CAPÍTULO 13
Mo Heng no invita a su casa. Lo sé porque, en tres semanas indagando sobre él con la excusa de enseñarle, no encontré a una sola persona que hubiera estado en ella.
Tiene un piso en Yunlu que usa de escaparate —dirección conocida, decorador conocido, cero vida dentro— y luego tiene esto, adonde me trae esta noche sin darle importancia, como si no acabara de hacer algo que no ha hecho por nadie: dejarme entrar donde de verdad vive.
En el coche, de camino, ninguno de los dos habla mucho.
Conduce él mismo, sin chófer, lo cual ya es una rareza, y toma el desvío hacia la parte del puerto donde las grúas dan paso a unos almacenes reconvertidos que yo ni sabía que existían.
Cuanto más nos alejamos de Yunlu, más callado se pone, y no con el silencio de quien no tiene nada que decir, sino con el de quien se acerca a un sitio donde no suele llevar testigos.
Me doy cuenta de que está nervioso, y que Mo Heng esté nervioso es un fenómeno tan improbable que decido no comentarlo, por si comentándolo se rompe.
No es lo que esperaba, y llevo semanas entrenándome para no esperar nada de este hombre.
Está en lo alto de un edificio viejo sobre el puerto, sin portero de librea ni vestíbulo de mármol, con un ascensor industrial que sube despacio y una única puerta arriba.
Dentro, el techo es alto, las paredes de ladrillo visto, y una cristalera enorme lo abarca todo: las grúas, el agua negra, las luces de Yunlu al fondo, mi mundo convertido en decorado desde el suyo.
Vive mirando las dos orillas a la vez. Empiezo a pensar que no es casualidad.
Recorro el salón con los ojos, que es lo que hago siempre en un sitio nuevo, buscando lo que la gente deja sin querer: fotografías, recuerdos, esas pistas que revelan a quién quiere uno y de dónde viene.
No hay ninguna. Ni una foto, ni un objeto heredado, ni nada que no haya elegido él de adulto y por un motivo.
Es una casa sin pasado a la vista, y sin embargo no es fría, y tardo un rato en entender la diferencia: no ha borrado su historia, la ha guardado.
En algún sitio de esta casa está todo lo que aquí no se ve.
Empiezo, sin querer, a preguntarme dónde.
—Siéntate donde quieras —dice, y desaparece en una cocina abierta que, descubro con un desconcierto que me dura toda la noche, sabe usar.
No es el gesto de un rico que ha aprendido a cocinar como se aprende un idioma de vacaciones.
Se mueve entre los cacharros con la economía de quien lleva años haciéndolo solo, sin prisa y sin espectáculo, probando, corrigiendo la sal con la punta del dedo.
Me sirve un plato que no lleva nombre francés ni pretensión ninguna y que está, sin más, buenísimo.
—¿Dónde aprendiste? —pregunto.
—Nadie cocina para el crío del muelle. El crío del muelle aprende, o no come caliente.
Como en silencio, mirándolo preparar el segundo plato, y me doy cuenta de que hace mucho que no me sentía tan poco observada y tan bien acompañada a la vez.
En los salones de Yunlu, una cena es una negociación con cubiertos.
Aquí solo hay un hombre dándome de comer en el único sitio del mundo donde, sospecho, se permite no calcular.
Es la clase de intimidad que no se pacta en un contrato, y los dos lo sabemos, y ninguno lo dice, porque decirlo sería tener que decidir qué hacemos con ello.
—Esto lo hacía mi madre —dice de pronto, señalando el segundo plato con la barbilla, y lo suelta como quien deja caer algo que no tenía pensado soltar—.
Es lo único que recuerdo de ella con las manos, no con la cabeza.
El gesto de corregir la sal así, con el dedo.
Murió cuando yo tenía siete años. Mo Zhi no la recuerda; yo le cuento que era guapa y que cantaba, aunque no sé si es verdad o si es lo que un crío necesita inventarse.
La receta sí es verdad. Es lo único que me dejó, y es más de lo que dejan muchas madres.
No sé qué responder a eso, así que no respondo. Le pongo la mano un segundo sobre la suya, encima de la mesa, y la retiro antes de que ninguno de los dos tenga que decidir qué significa. Él no la aparta mientras dura. Tampoco la sigue cuando se va.
Bebe poco, noto. Una copa de vino que apenas roza.
Un hombre que ordena a una ciudad no puede permitirse perder el control ni una noche, y llevar años sin perderlo del todo deja una marca, una tensión de fondo que solo se afloja, sospecho, en muy pocos sitios.
Esta casa es uno. Empiezo a temer que yo esté empezando a ser otro, y lo más raro es que la idea, en vez de asustarme, me abriga.
Mientras él recoge, curioseo la pared de libros, que ocupa entera uno de los muros de ladrillo y que no es, como las de Yunlu, una colección comprada por metros para impresionar a visitas que nunca los abren.
Estos libros están leídos. Los lomos, gastados; las esquinas, dobladas.
