CAPÍTULO 17
Palacio Tang, Yunlu.
Tang Yun da el baile de máscaras más concurrido de la temporada, y este año lo da como quien tira la casa por la ventana sabiendo que la casa no es del todo suya: más oro, más orquídeas, más gente importante fingiendo que no cuenta quién ha venido y con quién.
La máscara es obligatoria hasta medianoche.
Es una convención tonta y encantadora, de las que solo se permite una ciudad que se aburre de sí misma: durante unas horas, todos fingimos no saber quiénes somos, para poder hacer lo que no haríamos sabiéndolo.
Vengo sola y enmascarada, con un vestido que no es el que se pondría Xie Ci —demasiado libre, demasiado poco defensivo— porque esta noche, por unas horas, puedo no ser Xie Ci.
No hay nadie a quien impresionar ni de quien defenderme, porque nadie sabe, en teoría, a quién tiene delante.
Descubro que se respira distinto detrás de una máscara.
Que la cara que llevo tres años componiendo, la neutra, la de los salones, pesa más de lo que creía, porque el alivio de quitármela, aunque sea por una tela y unas plumas, casi me marea.
Me sirvo una copa que esta noche sí pienso beber —otra cosa que Xie Ci no haría— y me dejo llevar por el salón, que es un río de sedas y antifaces donde nadie tiene apellido.
Reconozco a algunos por los andares, por una risa, por una joya que su dueña no ha sabido resistirse a lucir a pesar del anonimato.
La ciudad entera está aquí fingiendo no ser ella misma, y descubro que hay una honestidad extraña en tanta mentira coordinada: por una noche, todos admitimos a la vez que la cara que enseñamos el resto del año también es una máscara, solo que menos bonita.
Lo reconozco antes de que hable. No por la cara, que la esconde una máscara negra sin adornos, tan sobria que es en sí misma una declaración entre tanto pavo real.
Lo reconozco por cómo está de pie: quieto en medio del movimiento, de espaldas a la pared y de cara a la única puerta, ocupando su sitio como si el sitio le debiera algo; y por el rastro, cuando me acerco: cedro, té negro, tabaco sin encender.
Es él. Sé que es él, y sé, por cómo se gira medio segundo antes de que yo diga nada, que él sabe que soy yo.
Ninguno de los dos lo dice. Es el mejor acuerdo que hemos cerrado nunca.
—No la había visto antes por aquí —dice, entrando en el juego, con una voz un punto más suave que la suya, la de un desconocido cortés.
—Soy nueva. O vieja y disfrazada. Esta noche no se sabe.
—Esta noche no se sabe nada. Es lo que me gusta.
—¿A un hombre como usted le gusta no saber? No me lo parece.
—A un hombre como yo le gusta, una vez al año, que no le tengan miedo antes de conocerlo. La máscara me lo regala. Ahí fuera soy… algo. Aquí solo soy uno más con antifaz.
Nos quedamos callados un momento, cómplices en el pequeño delito de estar diciéndonos cosas verdaderas.
Alrededor, la fiesta gira: parejas que bailan sin saber con quién, risas que no delatan a su dueño, camareros que sirven un champán que esta noche todos beben porque nadie tendrá que dar cuentas mañana.
Es un mundo de mentira construido para una sola noche de verdad, y me pregunto por qué hace falta tanto disfraz para que dos personas se digan lo que sienten.
La respuesta, sospecho, es la de siempre en esta ciudad: porque aquí la sinceridad, a cara descubierta, se cobra; y solo los que ya no tienen nada que perder, o los que fingen no tener cara, pueden permitírsela gratis; y yo, esta noche, he decidido por una vez no pagar el precio ni fingir.
Es más sincero de lo que ha sido nunca conmigo con la cara descubierta, y entiendo el mecanismo, porque a mí me pasa lo mismo: la máscara no nos esconde. Nos permite. Detrás de ella, por fin, podemos decirnos la verdad fingiendo que se la decimos a un desconocido.
Hablamos cuarenta minutos, y los cuento, aunque todavía no sé para qué los cuento.
Hablamos de cosas que Xie Ci y Mo Heng no se han dicho: de la soledad concreta de ver siempre antes que los demás; de lo cansado que es ser, para todo el mundo, una amenaza o una oportunidad; de si es posible, a estas alturas, dejar que alguien se acerque sin calcular primero cuánto va a costar cuando se vaya.
Le cuento cosas de mí atribuyéndoselas a «una amiga».
Él me cuenta cosas suyas hablando de «un hombre que conoció».
Los dos sabemos de quién hablamos. Es la conversación más honesta de mi vida, y la estoy teniendo con un antifaz, con un hombre que finge ser otro, sobre una mujer que finge ser una amiga.
—¿Y usted? —le pregunto, devolviéndole el juego—. Ese hombre del que habla, el que da miedo. ¿Qué quiere, en el fondo? Porque los que dan miedo siempre quieren algo, y casi nunca es lo que aparentan.
—Quiere lo de siempre. Lo que quieren todos los que empezaron sin nada.
—Hace girar su copa sin beber—. No quiere dinero; el dinero lo tiene.
