CAPÍTULO 9
Club Yunlu, Canglan.
En Canglan una noticia no existe hasta que se cuenta tres veces en tres sitios distintos, y entonces existe más que los hechos que la originaron.
La de esta semana soy yo. O, para ser exacta, somos nosotros: Xie Ci, la mujer a la que hace un mes nadie sentaba en la mesa buena, y Mo Heng, el hombre cuyo nombre nadie dice en voz alta, vistos juntos.
En el puerto. En el paseo. En la gala de los Ling —y esto es lo que ha encendido la mecha—, sentados el uno al lado del otro como si la silla llevara meses reservada.
Me llegan las versiones deformadas, como siempre, de vuelta: que si Mo Heng me ha «rescatado» de la ruina a cambio de lo que se imaginan, que si soy una cazafortunas que por fin ha encontrado una fortuna a la altura de su ambición, que si —la más generosa— he «domado a la bestia del puerto».
En ninguna de las tres versiones soy una persona; en las tres soy un papel en la función que la ciudad se cuenta a sí misma para no aburrirse.
Estoy acostumbrada: llevo cinco años siendo un papel.
Lo nuevo es que, por una vez, el papel me favorece.
Me entero de la magnitud en el Club Yunlu, adonde he vuelto después de meses porque esconderse alimenta el rumor más que dejarse ver.
En cuanto cruzo el vestíbulo noto el cambio: las conversaciones no se detienen —eso sería demasiado obvio—, bajan de intensidad, como una radio a la que alguien acaba de quitarle una raya de volumen.
Me miran distinto. Hace un mes me miraban como a un mueble con una grieta.
Ahora me miran como a un mueble que, contra todo pronóstico, podría valer dinero.
En el salón de lectura, un hombre de los Tang que hace un año no me devolvió el saludo se levanta ahora para ofrecerme su sillón, el bueno, el de la ventana.
Hace un año yo era una advertencia; hoy soy una incógnita, y las incógnitas, en Yunlu, se tratan con respeto por si acaso despejan a favor de uno.
Le doy las gracias y no me siento. Que un Tang te ofrezca el sitio bueno es un dato que conviene guardar; ocuparlo es aceptar una deuda de cortesía que preferiría no deberle a nadie de esa familia, y menos ahora que por fin me miran con algo que no es desdén.
Me cruzo, de salida de ese salón, con dos mujeres que hace un mes cuchicheaban a mi paso y que hoy me sonríen con una dulzura de emergencia.
No les devuelvo el desaire —sería rebajarme a su horario— ni la sonrisa —sería mentir—.
Les concedo una inclinación de cabeza de un centímetro, sin sonreír, y sigo.
Es el saludo que le enseñé a Mo Heng hace tres días.
Me sale solo, y me hace gracia caer en la cuenta de que, enseñándole a él a no dar explicaciones, me he recordado a mí misma cómo se hacía.
La señora Qiao, que hace un mes se afiló la sonrisa a mi costa en una azotea, se me acerca hoy con una calidez que no me molesto en creer.
—Xie Ci, querida. Cuánto tiempo. Se te ve… radiante.
—Descansada —corrijo—. Es distinto.
—Dicen cosas encantadoras por ahí. Un caballero muy… comentado.
—La gente dice. Es lo único que hace gratis.
No le doy nada, que es justo lo que va a repetir en la mesa siguiente: que no di nada, lo cual, en el idioma de este club, se traduce como confirmación.
Salgo del corrillo con la sensación de siempre y una nueva encima.
La de siempre: que en este club nadie dice lo que piensa y todos piensan lo que otro les ha dicho que piensen.
La nueva: que el rumor, esta vez, no me perjudica.
Por primera vez en cinco años la maquinaria de Canglan trabaja para mí en lugar de contra mí, y descubro, con un punto de vergüenza, que se agradece.
He odiado esta maquinaria toda mi vida adulta.
Resulta que solo la odiaba cuando me tocaba estar debajo.
Mi madre ha hecho, en una semana, un viaje que a otras personas les lleva una vida.
El lunes entró en mi cuarto pálida, con un recorte mental de todo lo que se dice de Mo Heng, a suplicarme que no me acercara a «ese hombre», que arruinaba familias, que de dónde había salido, que qué iba a pensar la gente.
El jueves, después de que dos amigas suyas le preguntaran con envidia mal disimulada si era cierto, había reescrito la historia entera.
Ahora Mo Heng es «un hombre hecho a sí mismo», «con un porvenir enorme», y «en el fondo qué más da el apellido cuando hay carácter».
Mi madre no cambia de opinión: cambia de guion según el aplauso.
—No estoy diciendo nada —dice, diciéndolo todo—. Solo que, si un hombre así se interesa por ti, una no lo espanta. Una lo… acompaña. Con prudencia. A ver adónde llega.
—Madre, hay un acuerdo. De negocios. Le enseño unas cosas, él canceló la deuda. Se acaba en tres semanas.
—Los mejores matrimonios de esta ciudad empezaron siendo acuerdos de negocios, Xie Ci. El amor es lo que se les añade luego a los que tienen suerte, o paciencia.
