CAPÍTULO 3
Casa de los Xie, Yunlu.
Mi padre tiene un despacho que usa para todo menos para trabajar, y esta tarde lo encuentro en él por primera vez en años con la puerta cerrada. Una puerta cerrada, en esta casa, nunca ha significado concentración. Significa que algo se ha roto y que él ha decidido no mirarlo de frente.
Cuando entro, no levanta la cabeza. Sobre la mesa hay un sobre abierto con el membrete de un bufete que no es el nuestro y tres cartas del banco que llevan, a juzgar por el polvo del filo, días sin abrirse.
Las abro yo. Mi padre no protesta: hace mucho que delegó en mí la parte fea de su propia vida, esa en la que hay que leer lo que uno preferiría no saber.
Las cartas dicen lo que dicen las del banco cuando ya es tarde: requerimientos, vencimientos, un lenguaje cortés diseñado para que la ruina suene a trámite.
En el sobre del bufete hay una copia del aval que mi padre firmó hace cuatro años, con su rúbrica generosa al pie, esa firma de hombre que cree que firmar es un gesto elegante y no una soga que uno se ajusta solo.
El socio se llamaba Du. Lo recuerdo: cenó en esta casa, elogió el vino y se rió de mis preguntas cuando quise saber, con veinticuatro años y demasiada educación, por las garantías.
Hoy el señor Du no contesta al teléfono, y la soga la llevamos puesta nosotros.
Podría odiar a mi padre por esto; sería lo cómodo. He decidido, en cambio, gastar esa energía en algo que sirva, porque el rencor no ha pagado una factura en toda la historia y yo tengo una factura imposible esperando.
En esta familia el dinero lo cuento yo. No por título —el título lo lleva mi padre, junto con el apellido y la afición a no abrir los extractos—, sino porque hace tiempo decidí que prefería el insomnio de saber al sueño tranquilo de los que firman sin leer.
Por eso, cuando el banco llama dos veces en una misma tarde y mi padre no contesta, soy yo quien devuelve la llamada.
La mujer del banco es amable de esa forma acolchada que solo se emplea para dar malas noticias.
Hay un aval cruzado de hace cuatro años: mi padre garantizó con el patrimonio familiar las deudas de un socio que ya no le devuelve las llamadas.
Un impago en cadena ha ido arrastrando vencimientos como una bola de nieve, hasta que un acreedor ha comprado toda la posición y se ha convertido, de golpe, en el dueño de nuestra ruina.
Me lo explica con un hilo de voz: «No es una entidad, es un particular».
Le pido el nombre. Me responde que no figura en el expediente que ella maneja.
Le pido la cifra. Me da un número que tengo que hacerle repetir, no porque no lo haya oído, sino porque mi cabeza se niega a colocarlo en ningún sitio razonable.
—¿Y qué ocurre si no llegamos al plazo? —pregunto, aunque conozco la respuesta de los manuales.
—El acreedor ejecutaría el aval. La casa, la participación de su padre en la naviera, las cuentas vinculadas. Todo, señorita Xie. Lo lamento de veras.
Le doy las gracias, porque no es culpa suya, y cuelgo antes de que sienta la necesidad de seguir lamentándolo.
Hago lo único que sé hacer cuando el suelo se mueve: cuentas.
Sumo lo que tenemos, resto lo que parece nuestro y no lo es, divido por el plazo.
El resultado no cambia lo mire por donde lo mire.
La cifra no cabe en el tiempo que nos dan.
No es una deuda que se pague: es una deuda diseñada para no pagarse, de las que no persiguen el dinero sino al deudor.
Alguien no busca cobrar. Alguien busca tener a mi padre.
Mi madre lo intuye por mi cara antes de que abra la boca, que para eso ha pasado treinta años leyendo la de mi padre y aprendiendo a temer las malas noticias.
Cuando le pongo la cifra delante, no grita.
Se sienta despacio, como si las piernas hubieran tomado la decisión por ella, y se queda mirando un punto de la alfombra que no tiene nada de particular.
—Tu padre dijo que estaba resuelto —murmura.
—Mi padre dice muchas cosas.
En el umbral, mi padre se sirve la cuarta copa de la tarde con el pulso de quien lleva horas ensayándolo. No me mira. Mira el líquido subir por el vaso, que de un tiempo a esta parte es lo único que consigue mirar de frente.
—No es para tanto —le comenta a nadie—. Estas cosas se hablan. Se llega a un acuerdo.
—Con esta cifra no se llega a un acuerdo —replico—. Se llega a una rendición.
Mi madre rompe a llorar sin ruido, que es como llora la gente que aprendió de joven que el llanto con ruido molesta a los invitados.
La miro y siento la cosa de siempre, esa mezcla de ternura y de rabia por tener que ser yo, otra vez, la única adulta de una habitación llena de adultos.
No se lo digo. Le pongo una mano en el hombro, que en el idioma de esta casa equivale casi a un abrazo, y la dejo llorar lo que necesite.
Me vuelvo hacia mi padre.
