CAPÍTULO 1
Hay una forma de sostener una copa que avisa a toda la sala de que una no piensa beber de ella, y yo la domino desde hace tres años.
Los dedos en el tallo, nunca en el cuerpo.
El champán intacto, a temperatura de olvido.
La mirada por encima del borde, no a través de él.
Es un idioma que en Yunlu entiende todo el mundo, y significa: estoy aquí, lo veo todo, no me hagáis hablar si no queréis oír la respuesta.
La azotea de los Bai cuelga treinta plantas sobre el agua, y desde aquí las grúas de Gangxi parecen juguetes que alguien apagó hace rato.
Bai Ruoxi ha contratado un cuarteto, ha encargado orquídeas que mañana estarán muertas y ha distribuido a sus invitados por la terraza con el cuidado de quien coloca figuras en una vitrina.
A mí me ha situado cerca de la barra, que es donde se pone lo que no se sabe dónde poner.
Llevo tres años siendo la invitada que sobra en todos los salones de la ciudad alta.
No la que molesta: la que incomoda, que es distinto y peor.
La gente me saluda con una cortesía de pinzas y se aparta, porque corre la voz —y la voz, en Yunlu, es lo único que de verdad circula— de que no respondo en caliente y de que la última persona que me humilló dejó de recibir invitaciones sin entender jamás por qué.
No lo confirmo. Tampoco lo desmiento. Una reputación bien administrada trabaja sola.
Desde la barra se ve mejor que desde ningún otro punto de la terraza, y no por azar: al que sobra lo colocan siempre donde puede observarlo todo, que es la venganza que los anfitriones conceden sin saber que la conceden.
Leo la sala como otros leen el periódico.
Los Wen cortejan a los Shen y lo disimulan fatal.
La mujer del concejal lleva dos copas de más y una sonrisa que se le cae a plazos.
El joven heredero de los Gu hace su ronda repartiendo encanto con la misma prodigalidad con que un comercial reparte tarjetas.
Cada gesto es una transacción. Yo no participo en este mercado desde hace tres años, lo cual no me impide conocer la cotización de cada uno mejor que ellos mismos.
—Xie Ci. —Lin Wan se acerca con la cautela de quien se aproxima a algo que muerde pero que, de vez en cuando, conviene tener cerca. Es joven, ambiciosa, y todavía no ha aprendido a esconderlo—. Dicen que tú sabes quién va a sentarse en la mesa de los Tang el mes que viene.
—Dicen muchas cosas.
—¿Y es verdad?
La observo un momento. Tiene futuro, esta chica: pregunta de frente, sin envolverlo en cumplidos que no siente.
—Siéntate a mi lado en el almuerzo de los Wen del jueves y te lo cuento —respondo—, y aprende de paso algo más útil que un nombre: a quién le conviene que te vean escuchando.
Lin Wan asiente como si le hubiera hecho un regalo, y en cierto modo se lo he hecho.
La gente cree que carezco de poder porque no tengo marido ni empresa.
Lo que tengo es información, y la información, bien administrada, abre más puertas que un apellido.
A mi padre le costó una fortuna aprender esa lección.
A mí me costó una humillación, que sale más barato y enseña más rápido.
Mi padre está en la otra esquina de la terraza, junto a la cristalera, con una copa que se renueva sola cada vez que lo miro.
Lleva semanas bebiendo como quien apaga un fuego que no enseña a nadie.
Se lo achaco a los negocios, que es lo que se le achaca todo a los hombres de su generación, y aparto la vista antes de que la preocupación se me note.
En esta casa, el que se preocupa en voz alta pierde, y yo aprendí a no perder hace mucho.
El joven Gu, Chengze, completa su ronda y la remata, como siempre, en mí, porque soy el único reto de la sala.
—Xie Ci. Siempre la mujer más interesante de la fiesta, y siempre la primera en marcharse.
—Las dos cosas están relacionadas, Chengze.
