CAPÍTULO 25
El trato termina un martes, sin ceremonia, como terminan las cosas que solo existían en un papel.
La última cuota figurada se salda, el aval cruzado se deshace, y de un día para otro los Xie dejamos de deberle nada a Mo Heng y Mo Heng deja de tener ninguna razón, ninguna, para volver a llamar a esta puerta.
Lo habíamos pactado así al principio, cuando yo todavía creía que sabía lo que hacía: tres semanas, un intercambio limpio, y cada uno a su vida.
Cumplo los pactos. Es lo único que me queda del edificio de mujer sensata que fui antes de un pasillo.
Así que, cuando llega el martes, hago lo que toca: me despido.
Es raro deberle la libertad a la misma persona que te la quitó.
Durante tres meses, la deuda con Mo Heng ha sido el peso que me sacaba de la cama, la humillación que me obligaba a sentarme frente a él, el motivo de todo lo que ha pasado entre nosotros, incluido lo que no debería haber pasado; y ahora que la deuda ya no existe, en lugar de sentirme ligera, me siento a la deriva, porque resulta que aquel peso me sujetaba a algo, y ese algo, sin darme cuenta, había dejado de ser una condena para convertirse en la única parte de mi vida que me importaba de verdad.
La libertad, cuando llega a destiempo, no se parece nada a la libertad: se parece a quedarse sin sitio.
La despedida es de una elegancia insoportable.
Ninguno de los dos menciona el pasillo, ni el beso, ni la habitación cerrada, ni el whisky a las tres de la madrugada.
Nos comportamos como dos socios que cierran un negocio satisfactorio: un apretón de manos que dura medio segundo más de lo que debería, un «ha sido un placer» que ninguno se cree, y la puerta.
Lo hacemos bien. Lo hacemos tan bien que casi cuela.
Me digo, mientras lo veo bajar la escalera por última vez, que esto es lo correcto, que él tiene razón en irse, que un hombre con enemigos que ya saben mi nombre está mejor lejos de mí, y que yo, que me pasé tres años a salvo, sé volver a estarlo.
Me lo digo con la misma seguridad con la que se dicen las mentiras que uno más necesita creerse.
Lo peor de despedirse bien de alguien es que te obliga a fingir que sabes vivir sin esa persona, y a veces la actuación es tan convincente que engañas hasta a tu propio cuerpo durante unas horas.
Vuelvo a mi agenda de antes: los tés, los compromisos, la administración minuciosa de una vida en decadencia elegante.
Sonrío donde toca sonreír. Contesto donde toca contestar; y por dentro, mientras hago todo eso con la competencia de siempre, hay una parte de mí que sigue en un pasillo, a las once y media de una noche de enero, con la boca de un hombre sobre la mía y el mundo entero, por una vez, en silencio.
La despido a esa parte también. Le digo que fue bonito y que ya pasó.
Ella no me hace ningún caso, que es lo que tienen las partes de uno que saben la verdad.
Duro cuarenta y ocho horas.
No es que cuente las horas a propósito; es que las noto pasar, una a una, con una nitidez que no había tenido nunca por nadie.
El primer día me digo que es el desajuste normal de dejar una costumbre, como cuando se deja el azúcar y el café sabe raro una semana.
El segundo día dejo de mentirme. La casa está igual que hace tres meses, antes de todo esto, y esa es justo la tragedia: está idéntica, y a mí me resulta insoportable, porque he descubierto, tarde y a la fuerza, que la vida a salvo que tanto defiendo tiene un defecto del que nadie me avisó: es silenciosa de una manera que antes llamaba paz y ahora no sé cómo llamar.
He pasado por rupturas antes. Sé cómo funcionan: duelen una semana, escuecen un mes, y un día te descubres pensando en otra cosa y entiendes que ya está, que el cuerpo ha hecho su trabajo de olvidar sin pedirte permiso.
Cuento con eso. Me digo que esto será igual, solo que más rápido, porque ni siquiera ha sido una relación de verdad, sino un trato con unos cuantos accidentes por el medio.
Es un buen razonamiento. Tiene un solo fallo, y el fallo es que a las cuarenta y ocho horas, en vez de empezar a escocer menos, escuece más, y yo, que llevo toda la vida fiándome de mis razonamientos, descubro que hay una cosa en mí que no atiende a razones y que lleva dos días diciéndome, en voz cada vez más alta, que me he equivocado de despedida.
La segunda noche, a las once menos cuarto, me sorprendo con el móvil en la mano y su nombre en la pantalla, a un dedo de escribirle cualquier excusa —una pregunta tonta, un dato inventado, lo que fuera con tal de tener una razón para volver a hablarle—.
No lo hago. No por orgullo, que a estas alturas el orgullo se me ha gastado, sino porque escribirle una excusa sería mancharlo.
