CAPÍTULO 8
Paseo Marítimo de Canglan.
Nunca había dado una clase, y desde luego no imaginé que la primera sería a las once de la mañana, en el paseo marítimo, a un hombre que podría comprar el paseo entero y a la mitad de los que pasean por él.
La deuda de mi padre se canceló ayer, por escrito, con una limpieza de trámite que me dejó descolocada: veinticuatro horas antes vivíamos al borde de la ruina, y hoy vivimos, sin más, al borde de otra cosa que aún no sé nombrar.
Anoche, cuando llegó el documento firmado que borraba de un plumazo la ruina de mi familia, mi padre lloró.
Mi madre abrió una botella. Yo me quedé mirando el papel con una sensación que no era alivio, o no solo: la de quien ve retirarse la marea y descubre en la arena todo lo que el agua tapaba.
Ya no tenemos la deuda. Tenemos, en su lugar, tres semanas de mí perteneciendo a un horario que decide otro.
No sé cuál de las dos cosas asusta más a la parte de mí que se asusta de algo.
Elegí el paseo por dos razones. La primera, que a esta hora está vacío: jubilados, corredores, algún turista despistado, nadie que importe, nadie que cuente después.
La segunda, más honesta, que no me apetecía darle esta clase en ninguno de los salones donde me han mirado por encima del hombro.
Si voy a enseñarle a pertenecer a un mundo que me expulsó, prefiero hacerlo en un sitio que no sea de ese mundo.
—La primera lección es la más tonta y la más importante —empiezo—. El saludo. En Yunlu, un saludo dice en dos segundos todo lo que usted es y todo lo que cree que es el otro. Se equivoca en el saludo, y ya no hay conversación que lo arregle.
—En el puerto se saluda con la barbilla —comenta él—. Un gesto hacia arriba. Significa «te veo, no somos enemigos, sigue con lo tuyo».
—En Yunlu eso significa «soy un peligro y acabo de llegar del muelle». Enséñeme cómo lo haría con, pongamos, la señora Tang.
Mo Heng se yergue, compone una versión de sí mismo que él debe de creer cordial, y ejecuta lo que en su cabeza es, sin duda, un saludo social impecable.
Inclina la cabeza los grados de un emperador recibiendo tributo, tiende la mano como quien ofrece firmar una rendición y sonríe —eso es lo peor— con una sonrisa que no le llega a los ojos y que, en vez de tranquilizar, haría que la señora Tang buscara con disimulo la salida más cercana.
—¿Qué tal? —pregunta.
—Acaba usted de saludar a la señora Tang como quien le comunica que su casa está rodeada.
—Explíqueme el error técnico —pide, sin rastro de vergüenza, como si le hubiera señalado un fallo en un balance—. No entiendo qué he hecho mal. He sido cordial.
—Ha sido correcto, que es distinto de cordial y peor. La corrección sin calidez, en un hombre de su tamaño, se lee como advertencia. La señora Tang no ha visto a un caballero saludándola: ha visto a un depredador recordándole que existe.
—En el puerto eso sería un saludo perfecto.
—En el puerto, señor Mò. Aquí el objetivo no es que le teman. Es que no sepan si deberían.
Lo intenta otra vez. Es peor. La inclinación se vuelve rígida, la mano se adelanta demasiado pronto, y el «encantado» le sale con el tono exacto con que un hombre dice «he tomado nota de su cara para más tarde».
Un jubilado que pasa a nuestro lado acelera el paso.
Lo intenta una tercera vez, concentrado como no lo he visto concentrarse en nada, frunciendo el ceño sobre el saludo con la misma intensidad con la que imagino que arruina a la gente, y el resultado es un hombre altísimo, vestido de un negro carísimo, haciéndole una reverencia de mayordomo a una farola.
Entonces me río.
No lo decido. No me da tiempo a decidirlo, que es justo lo que hace años que no me pasa.
Es una carcajada de verdad, de las que nacen en algún sitio por debajo del control, y me dobla un poco por la cintura y me obliga a taparme la boca con la mano, demasiado tarde, porque ya está fuera y él la ha oído.
Mo Heng se queda quieto. Muy quieto. No como quien se ofende, sino como quien oye un sonido que no sabía que existía y no quiere moverse por miedo a espantarlo.
Deja la farola, deja el saludo, deja la clase, y me mira reír con una atención que no le he visto poner en nada, ni siquiera cuando desmontaba a mi padre en su despacho.
Es la mirada de un hombre que acaba de encontrar algo que no buscaba y todavía no sabe que ya no va a poder devolverlo.
—Nunca la había oído reír —dice, y lo dice como quien constata un dato, no como quien busca un cumplido.
—No suelo dar motivos. Usted acaba de darme el primero en mucho tiempo, y encima gratis.
—¿Es una queja?
—Es una observación. En este mundo, señor Mò, aprenderá a distinguirlas. Casi nunca son lo mismo.
No sonríe —no sabe todavía, y quizá sea mejor así—, pero algo en su cara se afloja un grado, y por un segundo el hombre al que teme media Canglan y la mujer a la que evita la otra media se quedan callados en un paseo vacío, sin saber muy bien qué hacer con el silencio que acaban de fabricar juntos.
