CAPÍTULO 24
Puerto de Gangxi, Canglan
Después de Lao Ding creí que había cerrado la grieta.
Me equivocaba, y equivocarme dos veces en un mes en lo mismo es la clase de patrón que, en mi oficio, precede a los finales.
Sigue habiendo una fuga. Alguien con acceso a las rutas —no a todas, a las suficientes— le está pasando a Ji Yuan lo que necesita para adelantarse a mis movimientos, y mi seguridad interna, que es buena, la mejor que se puede comprar, lleva dos semanas sin encontrarlo.
El topo sabe esconderse de la gente que busca topos.
Es listo. O tiene a alguien listo detrás, que para el caso es lo mismo y más preocupante.
Un rey se acostumbra a las traiciones; lo que no perdona el oficio es la reincidencia.
Que me vendiera Lao Ding fue una herida.
Que siga habiendo una fuga después de haberlo resuelto es otra cosa: es un mensaje.
Ji Yuan me está diciendo, sin firmar, que puede meter la mano en mi casa cuando quiera, que por cada topo que yo queme él tendrá otro, que la guerra que viene no se gana quemando soldados, sino cortando la mano que los mueve; y esa mano, lo sé, está al este de la ciudad, en un despacho que es el reflejo oscuro del mío, ocupado por el único hombre de Canglan que juega a esto tan bien como yo, porque lo aprendió, hace muchos años, en el mismo sitio que yo.
Paso los días revisando accesos, cruzando quién sabía qué y cuándo, estrechando el círculo hasta que el círculo empieza a incluir a gente en la que no quiero pensar.
Es agotador de una forma nueva. Antes, un problema así lo habría resuelto con paciencia fría, sin que me quitara el sueño.
Ahora todo me quita el sueño, porque ahora todo lo mide otra vara: cada día que Ji Yuan me lleva la delantera es un día en que se acerca a lo único que de verdad puedo perder, y esa urgencia, que es humana y por tanto nueva en mí, me hace peor en mi trabajo justo cuando más necesito ser bueno.
Mo Zhi me lo advirtió. Odio que Mo Zhi tenga razón, y la tiene tan a menudo que vivo, en general, odiándola un poco.
Entonces, un martes, el problema que mi seguridad no ha resuelto en dos semanas se resuelve solo.
O eso parece. Me llega, a través de un intermediario que uso para cosas que no quiero que lleven mi nombre, un dato limpio y completo: el topo es Shao Ziqian.
El sobrino de los Shao, ese apellido en decadencia que se aferra a las apariencias con las uñas.
Veintisiete años, deudas de juego que se le fueron de las manos y —esta es la pieza que lo cierra todo— esas deudas las compró hace dos meses un tercero a través de tres pantallas.
El tercero es Ji Yuan. Shao Ziqian no traiciona por dinero ni por rencor: traiciona porque Ji Yuan le tiene cogido por el cuello con sus propias deudas, igual que yo cojo a media ciudad.
Es mi método, usado por mi enemigo, contra mí.
Conozco a los Shao. Apellido viejo, arcas vacías, la clase de familia que aún da galas que no puede pagar para que nadie sospeche que no puede pagarlas.
Shao Ziqian es el sobrino que sale en las fotos y no en las cuentas: guapo, inútil, criado para heredar un prestigio que ya no existe.
La clase de chico al que el juego se lo come sin que se dé cuenta, porque nunca ha tenido que medir nada.
Que Ji Yuan comprara sus deudas es de manual: no buscaba a Shao Ziqian, buscaba a cualquiera con acceso a mí y con una soga ya al cuello a la que solo hubiera que dar un tirón.
El chico no es un traidor. Es un rehén que informa para que no le rompan las piernas, y me da, contra mi voluntad, algo de lástima, aunque la lástima es un lujo que tendré que aparcar hasta que esto se resuelva.
El dato es impecable. Demasiado. Mi seguridad, con todos sus recursos, no lo ha encontrado en dos semanas, y a mí me llega hecho, envuelto, listo para usar, a través de un canal que yo no he activado.
Eso no pasa. La información buena no aparece sola.
Alguien la ha reunido y me la ha hecho llegar por una vía que sabía que yo escucharía, cuidándose de no firmar.
Tardo un día entero en rastrear el origen hacia atrás, saltando del dato al intermediario, del intermediario al favor que le pidieron, del favor a la voz que lo pidió.
Un día. Cuando llego al final del hilo, me quedo un rato mirando el nombre, sin sorprenderme y sorprendiéndome del todo a la vez.
Xie Ci.
Reconstruyo lo que ha hecho, y reconstruirlo es lo más parecido a enamorarse que me ha pasado esta semana, que ya es decir.
No ha usado mis herramientas. No tiene acceso a mis rutas, ni a mi seguridad, ni a mi habitación cerrada.
Ha usado las suyas: esa red de favores pequeños, de gente que le debe silencios, de conversaciones de salón donde las mujeres de Yunlu sueltan, sin darse cuenta, lo que sus maridos y sus sobrinos hacen.
