EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

He dormido dos de las ocho horas que le corresponden a una noche normal, y las otras seis las he pasado haciendo lo único que sé hacer cuando algo se me escapa de las manos: analizarlo.

Llevo desde las cuatro de la madrugada tratando el beso de anoche como trato cualquier problema —desmontándolo en piezas, buscando el punto por donde deshacerlo— y he llegado, por fin, con las primeras luces, a una conclusión que no me gusta nada: no se puede deshacer.

Algunas cosas, una vez cruzadas, solo se pueden cruzar más.

He hecho lo que hago con todo: una lista.

En una columna, las razones para no volver a verlo: que ordena a la gente por miedo, que tiene una habitación llena de la ruina de media ciudad, que ser su punto débil es, casi seguro, la posición más peligrosa de Canglan, que mi vida entera está construida sobre no depender de nadie y él es la definición de alguien de quien se depende.

En la otra columna, las razones para volver a verlo.

Esa columna tiene una sola entrada, escrita a las cuatro y media de la madrugada con una letra que no reconozco del todo como mía: «anoche, por primera vez en cinco años, no estaba actuando».

Una entrada contra cinco. Gana la de una.

Ese es el problema de las cosas que de verdad importan: no pesan, cuentan aparte.

A los veintitrés años, en el asiento trasero de un coche, llorando por un hombre que no valía las lágrimas, me hice una promesa: no volver a necesitar a nadie.

La cumplí. La cumplí tan bien que la convertí en identidad, en método, en la cosa que la ciudad teme de mí sin saber que empezó siendo una herida.

Tres años he sido la mujer que no necesita, y anoche, en un pasillo, sin haberlo decidido, dejé que un hombre me besara y —esto es lo grave, esto es lo que llevo seis horas sin poder analizar hasta el fondo— lo necesité mientras lo hacía.

No lo permití. Lo necesité, que es distinto y peor, porque lo primero se controla y lo segundo no.

El truco de no necesitar a nadie es que funciona.

Ese es su peligro. Funciona tan bien que dejas de notar el frío, igual que dejas de notar el peso de un abrigo que llevas puesto todo el invierno.

Yo llevaba tres años tan abrigada en mi soledad que había olvidado que tenía frío, hasta que anoche un hombre me quitó el abrigo de un beso y el frío de golpe, el de tres años enteros, me cayó encima.

No es que Mo Heng me haya hecho vulnerable: es que me ha recordado que lo era, y que llevaba tanto tiempo fingiendo no serlo que casi me lo creía.

Prefería no saberlo. Casi todo el mundo prefiere no saberlo, y por eso hay tan poca gente de verdad despierta y tanta, en cambio, a gusto dormida.

Sé, sin que nadie me lo cuente, que él está haciendo lo mismo en su casa sobre el puerto, solo que al revés.

Yo tengo demasiadas palabras para esto y me sobran todas; él no tiene ninguna.

Mo Heng lleva veinte años sin darle explicaciones a nadie, ni siquiera a sí mismo, y ahora se encuentra con un problema que no se resuelve con información ni con dinero ni con silencio, que son sus tres herramientas.

Me lo imagino sentado de cara a su puerta, mirando el agua, buscando la jugada siguiente en un tablero que anoche dejó de tener reglas.

No va a llamarme. Lo sé. No porque no quiera, sino porque no sabe qué se dice la mañana después de haber dejado caer, en un pasillo, la muralla de veinte años.

Ninguno de los dos lo sabe. Somos dos expertos en control ante el único acontecimiento de nuestras vidas que no admite ninguno.

Me pregunto qué estará mirando él ahora mismo.

Si el agua, o los papeles que no lee, o el sitio del sofá donde me senté anoche a servirle un whisky que no me había pedido.

Me pregunto si a él también le vibra el móvil y se le adelanta el pecho, o si los hombres como Mo Heng han desactivado hasta eso; y me doy cuenta, con una punzada, de que llevo media hora imaginándomelo con un detalle que no me permito con nadie, reconstruyendo su mañana entera desde mi cuarto como si tuviera derecho, y que ese ejercicio inútil y tierno tiene un nombre que llevo cinco años sin usar en primera persona.

Bajo a desayunar porque quedarme en la habitación sería admitir que ha pasado algo, y en esta casa lo que no se admite casi no ha pasado.

Mi padre ya está en la mesa. Tiene delante el café, una tostada intacta y el móvil, que estudia con una concentración feroz, pasando el dedo por la pantalla cada pocos segundos con el ceño fruncido de quien lee algo importantísimo.

No está leyendo nada. Lo sé porque mi padre no ha leído nada importante en el móvil en su vida, y porque el dedo se mueve a intervalos demasiado regulares, como el de un hombre que finge una actividad para tener las manos y los ojos ocupados en algo que no sea la cara de su hija.

No me pregunta por anoche. Claro que no me pregunta: ha elevado el no preguntar a la categoría de las bellas artes.

