EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Llevo veinte minutos en el recibidor de la casa de los Xie diciendo cosas que no me importan para no tener que irme.

Lo sé, y ella lo sabe, y ninguno de los dos hace nada por arreglarlo.

La he traído a casa después de una cena que no era una clase ni un negocio ni nada que yo pudiera justificar ante Mo Zhi, y en vez de despedirme en la puerta como haría un hombre con las prioridades en orden, sigo aquí, en el pasillo, a las once y media de la noche, alargando una conversación sobre nada porque la conversación es lo único que me queda para no hacer lo que llevo semanas conteniendo.

Hablamos de un libro que le presté y que no ha terminado.

De un caso de los tribunales que sale en las noticias.

De si va a llover mañana. Temas de una banalidad que a los dos, por separado, nos avergonzaría, y que sostenemos como se sostiene una cuerda sobre un abismo: mientras hablemos, no pasa nada; en cuanto callemos, pasará todo.

Ella lo sabe tan bien como yo. Cada vez que una frase se acaba hay un segundo de peligro antes de que una de los dos encuentre la siguiente, y en ese segundo el aire del pasillo se espesa de todo lo que no nos decimos, y los dos nos apresuramos a llenarlo con más palabras que no importan, porque las que importan darían demasiado miedo.

Un hombre aprende disciplina de muchas formas.

Yo la aprendí pasando hambre sin robar cuando robar habría sido fácil, esperando años para cobrar una deuda que podría haber cobrado en un día, sentándome siempre de cara a la puerta aunque estuviera cansado.

Toda mi vida es una colección de impulsos dominados.

Presumo de ello. Es, en el fondo, mi oficio: soy el hombre que no hace lo que quiere, sino lo que conviene, y esa distancia entre el deseo y el acto es donde vivo, donde mando, donde gano, y llevo veinte minutos, en este pasillo, notando cómo esa distancia se acorta por primera vez en veinte años sin que yo se lo autorice.

Con Xie Ci esa distancia lleva semanas encogiéndose sin mi consentimiento.

No es solo deseo, aunque también. Es que con ella el cálculo, mi herramienta, se me vuelve inútil: cada vez que intento medir qué gano y qué pierdo acercándome, la respuesta que me da el cálculo es «pierdes», y cada vez que le hago caso al cálculo y me alejo, algo más antiguo y más terco que el cálculo me trae de vuelta.

Un hombre que lleva veinte años obedeciendo a los números descubre, a los treinta y cuatro, en un pasillo, que hay una parte de él que los números no gobiernan.

Es la cosa más aterradora que me ha pasado.

Es, quizá, la única cosa de verdad que me ha pasado.

En algún punto la conversación se muere del todo.

Ella dice algo, yo contesto, y luego no hay nada, solo el silencio del pasillo, la luz baja y ella mirándome con esa cara que no compone para nadie más, la de verdad, la que hay debajo de la de los salones.

Debería irme. Es el momento justo de irse: la frase se ha acabado, la noche se ha acabado, cualquier hombre sensato coge el abrigo.

Cojo el abrigo. Doy un paso hacia la puerta, y a mitad de ese paso, sin decidirlo, sin planearlo —yo, que lo planeo todo—, me giro y hago lo único que llevo veinte años sin permitirme: dejo de calcular.

La beso.

No es como lo cuentan los libros que ella tiene subrayados, no es suave ni lento ni una pregunta.

Es un derrumbe. Es lo que pasa cuando un dique que ha aguantado veinte años cede de golpe, no por una grieta, sino por cansancio de contener.

La sujeto por la nuca, la acerco, y en el instante en que mi boca encuentra la suya siento que algo dentro de mí, algo que llevaba tanto tiempo tenso que había olvidado que era tensión, por fin se suelta.

No la beso con delicadeza. La beso con veinte años de todo lo que no me he permitido, y ella —esto es lo que me deshace del todo— no me aparta.

No se sorprende. Me devuelve el beso con la misma hambre exacta, como si también ella llevara veinte minutos, o tres años, o toda la vida, esperando que uno de los dos dejara de ser sensato primero.

La espalda de ella encuentra la pared del pasillo, o yo la llevo hasta ahí, no sé cuál de las dos cosas, porque por primera vez en veinte años no estoy documentando lo que hago mientras lo hago.

Tiene las manos en mi camisa, agarrando la tela como quien se sujeta a algo en una caída, y yo tengo una en su nuca y otra en su cintura y ninguna, por una vez, calculando.

Huele a lo que huele ella, a algo limpio y caro que llevo semanas reconociendo en las habitaciones antes de verla entrar, y ese olor, mezclado ahora con el calor de su boca, borra de un plumazo el mapa entero que yo tenía de mí mismo.

No soy, mientras la beso, el rey de nada.

Soy un hombre besando a la única persona que ha conseguido que se le olvide serlo.

