CAPÍTULO 26
No sé de qué hablar con alguien cuando no quiero nada de esa persona.
Es un problema que no había tenido nunca, porque nunca había estado con nadie sin querer algo: información, dinero, silencio, ventaja.
Toda conversación mía, durante veinte años, ha tenido un orden del día, aunque el otro no lo viera; y esta noche, en mi casa sobre el puerto, con Xie Ci sentada en mi sofá sin ningún trato entre los dos, sin deuda, sin lección, sin excusa, descubro que no tengo agenda para ella.
Sin agenda estoy, por primera vez en la vida adulta, sin guion.
Lo raro es que el silencio no molesta. Con cualquier otra persona, un silencio es una negociación que se me está escapando, un vacío que hay que llenar antes de que lo llene el otro.
Con ella, el silencio es un sitio donde estar.
Está en mi casa de verdad, la de sobre el puerto, no el piso de recibir: la de los libros anotados con rabia, la de la receta de mi madre pegada con celo en la cocina, la de la habitación cerrada al final del pasillo.
La he dejado entrar en el único lugar del mundo que es mío del todo, y en lugar de sentirme expuesto, que es lo que llevo temiendo veinte años, me siento —busco la palabra y me cuesta encontrarla porque hace mucho que no la uso— acompañado.
Nunca había traído a nadie aquí. A esta casa no, a la de verdad.
A las mujeres de antes —pocas, y siempre con el contrato tácito de que aquello no era nada— las recibía en el piso de arriba, el de las líneas rectas y los cuadros comprados por metro, el que sirve para impresionar y no dice nada de mí porque no hay nada mío en él.
Aquí no traigo a nadie porque aquí está todo: los libros que subrayo cuando algo me enfada, la letra de mi madre en una receta que no sé cocinar y guardo igual, el desorden concreto de un hombre que en público no se permite ni una arruga.
Traer a Xie Ci aquí ha sido la decisión más arriesgada de mi vida, más que cualquier negocio, y la he tomado sin darme cuenta de que la tomaba, que es como se toman, descubro, las decisiones que de verdad importan.
Entonces hago algo que no había planeado, que no me había pasado con nadie: hablo de Gangxi.
Sin que me lo pregunte. Estamos callados, ella mira por el ventanal las grúas del puerto encendidas en la noche, y de pronto me oigo decir que de crío esas grúas eran lo primero que veía al despertar, porque dormía donde no había techo que las tapara.
No es mucho. Es una frase. Pero en veinte años no le he dicho esa frase a nadie, ni a Mo Zhi, con quien no hace falta decirla porque la vivió conmigo.
Es la primera vez que abro, aunque sea un dedo, la puerta de dónde vengo, y lo hago sin que nadie me obligue, en voz baja, mirando las mismas grúas de entonces desde el otro lado del cristal, desde el lado caro.
Espero, por costumbre, la reacción que provocan estas cosas: la lástima, la curiosidad mal disimulada, el «no lo sabía, cuánto lo siento» que convierte tu vida en una historia triste para consumo ajeno.
Xie Ci no hace nada de eso. No me mira con pena.
No aprovecha para preguntar más, para sacarme el resto, para coleccionar mi herida como quien guarda una confidencia con la que negociar luego.
Tampoco lo despacha con una ironía, que es su escudo de siempre, el que usa cuando algo se acerca demasiado.
Deja la frase donde la he puesto, con el respeto con que se deja una cosa frágil en el sitio exacto en que su dueño la dejó, y dice, sin ironía, sin escudo, con una voz que no le había oído: «Gracias por contármelo».
Nada más, y es justo lo que había que decir.
Es lo que necesitaba y no sabía nombrar: que alguien recibiera un trozo de mi verdad sin convertirlo en otra cosa.
Toda mi vida, lo poco que he contado de mí se ha vuelto, en manos ajenas, o un arma o una limosna.
La gente que sabe de dónde vengo, o me teme más por ello, o me compadece, y las dos reacciones me dan la misma náusea, porque las dos me reducen: a un peligro o a una víctima.
Xie Ci no me reduce a nada. Coge la frase de las grúas, la sostiene un momento, la devuelve intacta y me deja seguir siendo, delante de ella, un hombre entero y no un expediente.
No sabía que se podía contar algo verdadero y salir de contarlo más grande, no más pequeño. Con ella, por lo visto, se puede.
Hablamos así un buen rato, de cosas que ninguno de los dos habría puesto en el orden del día de una conversación planeada.
Le cuento —poco, a cuentagotas, lo que puedo— que hubo un tiempo en que tener frío era el problema más urgente de mi día.
Ella me cuenta —también poco, también a su manera— que la noche de la galería, hace cinco años, cuando la humillaron delante de media ciudad, lo que peor llevó no fue la humillación, sino descubrir cuánta gente que la quería miró hacia otro lado.
