CAPÍTULO 19
Mi madre ha aprendido, en treinta años de matrimonio con un hombre que evita las conversaciones difíciles, el arte de tenderlas como emboscadas.
Por eso, cuando esta mañana me dice, demasiado despreocupada, que ha invitado a los Gu a tomar el té «sin ningún motivo», sé de sobra qué motivo hay, y sé que el motivo mide un metro ochenta, se llama Chengze y lleva soltero, disponible y bien informado de mi situación desde hace meses.
La deuda se canceló hace semanas, pero mi madre no termina de creérselo, o no le basta.
En su cabeza, una familia solo está a salvo cuando tiene detrás un yerno con capital, y un acreedor desaparecido —por milagroso que sea— no es lo mismo que un Gu casado con su hija.
No sabe cómo desapareció la deuda. No ha preguntado.
Prefiere no saber, que es su forma favorita de vivir, y desde esa ignorancia elegida ha decidido que ha llegado la hora de resolverme la vida, tanto si se lo he pedido como si no.
Podría negarme a bajar. Podría inventar una migraña, un compromiso, cualquiera de las mil excusas con las que las mujeres de esta ciudad se libran de lo que no quieren sin decir que no lo quieren.
No lo hago, y no por educación. Lo hago porque llevo toda la vida gestionando a mi madre y he aprendido que a una emboscada se la desactiva mejor entrando en ella con los ojos abiertos que fingiendo que no la ves.
Si no bajo hoy, habrá otro té, y otro Gu, y otra tarde perdida.
Bajo, entonces, con la cara puesta, a que mi madre me venda al mejor postor delante de un juego de tazas que reserva para las visitas que quiere impresionar.
Gu Chengze llega puntual, con flores para mi madre y una seguridad en sí mismo que le viene del dinero nuevo, ese que aún necesita demostrarse.
No es tonto. Tampoco es cruel, que ya es más de lo que se puede decir de la mitad de los solteros de Yunlu.
Es, sin más, un hombre acostumbrado a que las cosas que quiere terminen siendo suyas porque puede pagarlas, y me mira con esa misma tranquilidad de comprador satisfecho.
—Xie Ci. Estás preciosa. Tu madre no exageraba.
—Mi madre nunca exagera cuando negocia —respondo, y ella me lanza una mirada de aviso que finjo no ver.
Me pongo la cara de los salones, la neutra, la que aprendí a fabricar la noche de la galería y que a quien no me conoce le parece amabilidad y a quien me conoce le da un poco de miedo.
Con esa cara escucho a mi madre desplegar el catálogo: los Gu tienen intereses en el puerto y en la construcción, Chengze acaba de asumir la dirección de no sé qué división, las dos familias se complementan «de maravilla».
Habla de mí como se habla de un activo infravalorado que, con el comprador adecuado, todavía puede revalorizarse.
No la interrumpo. Interrumpir sería darle importancia, y esta conversación, para mí, ya está decidida por dentro; solo falta que ellos lo descubran.
Cuando mi madre nos deja «un momento a solas» con la sutileza de un elefante, Gu Chengze me sonríe, más humano sin público.
—No hace falta que pongas esa cara conmigo —dice—. Sé que esto es una encerrona de nuestras madres. La mía es igual. Pero podría ser peor, ¿no? Podríamos cenar una vez y comprobar que nos caemos fatal, para poder decirles que lo intentamos.
—Lo curioso —añade, girando la taza— es que no me haría falta el dinero de nadie.
Los Gu tenemos de sobra. Lo que no tenemos es lo que tenéis vosotros, los apellidos viejos: la costumbre de no tener que demostrar nada.
Mi abuelo vendía pescado; el tuyo cenaba con gobernadores.
Casarme con una Xie me compraría eso, esa naturalidad que no se hereda con el dinero nuevo.
—Me mira, franco—. Te lo digo para que sepas que, si esto fuera un negocio, sería un buen negocio para los dos. Tú necesitas capital; yo, apellido.
Es la propuesta más honesta que me han hecho en años, y la rechazo justo por eso, porque su honestidad me deja ver con claridad lo que ofrece: un buen negocio; y yo, que llevo toda la vida haciendo buenos negocios, he descubierto hace poco, en un piso sobre el puerto, que existe otra cosa, y que esa otra cosa no aparece en ningún balance.
Es simpático. En otra vida, quizá. En esta, hay un hombre que me sirvió whisky a las tres de la madrugada sin pedirme que le explicara la noche, y contra eso un Gu simpático con flores no tiene ninguna posibilidad, aunque él todavía no lo sepa.
—Eres mejor persona de lo que esta encerrona merece, Chengze —le digo, y lo digo en serio—. Por eso te voy a ahorrar la cena. No es que nos vayamos a caer fatal. Es que no estoy libre para caerte de ninguna manera.
No le cuento a mi madre cómo ha ido, porque no ha ido de ninguna manera que ella entienda.
Salgo de casa y voy directa a contárselo a Mo Heng, y solo en el coche, de camino, caigo en la cuenta de lo raro de ese impulso: no voy a pedirle permiso ni consejo.