Lo que hay entre nosotros, sea lo que sea, no se merece empezar de nuevo con una mentira de las de salón.
Si vuelve a haber algo, tiene que ser sin coartada, o no lo quiero.
Dejo el móvil. Me sirvo un té que no me apetece, y a las once en punto, cuando estoy convenciéndome de que voy a sobrevivir a esto como he sobrevivido a todo, llaman a la puerta.
Sé que es él antes de que nadie abra. Lo sé como se saben las cosas del cuerpo, sin pasar por la cabeza: la hora, el tipo de llamada —dos golpes, firmes, sin prisa, la de un hombre que no duda de que le van a abrir—, la manera en que se me adelanta el pulso.
Bajo las escaleras despacio, descalza, con el corazón haciendo un ruido que espero que no se oiga en toda la casa, y llego al recibidor justo cuando mi padre, que estaba más cerca, ya ha abierto la puerta.
Ahí está. Mo Heng, en el umbral, a las once de la noche de un jueves, sin abrigo de negocios, sin carpeta, sin la excusa de una reunión cercana ni de un papel que firmar ni de una deuda que cobrar.
Sin nada. Ha venido con las manos vacías, que en un hombre que nunca hace un movimiento sin una razón medida es la cosa más elocuente que podría traer.
No dice para qué viene. No hace falta. Un hombre como Mo Heng, que en veinte años no ha dado un solo paso sin justificación, plantado en mi puerta a medianoche sin ninguna, está diciendo, más claro que con cualquier discurso, lo único que no sabe decir con palabras: que ha venido porque no ha podido no venir.
Que las cuarenta y ocho horas también las ha contado él.
Entre los dos, en la puerta que acaba de abrir, está mi padre.
Xie Jingtang nos mira. Me mira a mí, descalza al pie de la escalera con la cara que no sé componer a estas horas.
Lo mira a él, al hombre que compró nuestra ruina y que ahora está en su puerta sin más razón que su hija, y hace algo que no le había visto hacer en toda mi vida: toma una decisión y la sostiene.
No pregunta. No advierte. No suelta ninguna de las frases de padre que llevaría razón en soltar.
Solo dice, con una voz tranquila, la de un hombre que ya tomó todas las decisiones importantes de su vida hace mucho y no piensa tomar ninguna más esta noche:
—Buenas noches.
Se retira.
Ese «buenas noches» es lo más parecido a una bendición que mi padre sabe dar.
En el idioma de Xie Jingtang, un hombre que no ha sabido protegerme de casi nada, esas dos palabras significan: «lo sé, lo veo, no lo entiendo del todo y he decidido no estorbar».
Se va a su estudio sin la botella, por primera vez en meses, y ese detalle —que esta noche no necesita beber para no mirar— me dice que, a su manera torpe, mi padre acaba de darme lo único que puede darme: permiso para elegir mal, si es que esto es elegir mal, sin que él haga de ello una tragedia.
Nos deja solos en el recibidor, a Mo Heng y a mí, con la puerta abierta a la noche de febrero y cuarenta y ocho horas de ausencia deshaciéndose entre los dos.
Se me ocurre, viéndolo alejarse hacia el estudio, que mi padre y yo nos parecemos más de lo que me gusta admitir.
Los dos hemos pasado la vida escondiéndonos de las cosas importantes: él, en una botella y en los papeles que firma sin leer; yo, en una frialdad que llamo elegancia; y los dos, esta noche, hemos hecho por fin lo contrario de escondernos.
Él, al abrir la puerta y quedarse el tiempo justo para bendecir con dos palabras lo que no entiende.
Yo, al bajar descalza a un recibidor en lugar de quedarme arriba fingiendo que no he oído llamar.
Somos dos cobardes que, cada uno a su manera y con veinte años de diferencia, eligen esta noche no serlo, y descubro que el valor, cuando llega tarde, se hereda de padres a hijos como una deuda buena.
No nos decimos nada durante un rato largo.
No hay nada que decir que esté a la altura de que él haya venido sin excusa y de que yo haya bajado descalza a abrirle una puerta que ya había abierto mi padre.
Los dos sabemos lo que significa este momento, y los dos sabemos que no tiene marcha atrás.
Se acabaron los tratos. Se acabaron los pretextos.
A partir de esta puerta, si él entra, no entra un acreedor, ni un socio, ni un profesor de nada: entra un hombre que ha venido a mi casa a medianoche sin más razón que yo, y yo lo dejo entrar por la misma falta de razón exacta.
No es un cálculo: es lo contrario de un cálculo, y por eso, por una vez, me fío.
Me aparto de la puerta. Es lo único que hago, y lo digo todo. Mo Heng cruza el umbral, y en el instante en que lo cruza, sé, con una certeza que hace tres meses me habría aterrado y esta noche solo me da una calma enorme, que acabo de cruzar el punto del que ya no se vuelve.