Aquí está lo que ninguno de los dos va a poder fingir mañana que no pasó: no es solo un beso.

Es dos personas que se han pasado la vida entera construyendo defensas —yo con el miedo, ella con la distancia— viéndolas caer a la vez, en un pasillo, a las once y media de la noche, sin haberlo planeado ninguno.

Lo sé mientras la beso. Sé que esto no tiene vuelta atrás, que a partir de este pasillo ya no soy un hombre con un punto débil teórico, sino un hombre con un punto débil que respira, que tiene nombre y que en este momento tiene mis manos en la cara.

Lo sé, y me da un miedo que hace veinte años que no siento, y la beso más fuerte, porque el miedo, descubro, no siempre te hace parar. A veces te hace agarrarte.

No sé cuánto dura, y por una vez no cuento los segundos. Lo bastante para que los dos crucemos una línea que no vamos a poder descruzar. Lo que nos separa no es la prudencia ni el sentido común, que a estas alturas los dos hemos perdido de vista: es una llave en una cerradura.

Xie Jingtang llega a casa.

Lo oigo antes de verlo —el forcejeo con la puerta, el suspiro de un hombre que vuelve tarde de donde vuelven los que no quieren llegar temprano— y nos separamos lo justo, aunque ya es tarde para que no lo haya visto.

Porque lo ha visto. Xie Jingtang se queda un segundo en el umbral, con las llaves en la mano, mirándonos: a su hija y al hombre que compró su ruina, muy juntos, muy despeinados, en su propio pasillo, a medianoche.

Hace lo más sensato que le he visto hacer en todo el tiempo que llevo destrozándole la vida y arreglándosela a partes iguales: da media vuelta.

No dice una palabra. No pregunta, no exige explicaciones, no monta la escena de padre que la situación le autorizaría a montar.

Se gira, con una dignidad de borracho lúcido que casi me cae bien, y se retira a su estudio, y por el ruido que llega después —el tintineo inconfundible— deduzco que se ha llevado la botella entera, y no una copa.

Es la decisión correcta. Hay noches en que un hombre elige, con buen criterio, no ser testigo de su propia vida.

Me cae bien, de pronto, este hombre al que le arruiné la vida por descuido y al que llevo meses arreglándosela por otro descuido peor.

Xie Jingtang no es un buen padre —lo he leído en su expediente, mes a mes—, pero acaba de hacer, con una botella y una puerta cerrada, lo único que un padre podía hacer bien esta noche: dejarle a su hija la dignidad de vivir su propia línea cruzada sin público.

Hay una lección ahí, sobre el amor y sobre saber cuándo desaparecer, que un hombre acostumbrado a controlarlo todo haría bien en aprender.

Nos quedamos ella y yo en el pasillo, con la puerta del estudio cerrada al fondo y una línea cruzada entre los dos que ya no se puede borrar.

No decimos nada. No hay nada que decir que no vaya a empequeñecer lo que acaba de pasar.

Ella tiene los labios enrojecidos y una expresión que no le había visto nunca, ni siquiera detrás del antifaz: la de alguien a quien acaban de quitarle una defensa que creía permanente y que descubre, con más asombro que miedo, que sigue de pie sin ella.

Sé lo que debería hacer. Debería recomponerme, decir algo que devuelva esto al terreno controlable, marcharme. Es lo que haría el hombre que entró en esta casa hace tres horas. Ese hombre, resulta, se ha quedado en el pasillo, en algún punto entre el paso hacia la puerta y el giro que lo deshizo.

Pienso, sin venir a cuento, en la habitación cerrada de mi casa, en el archivo donde guardo el poder de arruinar a media ciudad.

Durante veinte años esa habitación fue lo más íntimo que tenía, el sitio donde estaba de verdad.

Ya no lo es. Lo más íntimo que tengo, desde hace justo un beso, es esto: una mujer en un pasillo que sabe lo que soy, lo que guardo, lo que he hecho y lo que puedo hacer, y que en lugar de salir corriendo tiene todavía las manos en mi camisa.

No hay ninguna llave para esta habitación.

Es la primera que dejo abierta a propósito.

Me voy poco después, porque quedarme sería otra clase de línea y esta noche ya hemos cruzado bastantes.

En la puerta, ella no me pide que me quede ni que me vaya.

Solo me mira, y en esa mirada está la única pregunta que importa, la que ninguno de los dos ha hecho en voz alta en tres meses: «¿y ahora qué? ».

No tengo respuesta. Por primera vez en veinte años me marcho de un sitio sin un plan, sin una jugada siguiente, sin saber qué va a pasar mañana.

Debería aterrarme. Bajo la escalera de los Xie a medianoche, con el sabor de ella todavía en la boca y ningún cálculo en la cabeza, y descubro que lo que siento no es miedo.

O no solo. Es lo más parecido a estar vivo que recuerdo, y hace veinte años que confundía las dos cosas.