Voy a contárselo porque quiero verle la cara.
Llevo semanas coleccionando sus reacciones mínimas, esos grados de gravedad que en él sustituyen a las emociones de la gente normal, y quiero, con una curiosidad que no me examino demasiado, ver qué cara pone cuando le diga que otro hombre ha venido a pedir mi mano con flores.
En el trayecto pienso en lo absurdo de mi vida reciente.
Hace tres meses, la idea de que un Gu con dinero pidiera mi mano habría sido la mejor noticia posible para los Xie, la salvación, el final feliz que mi madre lleva años rezando.
Hoy es una molestia que voy a despachar de camino a ver a un hombre que nos tiene a mí y a mi familia cogidos por una habitación llena de secretos, que ordena a media ciudad por miedo y con el que no tengo ningún futuro sensato.
He cambiado de bando sin darme cuenta. He empezado a medir mi vida no por lo que es seguro, sino por lo que me hace sentir viva, y esa, lo sé bien, es la clase de contabilidad que arruina a la gente.
Se lo cuento sin dramatizar, como quien comenta el tiempo, mientras él revisa unos papeles en su mesa del puerto.
—Mi madre me ha presentado hoy a un candidato. Gu Chengze. Flores, buenas intenciones, cartera sólida. La solución a todos mis problemas, según ella.
Mo Heng no levanta la vista de los papeles.
No de entrada. Deja pasar un segundo, dos, y en ese silencio veo algo que no le había visto nunca del todo: una quietud distinta de la suya habitual, más apretada, la de un hombre que ha dejado de leer lo que tiene delante y está, por dentro, contando.
Lo describiría así, si tuviera que ponerle palabras: un hombre contando hasta quince para no hacer algo irreversible.
Cuando por fin habla, su voz sale como siempre, baja y sin arrugas, lo cual, después de haberle visto la cara, me dice más que si hubiera gritado.
—¿Y qué le has respondido a tu madre?
—Nada que ella quiera oír. A Chengze le he dicho que no estoy libre.
—¿Libre? —Repite la palabra como si la sopesara—. Es una forma interesante de decirlo.
—¿Prefieres otra?
No responde a eso. Vuelve a sus papeles, o finge volver, porque llevo el tiempo suficiente a su lado para saber que no está leyendo una sola línea.
Al cabo de un momento, sin levantar la vista, dice algo que no es una pregunta ni una orden, sino la cosa más cercana a una confesión que le he oído con la cara descubierta.
—Gu Chengze tiene un buen gestor de patrimonio. Debería cuidarlo. La gente buena es difícil de reemplazar.
Lo dice con una neutralidad tan lisa que tardo un segundo en oír la amenaza debajo, y cuando la oigo, no me asusta. Me pasa algo mucho peor: me gusta.
—¿Estás celoso? —le pregunto, más por ver qué hace que porque dude de la respuesta.
—No sé qué es eso —dice, y lo dice sin ironía, con la sinceridad desconcertante de un hombre que de verdad no tiene la palabra en su vocabulario—.
Sé que no me gusta la idea de Gu Chengze trayéndote flores.
Sé que, cuando lo has nombrado, he tenido que dejar de leer para no romper el bolígrafo.
No sé cómo se llama eso. Tú, que sabes de todo, dímelo.
Ahí, en esa pregunta que no es una pregunta, entiendo lo que le pasa a este hombre y lo que me pasa a mí: que los dos hemos llegado a los treinta y tantos sabiéndolo todo sobre el poder y nada sobre esto, y que vamos a tener que aprenderlo juntos, tarde, a trompicones, como dos adultos que se saltaron esa clase.
Esa semana, el gestor de patrimonio de Gu Chengze —ese que Mo Heng recomendó cuidar— recibe una oferta de un fondo del norte tan buena que sería de tontos rechazarla, y se marcha, dejando la cartera de los Gu en manos de un sustituto que tardará meses en entenderla.
Nadie lo relaciona con nada. Gu Chengze pierde un poco de brillo, un poco de solidez, justo la semana en que su madre lo presentaba como la solución sólida a mis problemas.
Me imagino a Mo Heng dando la orden, si es que a algo tan indirecto se le puede llamar dar una orden.
No lo hizo por dinero: los Gu no le hacen sombra.
No lo hizo por estrategia: yo ya había dicho que no.
Lo hizo por la única razón que todavía no tiene nombre para nombrar, y esa razón, para una mujer que lleva tres años convencida de que a nadie le importa lo bastante como para molestarse, es más peligrosa que todas las amenazas del mundo.
Que un hombre te defienda cuando le conviene es política.
Que te defienda cuando no le hace ninguna falta es otra cosa.
No fui yo, y esta vez, a diferencia de las anteriores, sé de sobra quién fue, y sé que lo hizo por una razón que él aún no se ha atrevido a nombrar, ni a mí ni a sí mismo.
Mo Heng todavía no sabe que está celoso.
Yo sí, y voy a dejar que lo descubra él solo, porque hay cosas que, si se las dices a un hombre así antes de tiempo, las convierte en un problema a resolver en vez de en una verdad que aceptar.