CAPÍTULO 2
En diez años he aprendido que a las fiestas de Yunlu no se llega: se entra. La diferencia está en quién cambia de cara cuando lo haces.
Esta noche he venido por un hombre que me debe más dinero del que podrá devolverme jamás, y esa es justo la cantidad que me interesa.
Xie Jingtang. Apellido viejo, caja vacía: la combinación que más me gusta encontrar, un hombre con suficiente nombre para abrir puertas y suficiente ruina para necesitar que se las abra yo.
Compré su deuda hace tres semanas a un banco que se alegró de quitársela de encima.
Él todavía no lo sabe. Esta noche empieza a saberlo.
No me gusta el ruido, así que no he venido a montar ninguna escena.
He venido a estar. A que Xie Jingtang me vea de lejos y empiece, sin saber bien por qué, a dormir peor.
La información funciona así: pesa más cuando el otro intuye que la tienes y aún ignora cuánta.
Llevo años cobrando deudas, y la mayoría se pagan solas en cuanto el deudor entiende quién las ha comprado.
Cruzo la terraza y noto, sin necesidad de mirarlos, cómo se reorganiza la sala a mi paso.
Un hombre se ajusta la chaqueta. Una mujer interrumpe una frase por la mitad.
Dos camareros descubren de pronto algo urgentísimo que hacer en la otra punta.
No he pronunciado una palabra; no hace falta.
Hace años que el ruido lo hacen los demás por mí.
Elijo un sitio junto a la barandilla, de espaldas al vacío y de cara a la única puerta de la azotea, porque hay costumbres que no se negocian: nunca me coloco donde no pueda ver quién entra.
Gangxi me enseñó esa lección y no me la ha desenseñado nadie.
Un hombre se desprende de su corrillo y viene hacia mí con la sonrisa puesta antes de llegar. Lo ubico de nombre: un constructor que orbita a los Gu, de los que hace tres años me habrían cruzado de acera y hoy cruzan la terraza para estrecharme la mano.
—Señor Mò. Qué honor tan inesperado. Si necesita cualquier cosa esta noche, lo que sea, no tiene más que decírmelo.
—Le agradezco el ofrecimiento. —No le tiendo la mano—. Lo tendré presente.
Se aleja convencido de que ha hecho un amigo. No lo ha hecho. «Lo tendré presente» es lo que le digo a la gente cuya utilidad aún no he decidido, y él, que mide su mundo en apretones de manos, no sabe leer la diferencia. A mi lado, Tan esconde media sonrisa en el whisky que no piensa beberse.
Más allá, un hombre de los Shen me localiza, palidece lo justo y decide que necesita aire en la otra punta de la terraza.
Me debe un favor de hace dos años, de los que no se saldan en dinero, y vive cada encuentro como si esta fuera la noche en que pienso cobrárselo.
No es esta noche. Que lo crea posible ya trabaja para mí: un hombre que te teme te ahorra tener que recordarle nada.
Saludo con la cabeza a un Wei que preside no sé qué comisión y que me lo devuelve midiendo cuánto le conviene que nos vean juntos.
Los viejos apellidos de Yunlu son todos iguales: los Shen con su banca, los Wei con sus despachos y sus tribunales, los Tang abriendo y cerrando las puertas de los salones, los Gu comprando con dinero nuevo la respetabilidad que no se vende.
Llevan generaciones repartiéndose la ciudad como una herencia.
Yo llegué sin invitación al reparto, y eso es lo que de verdad no me perdonan.
Mi hermana dice que llegará el día en que estos apellidos me inviten al reparto por miedo, y que ese día habré ganado y perdido a la vez.
Mo Zhi tiene la costumbre de tener razón antes que yo, lo cual resulta agotador y es la razón por la que la escucho.
Esta noche no ha venido: las fiestas la aburren y los planes los prefiere sobre plano.
Ya le contaré lo del padre. No pienso contarle lo de la hija.
—Está junto al cuarteto —murmura cuando el constructor se ha ido—. Lleva tres copas. La mujer es su esposa. La hija no ha venido.
—¿Lo has visto tú?
—Me lo han dicho.
«Me lo han dicho» no es lo mismo que «lo he visto», y los dos lo sabemos. Tan no se justifica; corrige.
—Voy a confirmarlo.
Localizo a Xie Jingtang sin esfuerzo: es el único hombre de la terraza que bebe como si el champán fuera a acabarse, y la noche también.
Tiene la cara blanda de quien ha tomado siempre el camino corto y descubre tarde que todos los caminos cortos cobran intereses.
No siento nada parecido al desprecio mirándolo.
El desprecio es un lujo de los que han tenido elección.
Xie Jingtang nació con todas las puertas abiertas y se las ha ido cerrando él solo, copa a copa, firma a firma; yo nací sin ninguna y tuve que arrancar los goznes. No somos lo mismo, ni de lejos.
No hago esto por el dinero de Xie Jingtang, que es calderilla en mis cuentas.
Lo hago porque un hombre con su apellido y sus contactos, bien sujeto, vale más que cualquier cifra: abre salones donde a un hijo de Gangxi todavía le miran los zapatos antes que la cara.