Me recompongo, claro. Llevo tres años recomponiéndome; es lo que mejor se me da.
Pero durante un segundo, antes de recuperar la cara, siento algo incómodo y luminoso a la vez, y es esto: que hace mucho que nadie me hacía reír sin querer, y que llevaba tanto tiempo administrando cada gesto que había olvidado que reír de verdad también es una cosa que le pasa al cuerpo sin pedirle permiso a la cabeza.
A unos treinta metros, en un banco, mi padre finge leer un periódico que sostiene del revés.
Ha insistido en venir «por casualidad», como si el paseo marítimo le pillara de camino a algún sitio al que no va nunca.
Lleva paraguas. No hay una sola nube en todo el cielo de Canglan, ese azul lavado de noviembre que no engaña a nadie, y mi padre ha traído paraguas, porque en su cabeza vigilar a un hombre peligroso y llevar paraguas pertenecen a la misma categoría de precauciones sensatas.
Decido no verlo. Es el regalo más grande que puedo hacerle hoy.
Le pido que lo practique con alguien real.
Una señora mayor pasea a un perro diminuto por el paseo, y Mo Heng, obediente, le dedica su nueva inclinación de un centímetro sin sonrisa.
La señora se detiene, lo mira de arriba abajo y, en vez de asustarse —que era mi temor—, se ruboriza como una colegiala y le pregunta si nos conocemos de algo.
El perro le gruñe. Es, en resumen, un éxito parcial: hemos conquistado a la dueña y perdido al perro, que al menos tiene criterio, y que, a diferencia de su dueña, no se deja impresionar por un traje caro.
—Segunda regla del día, ya que estamos —añado—. Cuando alguien le haga un cumplido, no lo agradezca demasiado. En Yunlu, agradecer mucho un halago confiesa que uno lo necesitaba. Recíbalo como quien recibe una factura ya pagada: con una inclinación mínima y un cambio de tema.
—¿Aunque el cumplido sea sincero?
—Los cumplidos sinceros son los más peligrosos de todos, porque son los únicos capaces de moverle a uno la cara. De esos, señor Mò, defiéndase el doble, que son los que dejan cicatriz.
Me mira un momento más de la cuenta, como si sospechara que esa regla no la he aprendido enseñando, sino perdiendo. No se equivoca. No se lo confirmo; hay lecciones que se enseñan mejor calladas.
—Otra vez —digo, cuando recupero la voz—. Esta vez no salude. Solo incline la cabeza, un centímetro, y no sonría. Usted no necesita gustar. Necesita que no sepan si les conviene caerle bien. Eso ya lo hace sin esfuerzo; solo tiene que dejar de estropearlo con la boca.
Lo hace. Un centímetro, sin sonrisa, y por primera vez en toda la mañana parece lo que es: un hombre ante el cual conviene tener cuidado.
—Mejor —concedo.
—¿Solo mejor?
—En este mundo, señor Mò, un «mejor» dicho por la persona adecuada vale más que el aplauso de la sala entera. Acostúmbrese a cazar los «mejor». Son la moneda de verdad.
Más tarde, cuando Mo Heng se ha ido, mi padre se acerca al fin, con el paraguas todavía bajo el brazo y una pregunta que lleva media mañana ensayando en el banco.
—¿Es… buena persona? —dice, y en su boca la pregunta suena tan absurda que casi le tengo cariño.
—Es un hombre que compró tu ruina para tener con qué negociar, padre. «Buena persona» no es la categoría.
—Pero contigo…
—Conmigo tiene un contrato. Guarda el paraguas. Vas a hacer que llueva de tanto invocarlo.
Sonríe, aliviado sin motivo, y guarda el paraguas. Es la primera vez en meses que le veo hacer una broma, aunque sea a su costa. Se la dejo. A veces dejar ganar a alguien es la única ternura que sé ofrecer.
Camino de vuelta pienso en lo poco profesional que ha sido reírme y en lo mucho que me ha costado, estos tres años, no tener a nadie con quien bajar la guardia ni un centímetro.
Me he pasado ese tiempo enseñándole a la ciudad que no me hace daño porque no me toca, y ahora aparece un hombre que ni lo intenta, que me pide que le enseñe a pertenecer y consigue, sin proponérselo, recordarme que debajo de la mujer que no se ríe hay otra que sí sabía hacerlo.
No me conviene. Lo anoto en la lista de las cosas que no me convienen, que crece más rápido de lo que me gustaría, y que ya no sé si estoy apuntando problemas o coartadas.
Seguimos una hora más. Aprende rápido, más rápido de lo que me gustaría, porque un hombre que aprende rápido deja pronto de necesitarte. Cuando nos despedimos lo hace bien: la barbilla quieta, la distancia justa, ni una palabra de más. Ha entendido la lección.
Yo también he entendido una, aunque no figuraba en el temario y no pienso decírsela a nadie: que puedo enseñarle a saludar, a callar, a moverse por mis salones como si hubiera nacido en ellos. Lo que no voy a poder enseñarme a mí misma, a estas alturas, es a no reírme cuando lo consiga.