Nos vamos pasando trozos de lo que somos por debajo de lo que enseñamos, con cuidado, sin exigirnos nada a cambio, y en algún momento me doy cuenta de que esta —esta conversación sin agenda, sin ventaja, sin cálculo— es la primera conversación de verdad que tengo en mi vida adulta, y que la estoy teniendo con la única persona ante la que no me molesta no llevar ventaja.
En algún punto de la noche, la conversación se acaba porque ya no hacen falta las palabras, y lo que queda entre los dos, con las grúas encendidas al otro lado del cristal, es una cosa que llevamos meses aplazando con excusas y que esta noche ya no tiene ninguna excusa detrás que la frene.
Me levanto. Ella se levanta. No hay pasillo esta vez, no hay padre que vaya a llegar, no hay deuda que nos dé un pretexto para llamarlo otra cosa.
Solo estamos ella y yo, sin trato y sin coartada, y cuando la beso ahora no es un dique que cede: es una decisión, tomada despacio, con los ojos abiertos, la primera que tomo en la vida sin calcular antes qué me va a costar.
Me paro un segundo antes, con su cara entre las manos, porque quiero hacer una cosa que no he hecho nunca: mirarla y estar seguro de que ella me mira a mí y no a lo que represento.
Media Canglan me ha deseado alguna vez, no me engaño; el poder es el afrodisíaco más barato que hay, y yo tengo mucho.
Pero eso no es desear a un hombre, es desear su sombra.
Lo que veo en los ojos de Xie Ci, en la penumbra de mi casa de verdad, no es a la bestia del puerto ni al rey sin corona ni a ninguno de los personajes que la ciudad me ha colgado.
Es a mí, a secas, al de las grúas, y que me desee ese —el de debajo de todo— es la primera vez que el deseo de alguien no me sabe a transacción.
La llevo del salón al resto de la casa sin dejar de besarla, y cada paso es una frontera más que cruzamos sin decirla.
No hay prisa. Por primera vez en mi vida no hay prisa en nada: ni en ganar, ni en cobrar, ni en irme antes de que me necesiten demasiado.
Le aparto el pelo, le busco la boca, el cuello, la clavícula, y ella me responde con la misma hambre lenta, deshaciéndome la camisa como quien desarma con cuidado algo que lleva mucho tiempo cerrado con llave.
La última luz que apago es la del salón, y con ella se apaga también la parte de mí que llevaba veinte años vigilando la puerta, porque esta noche, por una vez, no me importa quién entre. Solo me importa quién ya está dentro.
Después, en la oscuridad, con ella dormida contra mi costado y el puerto respirando abajo, me quedo despierto, que es lo mío, pero por primera vez despierto sin vigilar nada.
Pienso en el hombre que era hace tres meses, el que no habría dejado dormir a nadie en su casa de verdad, el que medía cada intimidad por lo que podían usar contra él después.
Ese hombre habría llamado a esto una imprudencia.
Un flanco abierto. Un error de manual, y tendría razón en los hechos, como siempre tiene razón Mo Zhi en los hechos.
Pero los hechos, esta noche, me dan igual, porque hay una verdad que los hechos no saben medir y que descubro con la respiración de ella en mi pecho: que un hombre puede pasarse la vida entera a salvo y no haber estado, ni un solo día, vivo.
Me pregunto si Mo Zhi tendría razón también en esto, si un día pagaré caro haber bajado la guardia esta noche.
Es posible. En mi mundo casi todo se paga, y las cosas buenas se pagan más caras que las malas, porque duelen más al perderse.
Pero por primera vez hago una cuenta y no me sale la respuesta cobarde.
Si el precio de una sola noche como esta es un flanco, que me lo cobren.
Llevo veinte años sin flancos y sin noches como esta, y he vivido, ahora lo sé, la mitad que un hombre que tuviera las dos cosas y menos años por delante.
Prefiero deber una noche a no haberla tenido.
Es la primera vez en mi vida que elijo así, contra el cálculo, y no pienso disculparme por ello ni ante Mo Zhi ni ante mí.
No le he dicho que la quiero. No sé si sé decirlo; la palabra no estaba en la casa donde crecí, y las palabras que no se aprenden de niño se dicen luego con acento, con torpeza, tarde.
Pero esta noche le he contado lo de las grúas, que en mi idioma es lo mismo, o más.
A un desconocido le dices «te quiero» con facilidad, porque no cuesta nada.
A la persona que de verdad te importa le enseñas de dónde vienes, que es la única cosa que no se puede fingir.
Le he abierto la puerta de Gangxi un dedo, y mañana, quizá, la abra un poco más, y algún día entera.
No hay trato que me obligue a hacerlo. No hay pretexto.
Lo hago porque quiero, que es la razón más nueva y más aterradora que he tenido nunca para hacer nada.