EL REY NO PIDE PERMISO CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Club Yunlu, Canglan.

El reservado del Club Yunlu es la habitación más exclusiva de la ciudad alta, y entro en ella por la misma razón por la que entro en todas partes: porque nadie tiene el valor de pedirme que no lo haga.

El maître me abre la puerta con una reverencia que le nace del miedo, no de la educación.

Dentro hay tres mesas de gente importante que, al verme, decide de golpe que sus conversaciones pueden esperar.

Elijo la mesa del fondo, de cara a la puerta, y pido un té que no voy a beberme.

He venido a estar un rato donde se cuece lo que Gui me trae luego resumido; a veces conviene oír la ciudad de primera mano.

Los que llenan estas mesas son la aristocracia de Canglan: apellidos que están aquí desde antes de que existiera el club, hombres que deciden bodas y herencias entre copa y copa.

Ninguno me saluda. Todos me registran. Sé lo que piensan, porque hace años que lo piensan y ninguno se atreve a decirlo: que un hijo del muelle no debería poder sentarse en la mesa del fondo del reservado del Yunlu con la naturalidad con que me siento yo.

Tienen razón. No debería. Que pueda es, justo, la parte que no les deja dormir.

No llevo diez minutos cuando se me acerca un hombre al que reconozco antes de que abra la boca, porque Gui me puso su ficha sobre la mesa hace dos semanas, cuando empezó a rondar a Xie Ci en los salones.

Ling Chuan. Apellido en caída, negocio en caída, sonrisa que se sostiene mejor que cualquiera de las dos cosas.

Es el hombre que hace cinco años dejó a Xie Ci en una galería, delante de cuarenta personas, con una frase que —también eso está en la ficha— ella no ha olvidado.

No lo sabe, pero lleva dos semanas siendo, para mí, un problema pendiente de resolver. Acaba de ahorrarme el desplazamiento.

Cuando Gui me trajo su ficha, la leí como leo todas: buscando la palanca.

La encontré enseguida, porque el punto débil de Ling Chuan es el mismo que su punto de partida: la vanidad de un hombre que fue algo y no soporta haber dejado de serlo.

Lo que no esperaba, al leerla, fue la línea sobre la galería.

La leí dos veces. No suelo leer nada dos veces.

Guardé el dato sin saber para qué lo guardaba, con la misma sensación incómoda con la que uno se guarda en el bolsillo una piedra que le ha gustado sin motivo.

Ahora, teniéndolo delante, empiezo a entender para qué lo guardaba.

Podría despacharlo en treinta segundos. No lo hago.

Lo dejo sentarse, lo dejo hablar, porque un hombre que viene a ofrecerte un cuchillo siempre te enseña, de paso, dónde tiene la espalda descubierta.

Cuanto más hable Ling Chuan, más aprenderé de él, y todo lo que aprenda esta noche lo usaré, tarde o temprano, en su contra.

Cree que ha venido a negociar. Ha venido a entregarse, con carpeta y todo, y ni siquiera lo sabe.

Se sienta sin que lo invite, con la confianza de quien ha ensayado esta conversación frente al espejo.

—Señor Mò. Perdone el atrevimiento. Creo que podemos sernos útiles.

—Le escucho.

Es verdad. Lo escucho. Escuchar entero al que se cree más listo que tú es la manera más barata de saber con precisión cuánto le vas a quitar.

—Conozco a los Xie desde hace años —empieza—. A la familia, a las cuentas, a los… puntos débiles. Sé cosas de esa casa que a un hombre en su posición podrían resultarle valiosas. Cómo se hunden, por dónde, quién les debe qué. Se lo cuento todo, con detalle.

—¿A cambio de?

Baja la voz, como si lo que va a decir fuera delicado y no lo más sucio que se ha dicho en esta sala en años.

—A cambio de un consejo de amigo. La señorita Xie…

no le conviene. Tiene fama, y no buena. Le está usando para volver a los salones que la echaron, y cuando haya vuelto lo dejará a usted con la etiqueta de haber sido su escalón.

Yo que usted la apartaría. Con elegancia.

Antes de que sea ella quien lo aparte a usted.

Se crece a medida que habla, como se crecen los hombres pequeños cuando creen que por fin tienen algo que ofrecerle a alguien grande. Saca una carpeta —una carpeta, en el reservado del Yunlu, como un vendedor a domicilio— y la desliza sobre la mesa. No la toco.

—Ahí tiene una muestra —dice, orgulloso—. Movimientos de las cuentas de los Xie de los últimos tres años. Lo que le entregué al banco cuando… en fin. Digamos que conozco a esa familia mejor de lo que a ellos les gustaría.

Lo que acaba de confesarme, sin darse cuenta, es que fue él quien alimentó parte de la ruina de los Xie desde dentro. Guardo también ese dato, en el mismo cajón callado donde guardo todo lo que un día servirá. Va a hacerme falta.

Hay un silencio, después de eso, que Ling Chuan interpreta como que estoy sopesando su propuesta.

No la estoy sopesando. Estoy haciendo algo que no hago casi nunca: contenerme.