—¿Sabías la cifra exacta?
—Sabía que había un problema.
—Un problema es una gotera, padre. Esto es el tejado entero dentro del salón.
Da un sorbo largo, como si la respuesta estuviera en el fondo del vaso.
—Du me dio su palabra.
—La casa, la naviera, el apellido: diste tú todo lo que no era tuyo para darlo.
No se defiende. Nunca se defiende; esa es su manera de pedir que no insista. La rabia se me afloja en algo más feo y más cansado, porque gritarle a un hombre que ya se ha rendido es como pegarle a la lluvia.
—Los Gu tienen un hijo —apunta entonces, y la frase se queda flotando en el salón como un globo que nadie quiere ser el primero en pinchar—. Chengze. Es educado. Te ha mirado más de una vez.
—Madre.
—Solo digo que hay soluciones que no pasan por que tú salgas a ninguna parte a hacer de hombre de la casa.
—La solución que propones pasa por que yo me venda mejor de lo que se vendió mi padre —contesto, y me arrepiento del filo en cuanto lo veo aterrizar en su cara—. Perdona. No quería decirlo así.
No me responde. Mi padre tampoco. El silencio, en esta casa, siempre ha sido más elocuente que sus habitantes.
Esa noche no duermo, lo cual no es noticia. Hago lo que mejor se me da: preguntar. No al banco —ya me ha dicho lo poco que sabe—, sino a la red de gente que me debe favores pequeños y que, sumados, forman el único patrimonio que de verdad controlo en esta ciudad.
La primera llamada es a una antigua compañera de internado que hoy gestiona fortunas ajenas y que me debe el silencio sobre cierto verano.
No tiene el nombre, pero sabe quién podría tenerlo.
La segunda es a un periodista de economía al que evité una vez publicar algo de lo que se habría arrepentido: me confirma que media ciudad financiera lleva un mes hablando en voz baja de un particular que compra deudas de viejos apellidos como quien colecciona llaves de casas ajenas.
No me da el nombre. Me dice que prefiere no ser él quien me lo dé, y su miedo me informa más que cualquier nombre.
El último contacto no me responde de viva voz: me llega un mensaje escueto, de un número que se borrará en cuanto lo lea, «El particular es Mò; no me has preguntado y yo no te he contestado».
Mo Heng.
El hombre que no baja los ojos es el hombre que tiene a mi familia cogida por el cuello. La ciudad, tan aficionada a las simetrías crueles, debe de estar encantada con esta.
Antes de dormir lo poco que voy a dormir, hago lo que haría con cualquier adversario: una ficha.
Lo que sé de Mo Heng cabe en pocas líneas, y todas inquietan.
Salió de Gangxi sin nada. No tiene socios, tiene gente que le debe.
No negocia dos veces, y ha comprado una deuda que no necesita para sujetar a un hombre que sí.
Quien colecciona deudas de viejos apellidos no persigue dinero: persigue lo que el dinero de los Shen y los Wei nunca le darán por las buenas.
Posición. La nuestra, en este momento, la tiene él en la mano.
Me acerco a la ventana del despacho. Desde aquí no se ve el puerto —los Xie llevamos dos generaciones de espaldas al agua, como si el dinero oliera mejor cuanto más lejos de donde se gana—, sé que está ahí, sin embargo, al final de la ciudad, con sus grúas encendidas toda la noche.
Mañana bajaré hasta esas grúas. Resulta extraño: llevo la vida entera en Yunlu y jamás he pisado Gangxi.
Mo Heng hizo el camino contrario, de los muelles a las azoteas, y le costó diez años.
Yo pienso hacerlo en un trayecto en coche, antes de que amanezca, y pienso entrar por mi propio pie, no arrastrada por una deuda.
Mi madre quiere llamar a los Gu, que tienen un hijo soltero y la delicadeza de no haberlo escondido nunca. Mi padre quiere llamar a un abogado y, me temo, a otra botella. Yo no pienso llamar a nadie.
Entiendo a mi madre. En su mundo, una mujer resuelve una ruina casándola: convierte el problema en otro apellido y asunto cerrado.
Es lo que le enseñaron, lo que vio hacer a la suya, lo único que sabe ofrecer.
Le agradezco la intención y no pienso seguirla; no porque me sobre el orgullo —el orgullo es caro y yo ya no puedo permitírmelo—, sino porque casarme con un Gu para tapar la deuda de un Xie sería cambiar de dueño y llamarlo solución.
A un acreedor que diseña una deuda para poseer a un hombre no se le vence con un bufete ni con una boda de conveniencia: se le mira a la cara y se le pregunta, sin rodeos, qué quiere de verdad.
Esa pregunta no la va a formular mi padre, que ya ha demostrado lo que ocurre cuando firma, ni mi madre, que confunde un yerno rico con una solución.
La voy a formular yo.
Mañana, a primera hora, iré al puerto. Sola, sin chófer y sin avisar a nadie. Voy a entrar en el territorio de Mo Heng igual que él entró anoche en el mío: sin que me inviten.