Saco uno al azar y lo abro: hay notas en los márgenes, con una letra apretada y furiosa, discutiéndole al autor, dándole la razón, insultándolo a veces.
No son notas para nadie. Son las de un hombre que lee como quien pelea, a solas, sin público.
Devuelvo el libro a su sitio con el cuidado de quien ha visto algo que no le estaba destinado.
—No te pega —comento, señalando la pared.
—¿El qué?
—Leer así. Con rabia. La gente cree que eres frío. Un frío no subraya.
Se queda un momento con un plato en la mano, calculando cuánto darme, que es un cálculo que le veo hacer a menudo y que empiezo a saber leer.
—Leer fue lo primero que hice que nadie podía quitarme —dice al fin—.
En Gangxi no tienes nada que sea tuyo. Un libro robado, sí.
Lo que aprendes de él no te lo embarga nadie.
Empecé leyendo para tener algo. Seguí leyendo porque descubrí que era la manera más barata de estar en sitios donde no me dejaban entrar.
Volvemos a hablar de libros, que es terreno seguro para los dos, un idioma donde podemos decirnos cosas importantes fingiendo que hablamos de otra gente.
Discutimos sobre un autor que a él le apasiona y a mí me aburre, y descubro que discutir con Mo Heng es distinto a discutir con cualquiera: no busca ganar, busca entender por qué pienso lo que pienso, y en cuanto lo entiende, cede el punto sin drama, con una honestidad intelectual que en los salones de Yunlu costaría una fortuna encontrar.
Un hombre que ordena a otros por miedo y que, en una discusión sobre un libro, es capaz de decir «tienes razón, no lo había visto así».
Guardo también ese dato. Se me está llenando la casa de datos sobre este hombre, y ninguno cuadra con el que la ciudad cree conocer.
Es lo más personal que me ha dicho, y lo ha dicho fregando un plato, sin mirarme, para quitarle importancia. No se la quito yo tampoco. Algunas confidencias se cuidan mejor fingiendo que no lo han sido.
Al subir al baño de la segunda planta —me indica cuál con una naturalidad que agradezco— paso por delante de una puerta cerrada.
No tiene nada de particular, y por eso me fijo: en una casa tan abierta como esta, tan sin secretos aparentes, una sola puerta cerrada es una declaración.
Pruebo, sin pensarlo, con la delicadeza de una ladrona educada, el pomo.
Cerrada con llave. La única de la casa. Cuando bajo, Mo Heng me mira un segundo de más, y sé que sabe por dónde he pasado.
No dice nada. Yo tampoco. La puerta, sin embargo, se me queda dentro el resto de la noche, como se queda una pregunta que uno decide, por ahora, no hacer.
Me paso el postre imaginando qué guarda detrás de esa puerta.
Un hombre así puede esconder cualquier cosa: dinero, papeles, los secretos con los que tiene cogida a media ciudad.
Pero pienso en la casa sin fotos, en la receta de su madre, en los libros subrayados con rabia, y me da por creer que lo que hay tras esa puerta no es lo que le da poder, sino lo que le duele.
Los hombres como Mo Heng no cierran con llave lo que temen que les roben.
Cierran con llave lo que no soportan mirar.
Decido, con una disciplina que me cuesta, no volver a pensar en la puerta esta noche. Fracaso.
Volvemos a la mesa. Hablamos de cosas que no son negocios ni clases: de libros, de la ciudad, de un viaje que hizo una vez al norte y del que volvió, dice, sin ganas de volver a marcharse nunca.
Se ríe una vez —una de verdad, corta, que le quita diez años de encima— de algo que digo, y me sorprendo persiguiendo la siguiente, como quien ha probado algo raro y caro y ya calcula cómo repetirlo.
En algún momento caigo en la cuenta de que la deuda se canceló hace días, de que el contrato, mirado con lupa, ha vencido, y de que ninguno de los dos ha sacado el tema, porque sacarlo obligaría a admitir que seguimos viéndonos sin más motivo que las ganas.
Podría irme. La puerta está a diez pasos, el coche abajo, mi vida ordenada esperándome al otro lado del agua.
En vez de eso me quedo hasta tarde, aceptando un segundo té que no necesito, alargando una noche que no lleva a ninguna parte declarada, sabiendo —porque a estas alturas lo sé— que quedarme es una decisión, no una inercia.
La tomo igual. Hay tres años de prudencia detrás de mí pidiéndome que me levante.
Les gano, por una noche, y no me arrepiento.
Vuelvo tarde. Mi padre, que a estas alturas recibe del conductor un parte diario de los movimientos de su hija con una puntualidad que en otras cosas nunca tuvo, está en el estudio.
Sobre la mesa, esta noche, no hay una copa de vino: hay whisky, y del bueno, el que reserva para las noticias que no sabe si son buenas o malas.
Me ve entrar, abre la boca, la cierra, y decide, con un heroísmo del que no lo creía capaz, no preguntar dónde he cenado.
Se sirve dos dedos más. Yo le doy las buenas noches.
Los dos fingimos que el whisky es por otra cosa.