan sabrá leerla, porque él y yo llevamos veinte años leyéndonos, y sabrá, además, lo que esa frase le quita: la última ventaja que creía tener sobre mí, la de ser dos —él y su rencor— contra un hombre solo.
Ya no soy un hombre solo, y a un hombre que dejó de estar solo no se le gana con las armas que funcionan contra la soledad.
La miro dormir, por fin, al amanecer, con la cabeza sobre los planos del puerto y un bolígrafo todavía en la mano, rendida después de cuatro días que no eran suyos y en los que se ha metido igual, sin que nadie se lo pidiera, porque mi guerra ya es la suya, y por primera vez desde el jueves siento miedo de verdad, y no por mis muelles.
Ji Yuan ha atacado mis cosas y ha perdido.
Ha atacado la reputación de Xie Ci y ha perdido.
Ha probado meter a un hombre en su casa y ha perdido.
Un enemigo inteligente al que se le agotan las jugadas limpias no se rinde: elige la sucia, y en la lista de cosas que Ji Yuan aún no ha tocado, la única que le queda, la que llevo cuatro noches sin dormir tratando de no imaginar, es la que ahora mismo duerme sobre mis planos, indefensa, confiada, con tinta en los dedos.
La que le he enseñado, sin querer, a valorar tanto como yo.