EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Casa Mò, Canglan.

Hay una frase que llevo semanas evitando pensar, y esta mañana Mo Zhi me la pone delante de la única forma en que se le pueden poner las cosas a un hombre que no quiere oírlas: como un hecho ya ocurrido.

Ji Yuan sabe. No sospecha, no intuye: sabe.

Sabe que Mo Heng, el hombre que en veinte años no le dio nunca un solo cabo del que tirar, tiene por fin algo que se le puede quitar.

Tengo un punto débil, y mi punto débil se llama Xie Ci, y desde hace una semana tiene dos hombres siguiéndola.

Lo sabía. Lo supe la noche del pasillo, mientras la besaba: en el instante en que dejé de ser un hombre sin nada que perder, me convertí en un hombre al que se le puede hacer daño sin tocarlo.

Es la aritmética más vieja de mi oficio, y la enseño yo mismo: para hundir a alguien intocable, no lo ataques a él; encuéntrale lo que quiere y aprieta ahí.

Llevo diez años siendo intocable por una sola razón: porque no quería nada.

Ahora quiero algo, y ese algo camina sola por Yunlu, va sola al puerto, entra y sale de mi vida a la vista de una ciudad entera que informa a alguien.

Le he puesto a Ji Yuan, sin querer, el mapa de dónde clavarme el cuchillo.

La peor parte no es táctica. La peor parte es que, por primera vez en mi vida, no puedo pensar en esto con la cabeza fría, porque la cabeza fría me da una respuesta que el resto de mí se niega a acatar.

Toda mi ventaja, durante veinte años, ha sido pensar sin que me temblara nada.

Ahora me tiembla algo, y ese temblor —que en cualquier otro llamaría cobardía y en mí me niego a nombrar— se mete entre yo y el tablero y me nubla las jugadas.

Ji Yuan no necesita ganarme en inteligencia.

Le basta con que yo, por miedo a perderla, deje de jugar bien.

El amor, descubro a los treinta y cuatro años, no es una debilidad porque te ablande: es una debilidad porque te distrae, y en mi oficio la distracción y la tumba son vecinas.

Lo que me cuenta Mo Zhi a continuación me habría sorprendido si algo de mi hermana me sorprendiera todavía.

Los dos hombres de Ji Yuan no van a entregar su informe.

Ayer por la tarde, mientras yo besaba fantasmas y Xie Ci desayunaba con su padre, Mo Zhi los localizó, los siguió a ellos —a los que seguían— y los recogió con la eficiencia sin ruido de quien recoge la ropa tendida antes de que llueva.

No les hizo daño. Mo Zhi no hace daño: hace mensajes.

Se los devolvió a Ji Yuan con un sobre, y en el sobre no había una amenaza, sino algo peor para un hombre como él: la prueba de que su jugada se descubrió antes de terminar de moverla, y de que quien la descubrió no fui yo, sino mi hermana, a la que él siempre subestima porque no hace ruido.

Así es Mo Zhi. Mientras yo me deshacía en un pasillo como un adolescente, mi hermana, sin que nadie le contara nada, había leído la ciudad, detectado a los dos hombres, entendido de quién venían y decidido, sola, cómo devolverlos convertidos en advertencia.

Nunca me pregunta si quiero que actúe. Actúa, y luego me informa, con el tono de quien te comunica el tiempo que va a hacer.

Llevo toda la vida siendo, para el mundo, el cerebro de los Mò, el que mueve la ciudad, y llevo toda la vida sabiendo, en privado, que si algún día me matan será por no haberle hecho caso a la que de verdad piensa en esta familia.

Mo Zhi no quiere el trono. Solo se asegura, en la sombra, de que el que lo ocupa siga vivo para sentarse en él.

—No me lo pediste —le digo. No es un reproche; es lo más cerca de un «gracias» que sé decirle.

—No me lo ibas a pedir. Estás demasiado ocupado teniendo miedo por ella para hacer tu trabajo, que es tenerlo bajo control. —Deja la taza—. Alguien tenía que seguir pensando con la cabeza fría mientras a ti se te calienta. Me tocó a mí. Como siempre.

—Mo Zhi.

—No lo digo con reproche. —Por una vez, la creo—. Lo digo con datos. Ji Yuan ha encontrado tu grieta en tres meses. Tres meses, Heng. Llevabas veinte años sin tener ninguna. Haz las cuentas de lo rápido que esa mujer ha cambiado lo que eres, y luego dime que lo tienes bajo control.

—Te voy a decir una cosa y no vas a querer oírla —añade, antes de que yo cierre el tema—.

Lo de los dos hombres lo he resuelto hoy.

Habrá otros. Ji Yuan no ha mandado a esos dos para enterarse de sus movimientos: los ha mandado para ver si tú reaccionabas, para confirmar con tu reacción lo que ya sospechaba; y tú, hermano, has reaccionado.

Antes, alguien vigilando a una conocida tuya no te habría quitado ni un minuto de sueño.

Esta vez has dejado de dormir. Ji Yuan no ha averiguado dónde va Xie Ci.

Ha averiguado algo mucho más valioso: cuánto te importa, y eso, ya, no hay sobre que lo devuelva.

