CAPÍTULO 18
Casa de Mo Heng, sobre el puerto.
Han Wei fue una decepción. Esto es otra cosa.
Esto duele en un sitio que creía blindado.
Se llamaba —se llama, todavía respira— Lao Ding, y llevaba ocho años a mi lado.
No un empleado: uno de los pocos que sabían dónde guardo lo que importa.
Uno de los que habría jurado, ayer mismo, que se dejaría partir antes que venderme.
Ayer mismo me habría equivocado jurándolo.
Hoy sé que Lao Ding lleva meses pasándole información a Ji Yuan, y saberlo me ha quitado algo que no sabía que aún tenía: la última certeza de que a algunas personas se las conoce del todo.
Lo peor de la traición de Lao Ding no es el daño, que es contenible.
Es la aritmética que me obliga a rehacer.
Si Lao Ding, ocho años, círculo de cuatro, ha podido venderme, entonces mi sistema entero de saber en quién confiar tiene un fallo que no había detectado, y un fallo que no se detecta se repite.
Paso la noche, antes de ocuparme de él, haciendo lo que haría Mo Zhi: no rabiando, revisando.
¿Qué le ofreció Ji Yuan que yo no vi que Lao Ding necesitaba?
¿Dónde dejé una grieta por la que se cuela el rencor?
A un rey al que traicionan de dentro no le falla la lealtad, le falla la vista, y la vista es lo único que no me puedo permitir perder.
Ji Yuan es lo único en Canglan que me quita el sueño, y me lo quita porque es lo más parecido a mí que ha dado este puerto.
Salimos del mismo barro, con un año de diferencia, peleando de críos por las mismas migajas.
La distancia entre los dos cabe en una sola decisión que tomamos con quince años y que ninguno ha contado nunca a nadie.
Yo elegí construir algo que durara. Él eligió que, si no podía tener lo que yo tuviera, se aseguraría de que yo no lo disfrutase.
Soy su espejo, y él es el mío roto: lo que yo podría haber sido si, en aquel callejón, hubiera elegido el rencor en vez del cálculo.
Que Lao Ding le venda mis rutas a él, y no a otro, no es un negocio. Es una declaración de guerra.
Ji Yuan me conoce como no me conoce nadie, porque durante tres años, de críos, fuimos la misma cosa: dos chavales que dormían en el mismo almacén y se cubrían las espaldas porque no había nadie más que se las cubriera.
Sé cómo piensa porque pensé como él. Sé qué golpe daría yo en su lugar, y ese es a la vez mi ventaja y mi condena: para adivinarlo tengo que volver cada vez al callejón donde los dos elegimos, y volver a ese callejón me cuesta algo que a él no le cuesta, porque él nunca salió del todo.
Ji Yuan sigue viviendo en aquella noche. Yo la visito solo cuando él me obliga.
Lo he resuelto esta noche. No voy a contar cómo, ni siquiera a estas paredes, porque hay cosas que un hombre hace y no narra, no por vergüenza —no la siento—, sino porque narrarlas las convierte en espectáculo, y esto no lo ha sido.
No ha corrido sangre. En mi mundo la sangre es de aficionados: deja cuerpos, y los cuerpos hablan.
Lo que le he hecho a Lao Ding es peor y más limpio.
Mañana seguirá vivo, y deseará no estar tan solo, tan sin nada, tan fuera de todo lo que durante ocho años creyó suyo.
Le he retirado el mundo, como a los otros.
Con este me ha costado más, y no pienso decirle a nadie cuánto.
He visto a otros hombres poderosos rodearse de gente para no sentir esto.
Consejeros que les ríen las decisiones, mujeres que les fingen que el poder es atractivo y no agotador, aduladores que enredan a propósito para que el jefe no tenga que estar solo con la verdad.
Yo no lo hice nunca. Preferí la soledad limpia a la compañía comprada, porque la compañía comprada es solo otra forma de deuda, y ya tengo bastantes deudas ajenas en una habitación cerrada.
Lo que no calculé, al elegir la soledad limpia, es que la soledad, limpia o sucia, a las tres de la mañana pesa igual.
Vuelvo a casa vacío. Es el precio que nadie ve del sitio que ocupo: cada vez que alguien me traiciona, soy yo quien tiene que dejar de sentir para hacer lo que hay que hacer, y luego cargar solo con haberlo hecho.
No hay nadie a quien contárselo. Mo Zhi lo entendería, pero a Mo Zhi no le llevo estas cosas, para no gastarle la parte de hermana obligándola a ser estratega.
Los cuatro pilares me temen, y delante de quien te teme no se llora.
He levantado un imperio entero para no volver a depender de nadie, y esta noche, subiendo a mi casa con las manos limpias y algo sucio por dentro, descubro el defecto del plano: no depender de nadie significa, también, no tener a nadie a quien volver.