No quiere miedo; el miedo cansa. Quiere entrar en una habitación y que, por una vez, alguien se alegre de verlo llegar en lugar de calcular qué va a costarle su visita.
Es lo único que no ha podido comprar, y ha comprado casi todo.
Me quedo callada, porque acaba de describir, sin saberlo o sabiéndolo demasiado, lo que yo llevo tres años queriendo sin ponerle nombre.
No somos tan distintos, este hombre y yo.
Los dos aprendimos a que no nos hicieran daño a base de no dejar que nadie se acercara, y los dos empezamos a sospechar, esta noche, detrás de estas máscaras, que el precio de esa defensa ha sido más alto de lo que nos dijeron.
Es peligroso, este pensamiento. Reconocer a alguien es el principio de dejar de defenderte de él; y aquí estoy, en un baile, detrás de un antifaz, reconociéndome entera en un hombre al que hace tres meses le tenía miedo media ciudad y yo también un poco.
—¿Y esa amiga suya? —pregunta—. ¿Va a dejar que ese hombre se acerque?
—No lo sé. Le da miedo.
—¿De qué?
—De que se le note. Lleva tanto tiempo entera que ha olvidado cómo se hace lo otro, y sospecha que, con este hombre, lo otro va a doler.
—Puede. —Se queda un momento callado—. Dígale a su amiga que a ese hombre también le da miedo.
Que lleva veinte años sin querer nada que no controle, y que ella es lo primero que no controla.
Dígale que, por una vez, los dos van a tener que decidir a ciegas, porque calcular ya no les sirve: los números, en esto, dan siempre la respuesta cobarde.
Es lo más cerca que ha estado nunca de decir lo que dice, y lo dice a través de dos máscaras, para poder negarlo mañana si hace falta.
Podría seguir así toda la noche, diciéndonos verdades a través de una tela, protegidos los dos por la coartada de que mañana podremos jurar que hablábamos de otros.
Es cómodo. Es cobarde. Es, me doy cuenta con una claridad que me molesta, justo lo que él acaba de describir: la respuesta que dan los números, y yo estoy harta de darle a mi vida la respuesta de los números.
Entonces hago algo que no había planeado, que va contra tres años de no dar nunca el primer paso, contra toda mi contabilidad: me quito la máscara.
No a medianoche, cuando toca. Ahora. Delante de él.
Me la quito y le devuelvo la cara, la de verdad, la de Xie Ci, en mitad de una frase, sin avisar.
Es lo más parecido a desnudarme que he hecho vestida, y lo hago porque estoy cansada de decir la verdad a través de una tela, y porque quiero ver qué hace él cuando le quito la coartada.
Él se calla.
Cuatro segundos. Los cuento, porque contar es lo que hago cuando algo importa demasiado para vivirlo sin más.
Uno: la sorpresa, que en él dura lo que un parpadeo.
Dos: algo que no le había visto, una vacilación, la de un hombre que tenía preparada una defensa y descubre que ya no le hace falta.
Tres: mira mi cara descubierta como si fuera la primera vez, aunque me ha visto cien veces, porque es la primera vez que se la enseño yo a propósito.
Cuatro: abre la boca para decir algo, no lo dice, y esa cosa que no dice, esa que se le queda atrapada en los cuatro segundos, vale más que cualquier frase que hubiera cabido en ellos.
En esos cuatro segundos entiendo por qué he contado siempre los silencios de este hombre y no sus palabras.
Las palabras las controla; las reparte medidas, cada una en su sitio.
Los silencios, no. Los silencios se le escapan, como se me escapó a mí la risa en el paseo marítimo, y en lo que se le escapa a una persona que lo controla todo está la única verdad que no ha tenido tiempo de maquillar.
Los he provocado yo, quitándome la máscara, y no me arrepiento, aunque mañana, quizá, me dé miedo no haberme arrepentido.
Cuatro segundos de silencio de Mo Heng. En la moneda de este hombre, que reparte el silencio como otros reparten el ruido, cuatro segundos son una fortuna, y me la ha dado entera.
No se quita la máscara. Todavía no. Pero se acerca, me pone un dedo bajo la barbilla —el único contacto de toda la noche, el primero de verdad entre nosotros— y me sostiene la cara un instante, mirándola, como quien memoriza algo por si no vuelve a tener permiso. Luego me suelta.
El dedo bajo la barbilla me dura menos de lo que dura un pensamiento, y sin embargo lo voy a recordar más tiempo que muchos abrazos enteros.
Hay un lenguaje del contacto que la gente que se toca mucho no aprende nunca y que aprenden a la fuerza los que casi no se tocan: en él, un solo dedo puede decir más que un cuerpo.
Mo Heng, que no toca a nadie, acaba de decírmelo todo con una falange.
—A medianoche —dice, y por primera vez en la noche vuelve a ser su voz, la de verdad, la que hace callar salas—. A medianoche me quito la mía. Quiero que, cuando lo haga, sea a ti a quien esté mirando.
Faltan veinte minutos para medianoche. Los voy a contar todos.