Hay una parte de mí, una que no reconozco del todo y que ha aparecido estas últimas semanas sin avisar, que quiere levantarse de esta mesa y enseñarle a este hombre, despacio, la diferencia entre hundirse solo y que lo hundan.

No lo hago. La violencia es de los que no tienen mejores herramientas, y yo las tengo todas.

Aun así, me sorprende la fuerza con que esa parte empuja.

La etiqueto, deprisa, como lo que me conviene que sea: cuestión de negocios.

Ling Chuan ha intentado usarme contra alguien que está bajo mi protección. Eso se corrige. No es personal.

—Le agradezco la información —digo, y mi voz sale como sale siempre: baja, sin una arruga—. Le voy a devolver el favor con otra.

Se inclina, interesado, creyendo que hemos cerrado un trato.

—El proyecto de la terminal logística que lleva medio año persiguiendo, el que necesita para no cerrar en primavera, no va a ser suyo.

La concesión se decide el jueves. El jueves por la tarde sabrá que la ha perdido.

No sabrá por qué, así que se lo digo yo ahora, para que lo tenga claro el resto de su vida: la ha perdido esta noche, en esta mesa, en el momento exacto en que ha creído que yo le ayudaría a apartar a Xie Ci.

—No… no puede hablar en serio —tartamudea—. Esa concesión la tengo casi firmada. Hay compromisos. Hay…

—Había —corrijo, sin levantar la voz—. Los compromisos, en esta ciudad, duran lo que dura la certeza de quién va a ganar. Esa certeza ha cambiado hace tres minutos. Los que se la habían comprometido se enterarán mañana; usted, con suerte, el jueves.

No miento. La llamada que lo hará verdad la haré en cuanto salga de aquí, y bastará una, porque hace años que me basta una.

La sonrisa se le descuelga por fases, como un cartel mal pegado.

Empieza a decir algo —una disculpa, una rectificación, una de esas frases con las que los hombres pequeños intentan recomponer lo irrecomponible— y lo dejo llegar a la segunda palabra antes de cortarlo, sin subir la voz, mirándolo con la misma calma con la que miraría un número.

—Una cosa más. La próxima vez que pronuncies su nombre delante de mí, pierdes algo más que un contrato.

No aclaro qué. No hace falta. La imaginación de un hombre asustado es más cruel que cualquier amenaza que yo pudiera formular, y prefiero dejarle ese trabajo a la suya.

Se va sin terminar el té ni la frase. Me quedo solo en la mesa del fondo, con un té frío que no era para beber, repasando lo que acabo de hacer y, sobre todo, por qué lo he hecho con tantas ganas.

Me digo que ha sido orden. Que nadie usa mi nombre para hacer daño a alguien de los míos.

Que Xie Ci, esté o no bajo contrato, es de los míos mientras el contrato dure.

Es un buen argumento. Tiene una sola grieta, y la grieta es esta: hace cinco años, cuando este hombre la humilló en una galería, ella no era de los míos, no era nada mío; y, aun así, ahora mismo, lo que de verdad me ha costado no hacer no ha sido por el contrato.

Ha sido por la galería. Por cuarenta personas y una frase que ni siquiera oí y que, sin embargo, me da ganas de cobrar.

Es información nueva sobre mí mismo, y no me gusta.

Llevo veinte años sin permitir que me mueva nada que no haya decidido yo mover.

He hecho de la ausencia de impulsos una forma de arte y una forma de defensa.

Ahora resulta que una mujer a la que conozco desde hace tres semanas ha instalado en mí, sin pedir permiso, un impulso que responde a agravios que ni siquiera presencié.

Mo Zhi lo vería en un segundo. Por eso, entre otras cosas, todavía no se lo he contado a Mo Zhi.

Se lo contaré cuando encuentre la frase con la que contarlo sin que suene a lo que es.

Puede que tarde. Mi hermana, mientras, seguirá leyéndome la cara cada vez que entro en Casa Mò y fingiendo que no lee nada, que es su manera de darme tiempo.

Es la única persona que me da tiempo, y la única a la que no consigo esconderle nada, lo cual convierte su paciencia en una forma elegante de vigilancia, que es la única que consiento.

Me quedo un rato más en la mesa del fondo, dejando que el reservado recupere su ruido, observando a los apellidos que hace un momento fingían no verme y que ahora fingen no haber visto nada.

Ninguno sabe lo que acaba de ocurrir en esta mesa.

Mañana, cuando Ling Chuan empiece a caer, algunos lo intuirán.

Ninguno preguntará. En esta ciudad la discreción no es una virtud: es un instinto de supervivencia.

Ling Chuan va a tener un mes complicado.

El jueves perderá la terminal. La semana siguiente descubrirá que dos de sus tres líneas de crédito se han vuelto de pronto tímidas.

A final de mes entenderá, sin poder probarlo, que la ciudad ha decidido que su apellido pesa aún menos de lo que pesaba.

Nada de eso llevará mi firma. No hace falta que la lleve: en Canglan, cuando un hombre empieza a caer sin motivo aparente, todos saben leer, aunque nadie se atreva a decirlo en voz alta, qué mano lo empujó.

Yo no lo empujo por ella. Me lo repito de camino a casa, y casi me lo creo.