Ha tirado del hilo del apellido Shao —que es su mundo, no el mío— hasta dar con el chico de las deudas, ha atado la deuda a Ji Yuan por caminos que a mi seguridad ni se le ocurriría recorrer porque son caminos de tés y de chismes, y me ha entregado, sin pedir nada, sin firmar, la solución a un problema de mi mundo resuelto con las armas del suyo.
Yo tengo un imperio de información. Ella tiene una tarde en el Club Yunlu. Hemos empatado.
Hay algo más, algo que tardo en ver porque es tan de ella que casi se me escapa: no solo ha encontrado al topo.
Lo ha encontrado sin quemar a nadie. Podría haberme entregado a Shao Ziqian y también a las tres personas que, sin saberlo, le dieron los datos en un té.
No lo ha hecho. Me ha dado justo lo que necesito y ni un nombre más, protegiendo a sus fuentes con el mismo cuidado con que yo protejo las mías, porque entiende —sin que nadie se lo haya enseñado— que una red de favores solo funciona si la gente que te debe silencios sabe que tú también se los debes.
Ha resuelto mi problema con la ética de mi oficio, que es más de lo que hacen la mitad de los que llevan veinte años en él.
Lo que más me desarma no es que lo haya resuelto.
Es cómo me lo ha hecho llegar. No ha venido a decírmelo a la cara, cobrándose el favor, esperando el reconocimiento.
No me ha puesto en la deuda de tener que agradecérselo, que es una deuda que a un hombre como yo le pesa.
Me lo ha hecho llegar anónima, borrándose del asunto, dejándome la victoria limpia y a ella fuera de cámara.
Sabía que yo rastrearía el origen —me conoce, sabe que no puedo no rastrear un origen— y sabía, por tanto, que yo sabría que fue ella.
Me ha dado la información y, con ella, la elección de reconocer o no que sé quién me la dio.
Es la cosa más elegante que me ha hecho nadie: ayudarme sin obligarme a deberle nada.
La veo esa noche. No le digo que sé lo de Shao Ziqian.
No le doy las gracias. No menciono el intermediario, ni el hilo, ni el día que he pasado rastreándola.
Cenamos, hablamos de otras cosas, y en algún momento nuestras miradas se cruzan un segundo de más, y en ese segundo nos decimos todo lo que no vamos a pronunciar: yo sé lo que hiciste.
Sé que lo sabes. Lo sé. Ninguno de los dos abre la boca.
Sería estropearlo. Hay reconocimientos que solo funcionan en silencio, porque decirlos en voz alta los convierte en una transacción, y esto —lo que sea que esto es— dejó de ser una transacción hace mucho, en un pasillo, a las once y media de la noche.
Podría decírselo. Podría, en mitad de la cena, dejar el tenedor y decirle: «Sé lo que has hecho por mí, y no sé cómo se agradece algo así, porque nunca he tenido a nadie que lo hiciera».
Sería verdad. Sería, quizá, lo que haría un hombre mejor.
No lo hago, y no por frialdad: no lo hago porque sé que ella no quiere que lo diga.
Xie Ci no me ha ayudado para que se lo reconozca.
Me ha ayudado porque, en algún momento que ninguno de los dos ha fechado, mi guerra se convirtió también en la suya, y a la guerra propia no se le dan las gracias.
Se pelea, y punto. Eso, y no un gracias, es lo que ella ha venido diciéndome sin decírmelo desde el primer día.
Me voy de su casa pensando en Mo Zhi, en su advertencia, en el punto débil.
Mi hermana tiene razón en los hechos y se equivoca en la conclusión.
Sí, Xie Ci es lo que Ji Yuan puede quitarme.
Pero Ji Yuan cometió, al mirarla, el mismo error que comete todo el que la subestima, empezando por la ciudad entera durante tres años: creyó que era solo un blanco.
Un objeto que yo aprecio y que, por tanto, se me puede arrebatar.
No vio lo que yo tardé menos en ver y Mo Zhi acaba de confirmar: que esta mujer no es mi punto débil.
Es mi segundo cerebro. Es la persona que resuelve, mientras yo duermo mal, el problema que a mi ejército de espías se le resiste.
Ji Yuan cree que ha encontrado por dónde herirme.
Ha encontrado, en realidad, por qué a partir de ahora voy a ser más difícil de vencer.
Antes de dormir le mando a Mo Zhi un único mensaje, porque quiero que lo sepa de mí y no lo deduzca ella primero, por una vez en la vida: «Ha resuelto lo de Shao Ziqian.
Sola. Antes que nosotros». Mo Zhi tarda en contestar lo que tarda ella en aceptar que se ha equivocado, que es poco, porque no es orgullosa con los datos.
Responde tres palabras: «Ya no discuto».
Viniendo de Mo Zhi, «ya no discuto» es una rendición, un elogio y una bienvenida, todo a la vez. Ji Yuan tiene ojos sobre lo que amo, y yo, por primera vez en veinte años, tengo a dos mujeres que piensan mejor que él cuidándome la espalda. Que empiece la guerra cuando quiera. Ya no la peleo solo.