Xie Ci está en mi casa cuando llego. Le di una llave hace una semana, sin ceremonia, dejándola sobre la mesa como quien no le da importancia a lo único importante que ha hecho en años.
No la esperaba esta noche. Está en el salón, con la luz baja, y en cuanto me ve la cara —porque me la ve, aunque yo creía traerla en blanco— sé que sabe que ha pasado algo.
Me preparo para lo que llevo toda la vida esperando de la primera persona que me importa: el momento en que vea de qué estoy hecho de verdad y decida que es demasiado.
Espero el juicio. Con ella, por primera vez, me aterra.
No llega. Xie Ci no me pregunta qué ha pasado.
No me pregunta si estoy bien, que sería obligarme a mentir.
No pone la cara de la gente decente ante el hombre que hace las cosas que hay que hacer.
Se levanta, va al mueble donde guardo el único whisky que bebo, sirve dos vasos —dos, no uno; se sirve ella también, y ese detalle me desarma más que ninguna palabra— y me pone uno en la mano.
Se sienta a mi lado, no enfrente, que es distinto, y dice, sin dramatismo, en el tono con que se ofrece la única cosa que de verdad se puede ofrecer:
—Cuéntame lo que puedas.
Lo que puedas. No «cuéntame». No «tienes que contármelo». Lo que puedas: el permiso a callar incluido en la pregunta. Me está diciendo que sabe que hay una puerta cerrada dentro de esta noche, como había una en mi casa, y que no piensa forzarla.
—No tienes que decir nada —añade, y bebe—. He venido porque a las malas noches, a veces, lo único que les falta es que haya alguien más en la habitación. No para arreglarlas. Solo para que no seas tú el único que sabe lo que ha pasado.
—¿Y si lo que ha pasado es feo?
—Todo lo que se hace a las tres de la mañana es feo, Mo Heng. Por eso se hace a las tres de la mañana. —Me mira, sin apartar los ojos—. No he venido a juzgarte a esa hora. A esa hora no juzga nadie que valga la pena.
Bebo. Es la primera cosa que me sienta bien en toda la noche, y no es el whisky: es no estar contándomelo a una pared.
Le cuento lo que puedo, que es poco: que alguien de dentro me vendió, que era de los que no debían, que ya no es un problema.
No le digo el nombre. No le digo a quién se lo vendió.
No le digo qué le he hecho. Ella escucha, bebe despacio, y con cada silencio mío va colocando, sin preguntar, la pieza que falta.
Lo veo en su cara: deduce que la traición venía de arriba, por cómo me pesa.
Deduce que hay un enemigo con nombre detrás, porque una traición sin destinatario no me habría dejado esta cara.
Deduce, incluso —y esto me da un poco de miedo—, que lo que le he hecho al traidor no me ha dejado indemne.
Lo deduce todo, y no dice una sola palabra de lo que deduce.
Me deja mis silencios llenos por dentro y vacíos por fuera, que es el mayor regalo que se le puede hacer a un hombre como yo.
En algún momento, sin planearlo, mi mano encuentra la suya sobre el sofá, y ella la deja.
No es un gesto romántico, no esta noche; es otra cosa, más antigua y más difícil: es dejar que alguien te vea con las manos manchadas de lo que hay que hacer y no retirar la suya ni un milímetro.
Llevo veinte años convencido de que a un hombre como yo solo se le puede temer, usar o traicionar, y de que el afecto es un lujo que en mi oficio se paga con la vida.
Esta noche, con un vaso en una mano y la suya en la otra, se me ocurre por primera vez, con un vértigo que no había sentido nunca, que a lo mejor estaba equivocado.
No hablamos de lo que significa la mano.
Con Xie Ci las cosas importantes se dicen así, sin decirlas, dejando que el gesto vaya por delante de la palabra para que la palabra no llegue a estropearlo.
Le he enseñado esta semana mi archivo de secretos y mi peor noche, en ese orden, que es justo el orden inverso al que enseñaría un hombre que quisiera gustar.
No quiero gustarle. Quiero que sepa lo que soy y se quede de todos modos, que es una petición mucho más grande y difícil de formular, y que esta noche, sin que yo la formule, ella me está concediendo sin cobrármela, que es la primera vez que alguien me da algo así en esta ciudad.
No me dice que lo que he hecho está bien.
No me absuelve, que sería mentirme, y ella no me miente.
No me dice que soy bueno, porque no lo soy y los dos lo sabemos.
Solo se queda. Se queda mientras el whisky baja, mientras la ciudad duerme al otro lado del cristal, mientras yo cargo en silencio con el precio de mantener el orden un día más.
Se queda, que es lo único que no me habían ofrecido nunca.
Mañana tendré que ocuparme de Ji Yuan, que ha movido primero y ha perdido a su topo, y que a partir de ahora va a jugar más sucio. Mañana. Esta noche, por una vez en mi vida, no estoy solo con lo que soy.