Desayunamos en un silencio que los dos fingimos que es de sueño y no de otra cosa, hasta que, en un momento, sin levantar la vista del móvil que no lee, dice lo único que va a decir del asunto.

—El café está recién hecho. Por si lo necesitas cargado.

Es, traducido del idioma de mi padre, lo más cerca que va a estar nunca de decir «sé que no has dormido, sé por qué, y no voy a hacerte hablar de ello». Le doy las gracias por el café. Los dos entendemos que se las estoy dando por otra cosa.

Es curioso: llevo toda la vida creyendo que mi padre era el débil de la casa, el que firmaba sin leer, el que bebía para no mirar, el que había que proteger; y estos meses, viéndolo callar en el momento justo, retirarse con la botella cuando tocaba, servir un café cargado en lugar de una pregunta, empiezo a sospechar que su debilidad y su tacto eran la misma cosa vista desde dos ángulos.

No sabe defenderme. Sabe, eso sí, no estorbarme, que a estas alturas de mi vida, y con esta madre, es casi un acto de amor.

Me llevo el café cargado a mi cuarto y vuelvo al problema, porque soy incapaz de dejar uno sin resolver, aunque la resolución sea aceptar que no tiene.

He considerado todas las salidas. Podría cortar por lo sano: dejar de verlo, devolverle la llave de su casa, retirarme a la vida ordenada y sola que me construí y que funcionaba, o funcionaba lo suficiente.

Podría fingir que lo de anoche fue un desliz de dos personas cansadas y volver al terreno seguro de un contrato que ya ni existe.

Podría, en teoría, hacer lo que llevo tres años haciendo con todo lo que amenaza con importarme: administrarlo hasta matarlo.

El problema es que ya no quiero, y esa es la parte que me tiene, a las nueve de la mañana, con el café frío otra vez y ninguna conclusión útil: por primera vez en años, la solución sensata —la que protege, la que aísla, la que garantiza que nadie vuelva a dejarme en una galería delante de cuarenta personas— me parece un precio más alto que el riesgo.

No sé en qué momento cambió la balanza. Sé que anoche, en un pasillo, con la boca de un hombre peligroso sobre la mía y su miedo de veinte años cayéndose al mismo tiempo que el mío, dejé de tenerle más miedo a que me hicieran daño que a pasarme la vida entera a salvo y sola.

Paso la mañana esperando sin admitir que espero.

Cada vez que el móvil vibra, algo en el pecho se me adelanta antes de que la cabeza le recuerde que él no va a escribir.

Es humillante, esta espera. Llevo tres años sin esperar nada de nadie, justo para no tener que sentir esto: la pequeña muerte de cada vibración que no es la que quieres.

Me juro que no voy a escribirle yo. Es lo único que me queda del edificio entero de mi orgullo: no ser la primera.

Lo cumplo. A media mañana ya no sé si lo cumplo por orgullo o por miedo, que en mí, desde hace cinco años, han sido casi siempre la misma cosa con dos nombres.

Lo peor, lo que de verdad me quita el aire cuando lo pienso, es esto: que si él, con lo suyo, y yo, con lo mío, seguimos cada uno protegiéndonos como sabemos, no va a pasar nada.

Volveremos a ser corteses. El beso se archivará, con el tiempo, en la carpeta de las cosas que casi ocurrieron, y dentro de diez años seremos dos personas que se cruzan en una gala, se saludan con una inclinación de cabeza de un centímetro y recuerdan, cada uno por su lado, un pasillo.

Lo sensato conduce, sin ruido, a esa vejez educada y vacía; y por primera vez en la vida, lo sensato me da pánico.

Así que aquí estamos, cada uno en su orilla del agua, habiendo llegado por caminos opuestos a la misma conclusión inútil.

Él, sin palabras para lo que siente. Yo, con demasiadas para lo que no me atrevo a sentir.

Los dos sabiendo que lo de anoche no se deshace y ninguno sabiendo qué se hace en su lugar.

Es, quizá, la primera vez en la vida de los dos que un problema nos supera no por difícil, sino por sencillo: no hay nada que calcular.

Solo hay que decidir si saltar, y los dos llevamos toda la vida entrenados para no saltar nunca.

A mediodía me suena el móvil. No es él —lo sé antes de mirar, porque él no va a ser el primero en moverse, no en esto; en esto es tan cobarde como yo, y me consuela, con cierta mezquindad, saberlo—.

Es Mo Zhi. Un mensaje de cuatro palabras, sin saludo, con esa puntería suya para llegar justo al sitio que duele: «Tenemos que hablar. Hoy».

Miro las cuatro palabras un buen rato. La hermana de Mo Heng no manda mensajes por casualidad, y no manda este, hoy, la mañana después de un beso del que se supone que no sabe nada, si no supiera, punto por punto, todo.

Dejo el café frío. Anoche crucé una línea con un hombre.

Empiezo a sospechar que hoy voy a cruzar otra con su hermana, y que esta, con Mo Zhi, va a ser mucho menos agradable y mucho más decisiva.