Mi padre, por su parte, no opina. Desde que se canceló la deuda me trata con una mezcla de gratitud y respeto asustado, como si hubiera descubierto que la hija a la que no escuchaba llevaba años siendo la única persona seria de la casa.
No me pregunta por Mo Heng. Creo que le da miedo la respuesta, o le da miedo que la respuesta lo obligue a agradecerle algo a un hombre al que preferiría, por orgullo, seguir temiendo.
Lo dice sin asomo de ironía, con la tranquilidad de una verdad heredada, y me callo, porque discutirle la definición del amor a una mujer que lleva treinta años casada con mi padre sería, además de cruel, inútil.
Ling Chuan aparece el viernes, en el club, con una sonrisa que reconozco porque me la sé de memoria: la misma con la que me dejó hace cinco años, solo que ahora apunta en dirección contraria. Se acerca con dos copas, como si los cinco años y las cuarenta personas no hubieran existido.
—Xie Ci. Estás espléndida. Me alegra verte… tan bien acompañada estos días.
—Ling Chuan. —No cojo la copa—. Sigues llegando tarde a todo. Hace cinco años llegaste tarde a dejarme con elegancia; ahora llegas tarde a fingir que no te importa que me vaya bien.
Han pasado ocho días desde la primera clase y llevamos cuatro encuentros.
Cuatro. Los cuento, lo cual ya debería decirme algo.
Se supone que le enseño a saludar, a callar, a elegir el vino, a no sostener la mirada más de la cuenta cuando amenaza sin amenazar.
Se supone que es un trabajo. Nadie me avisó de que enseñarle a alguien a moverse por tu mundo es también enseñarle a moverse por ti: que cada lección es una hora en la que otra persona te mira con toda su atención intentando aprenderte, y que a eso, después de tres años de que nadie te mire de verdad, el cuerpo se acostumbra rápido y mal.
No es casualidad que reaparezca justo ahora.
Ling Chuan lleva cinco años hundiéndose despacio —su negocio nunca se recuperó de aquel golpe que nadie supo explicar— y tiene el olfato de los que se ahogan para las tablas a las que agarrarse.
Yo, del brazo del hombre más temido de Canglan, me he convertido de pronto en una tabla.
Le sostengo la sonrisa el tiempo justo para que entienda que la tabla lo ha visto llegar y no piensa dejarse agarrar.
—Cuídate, Ling Chuan —le digo al marcharme—, y cuida ese negocio. Se te nota cansado de remar solo.
Lo veo alejarse con las dos copas todavía en las manos, sin saber a quién dárselas, y siento algo que no es triunfo ni lástima, sino una especie de asombro tranquilo ante lo poco que queda de lo que un día me pareció el fin del mundo.
Ling Chuan me rompió en una galería delante de cuarenta personas y yo me creí rota.
Cinco años después es él quien busca dónde apoyarse, y yo quien decide no ofrecer el brazo.
La ciudad no ha cambiado; he cambiado yo, que era lo único que estaba en mi mano cambiar.
Esa semana pasan dos cosas que, por separado, no significan nada.
La primera: a la señora Wen, que le contó a media ciudad que yo me había «vendido a un gánster del puerto», le cancelan sin explicaciones la exposición de arte que llevaba un año organizando.
La segunda: a un tal Ding, que en este club comparó lo nuestro con «comprar respetabilidad al peso», le retira su banco una línea de crédito que daba por hecha.
Nada grave. Nada demostrable. Coincidencias, dice la ciudad, que adora las coincidencias porque le ahorran pensar.
Yo, que no adoro las coincidencias, las anoto, y por primera vez desde que empezó todo esto una idea incómoda asoma y pide sitio: que cada vez que alguien me hiere en voz alta, a esa persona empieza a irle mal en voz baja.
Como me ocurría a mí, hace años, con una diferencia que prefiero no mirar de frente. Antes lo hacía yo.
Una noche, casi por jugar, hago una prueba.
Menciono al pasar, delante de la única amiga que me queda de las de antes, que cierto crítico de sociedad me ha dedicado esta semana una columna de las venenosas.
No pido nada. No insinúo nada. Solo lo digo, como se deja caer una moneda a ver si suena.
Cuatro días después, el crítico publica una rectificación tibia y elogiosa que nadie le ha exigido en público.
Me quedo mirando el periódico un buen rato.
Luego lo doblo, lo dejo, y decido, con la misma voluntad con la que se decide no abrir una puerta, que ha sido una casualidad.
Necesito que lo sea, porque la alternativa —que un hombre esté barriéndome los enemigos del camino sin pedir nada a cambio— se parece demasiado a algo que no me puedo permitir sentir por un contrato de tres semanas que, además, ya va por su segunda.
La descarto. Es improbable. Mo Heng tiene cosas más importantes que hacer que vigilar quién me falta al respeto en un club; y aunque las tuviera —aunque fuera él—, ¿por qué iba a molestarse en protegerme, si lo nuestro se acaba en tres semanas y es solo un contrato?
Me repito «solo un contrato» dos veces, que es una más de las que necesitaría si de verdad me lo creyera.