El dinero dejó de ser el objetivo hace años.
El objetivo es no volver a depender de que nadie me abra una puerta.
Lo observo lo justo para confirmar lo que ya sabía. Mañana le haré llegar el primer mensaje. No una amenaza —las amenazas son de gente que aún necesita asustar—, solo un número y una fecha. El número que me debe. La fecha en que deja de poder fingir que no me conoce.
Me acerco a Xie Jingtang lo suficiente para que note el cambio de temperatura, sin llegar a tocarlo.
No me presento; no tengo nada que decirle todavía, y las palabras vienen después, cuando ya no hacen falta.
Paso a su lado camino de ninguna parte, dejo que mi atención se pose un segundo en él, y veo lo que esperaba ver: abandona la copa en la mesa más próxima sin terminársela y mira alrededor como quien ha sentido una corriente de aire y no encuentra la ventana abierta.
Esta noche solo le he dejado una intuición.
Las intuiciones, bien sembradas, trabajan más que las amenazas.
Es la clase de trabajo que prefiero: invisible, paciente, sin una sola huella.
Nadie podrá decir jamás que amenacé a Xie Jingtang.
Nadie lo vio. Solo se vio a un hombre dejar una copa a medias en una fiesta, que es lo que hacen los hombres nerviosos, y un hombre nervioso ya ha empezado a perder antes de saber contra quién juega.
Hay una mujer junto a la barra que no ha bajado los ojos.
Lo advierto porque todo el mundo los baja —medio segundo, lo justo para fingir después que no lo ha hecho—, y ella no.
Sostiene una copa que no piensa beberse, con los dedos en el tallo, y me observa cómo se observa un dato que no encaja en la hoja: sin miedo, sin calcular cuánto puede sacar de mí, sin esa deferencia que me cansa más que el odio.
Me mira como a un igual al que todavía no ha decidido si vale la pena.
En Gangxi, de crío, la gente me miraba de dos maneras: con miedo, si me debían algo, o con cálculo, si querían usarme para algo.
En Yunlu es idéntico, solo que con mejor ropa.
He construido un imperio entero a base de ser, para todos, una amenaza o una oportunidad.
Esta mujer, que no sabe quién soy o no le importa, me mira como si fuera, sin más, alguien que merece la pena entender.
No tengo casilla para eso. Hace diez años que nadie me mira así.
Hace más: no recuerdo que nadie me haya mirado nunca así.
Le devuelvo la mirada, porque no hacerlo sería concederle algo.
Ella no aparta la suya. Dura lo que dura un acuerdo tácito entre dos personas que acaban de reconocerse sin saber todavía en qué.
Lo rompo yo, porque un contacto se acerca con un recado y porque tengo por norma cerrar yo los paréntesis que abro.
El recado es menor; lo despacho en dos frases. Cuando vuelvo a buscar la barra con la mirada, sigo dándole vueltas a una pregunta que no me hacía desde hacía mucho: por qué me interesa más la mujer de la copa intacta que el hombre al que he venido a arruinar.
—Tan. —No giro la cabeza—. La mujer de la barra, la del vestido color ceniza. ¿Quién es?
Tan tarda más de lo que tarda en saber cualquier cosa. Cuando responde, lo hace con el cuidado de quien deja un vaso lleno sobre una mesa que cojea.
—Me he equivocado antes, jefe. Esa es la hija.
Xie Ci. La hija que no había venido.
La hija de mi deudor. La pieza más limpia de mi plan acaba de adquirir una cara que no me conviene recordar.
Debería alegrarme: una palanca más, una presión más sobre Xie Jingtang, porque un hombre hace cualquier cosa por una hija que mira de frente.
Lo pienso, lo calculo, y por primera vez en diez años la conclusión correcta me sienta mal.
No me detengo en ello. Los sentimientos que estorban se archivan igual que los que sirven; la diferencia es que estos se revisan menos.
Miro otra vez hacia la barra. El sitio está vacío: se ha ido sin que yo la viera marcharse, y eso —que alguien salga de una habitación sin que yo lo registre— no me ocurre desde Gangxi.
Me quedo con el whisky de Tan en la mano, sin probarlo, contemplando el hueco que ha dejado en la terraza una mujer que no baja los ojos.
—¿Mandamos el mensaje al padre por la mañana? —pregunta Tan, que ha aprendido a leerme las pausas.
—Mándalo.
—¿Algo para la hija?
Lo miro. Tan no pregunta cosas inútiles; si lo pregunta, es que ya ha visto lo que yo no quería que se viese.
—Todavía no.
«Todavía no» tampoco es «no», y los dos lo sabemos.
El plan sigue siendo limpio. No se ha movido una sola pieza del tablero.
Lo único que se ha movido, sin pedirme permiso, está dentro de mí.
Por primera vez en diez años hay algo en esta ciudad que quiero entender antes que poseer, y no me gusta lo que eso anuncia.
Apuro la noche con la certeza incómoda de que mañana, cuando le haga llegar el número y la fecha a Xie Jingtang, no estaré pensando en el padre.
Estaré pensando en quién irá a abrirme la puerta.