Tiene razón, como siempre, y como siempre me lo dice para obligarme a mirar lo que no quiero.

La conclusión evidente, la que sacaría cualquier estratega, la que sacaría yo si esto le pasara a otro, es sencilla: aléjala.

Un punto débil solo es un arma en manos del enemigo si sigue ahí para que lo usen.

Suéltala, devuélvela a su vida de Yunlu, deja que se case con un Gu aburrido y viva mucho y a salvo, y recupera tú la única ventaja que te ha mantenido vivo: no tener nada que puedan quitarte.

Es la jugada correcta. La sé desde antes de que Mo Zhi entrara por la puerta.

Llevo desde el pasillo sabiéndola, y llevo desde el pasillo sin poder ejecutarla, que es la primera vez en mi vida que sé cuál es la jugada correcta y no la hago.

Hay un detalle en lo que me cuenta Mo Zhi que me deja sin aire, y no es el de Ji Yuan.

Es este: Xie Ci había notado que la seguían.

Días antes que nosotros. Lo notó —cómo no iba a notarlo, si se pasa la vida leyendo lo que los demás no ven— y no dijo nada.

Ni a mí, ni a nadie. Se guardó que dos desconocidos le vigilaban los pasos y siguió con su vida como si tal cosa, sin asustarme, sin darme un problema más que resolver en una semana en la que ya cargaba con Lao Ding y con Ji Yuan.

Tardo un momento en entender por qué me duele tanto un gesto tan pequeño.

Luego lo entiendo. Me lo callé yo primero, hace semanas, cuando empecé a barrerle los enemigos del camino sin decírselo.

Ella me lo ha devuelto. Los dos hemos estado protegiéndonos el uno al otro en silencio, cada uno convencido de que el otro no se daba cuenta, y los dos, por supuesto, dándonos cuenta de todo.

Pienso en todas las veces que, estas semanas, la he visto entrar en una habitación con esa calma suya y he creído que no sabía nada de los peligros que la rodeaban.

Me equivocaba. Lo sabía todo. Sabía que la seguían, sabía, casi seguro, lo de Lao Ding por cómo me cambió la cara aquella noche, sabe cosas de mi mundo que yo no le he contado y que ha deducido de tres detalles y un silencio; y aun sabiéndolo, se queda.

No se queda a pesar del peligro, como una inconsciente.

Se queda con el peligro medido, catalogado y aceptado, que es la única forma de quedarse que a mí me sirve, porque es la única que no se rompe el primer día malo.

Debería asustarme que estemos tan sincronizados.

Dos personas que se protegen sin hablarlo son dos personas que ya han decidido algo sin decírselo; y esa decisión, la que ninguno de los dos ha pronunciado, es la que hace imposible la jugada correcta, la de soltarla, porque no se suelta a alguien que te cuida la espalda por su cuenta, en silencio, sin pedir nada.

Eso ya no es un punto débil: es un aliado, y a los aliados, en mi mundo, no se los aparta para protegerlos.

Se los mantiene cerca, se les cubre la espalda a ellos también, y se prepara uno para la guerra que viene sabiendo que, por primera vez en veinte años, no la va a pelear solo.

Mo Zhi se levanta para irse. En la puerta, sin volverse del todo, me deja lo que llevaba toda la visita guardándose para el final, que es donde deja siempre lo que de verdad ha venido a decir.

—Voy a ir a verla —dice—. A Xie Ci. A hablar con ella.

—¿Para qué?

—Para saber de qué está hecha. Tú ya lo sabes; te la crees.

Yo necesito comprobarlo, porque si te equivocas con ella, el que paga eres tú, y detrás de ti, todo esto.

—Abre la puerta—. No te preocupes. No voy a asustarla.

No creo que se asuste, y esa, hermano, es justo la parte que tengo que ir a comprobar.

Se va. Me quedo solo en Casa Mò, con dos tés fríos y una certeza nueva y fea: que la guerra con Ji Yuan ya ha empezado, aunque todavía no haya sonado el primer disparo, y que esta vez tengo algo que perder que no es el imperio.

El imperio lo he perdido y reconstruido dos veces; sé cómo se hace.

A ella no sabría reconstruirla. Ji Yuan también lo sabe, y por eso, de todos los sitios donde podría atacarme, ha elegido mirar hacia el único que me quita el sueño.

Durante veinte años ese insomnio fue solo mío: dormía mal por dinero, por poder, por no bajar la guardia.

Era un insomnio de propietario, vigilando lo que tiene.

El de ahora es distinto y peor. Es el insomnio del que quiere, que no vigila una cosa, sino a una persona, y que sabe que a las personas, a diferencia de las cosas, no se las puede meter en una caja fuerte.

Xie Ci duerme esta noche en su casa de Yunlu, sin saber que yo estoy despierto contando las formas en que podría perderla, y no se me ocurre imagen más exacta de lo que Ji Yuan me ha hecho al descubrirla que esta: he vuelto a tener miedo, y hacía veinte años que el miedo y yo teníamos un pacto de no vernos.

Un enemigo que descubre lo que amas deja de ser un enemigo cualquiera. Se convierte en el que tiene tus ojos, porque a partir de ahora ve el mundo como lo ves tú: sabiendo dónde te duele.