Se ríe, encantado, sin advertir que no era un cumplido.
—Algún día aceptarás cenar conmigo.
—Algún día tendrás una conversación que yo no haya previsto entera. Empieza por ahí.
Lin Wan, a tres pasos, lo ha oído todo y toma nota. Bien. Que aprenda que a un Gu no se le dice que no con un portazo, sino con una puerta que parece abierta y nunca lo estuvo del todo.
Bai Ruoxi me observa desde el otro extremo de la terraza con la cara de quien calcula si invitarme fue un error de relaciones públicas o un acierto de morbo.
Se inclina hacia la mujer de la firma de joyería que patrocina la noche y le murmura algo al oído sin dejar de mirarme.
No necesito oírlo: le leo los labios lo justo.
Solterona, y un adjetivo que su madre no le enseñó.
La firma de joyería se llama Luán. Lo archivo, sin rencor y sin prisa, en el sitio donde guardo las cosas que un día encuentran su momento.
El aire de la terraza cambia sin que nadie dé la orden.
No es que se haga el silencio —en Yunlu nunca se hace del todo, sería de mala educación—, es que las voces bajan medio tono, como una marea que se retira sin avisar.
El cuarteto sigue tocando y suena más lejos.
Un camarero se queda quieto con la bandeja a media altura.
Levanto la vista de mi copa intacta por la única razón por la que la levantaría: porque algo, en esta sala que me sé de memoria, acaba de dejar de funcionar como siempre.
Hay un hombre en la entrada de la azotea que no estaba en la lista de Bai Ruoxi.
Lo sé porque conozco la lista —conozco todas las listas— y porque, de haber figurado en ella, alguien me habría avisado de que esta noche valía la pena venir.
Es alto, vestido de un negro que no busca elegancia sino ausencia de ruido.
No saluda a nadie. No busca al anfitrión.
Avanza por la terraza como avanza la gente que no ha tenido que pedir permiso para entrar en ningún sitio desde hace mucho, y la sala entera lo sabe sin que él lo anuncie.
A mi lado, un hombre que hace un instante reía deja de reír. Otro se ajusta la americana sin necesidad. Oigo el apellido antes que el nombre, en el murmullo de dos mujeres que aparentan seguir hablando de su crucero.
—¿Ese es…? —No digas el nombre aquí.
Así que es él. Mo Heng.
He oído hablar de Mo Heng lo que se habla de las cosas que dan un poco de miedo y mucha envidia: que salió de los muelles de Gangxi sin un yuan y sin un apellido que abriera ninguna puerta, y que hoy media ciudad alta le debe favores que preferiría no deber.
En Yunlu, donde el linaje se hereda y la posición se mama desde la cuna, un hombre así no debería existir.
Existe. Lo que más irrita a esta terraza no es que exista, sino que haya dejado de pedir permiso para hacerlo.
Pasa lo bastante cerca de la barra como para que me alcance su rastro: cedro y té negro, con un fondo de tabaco que no ha llegado a encenderse. No es un perfume pensado para gustar. Es un perfume pensado para recordarse.
Antes de llegar a la barra, su mirada recorre la terraza una vez, sin prisa, como quien pasa lista.
Se detiene una fracción de segundo en mi padre —lo justo para que mi padre, que no lo ha visto llegar, deje la copa en la mesa más cercana sin terminársela— y continúa.
No le doy importancia. Esta noche me arrepentiré de no habérsela dado.
Entonces me mira. No como la señora Qiao, midiendo cuánto queda de mi cotización en el mercado de los salones.
No como Bai Ruoxi, calculando el morbo de la velada.
Me mira como se mira un movimiento inesperado en un tablero que uno creía controlar: con atención real, sin cálculo previo, con algo que en otro hombre llamaría sorpresa y en este todavía no sé nombrar.
Le sostengo la mirada, porque bajar los ojos es un idioma que no hablo.
Él tampoco los baja. Dura lo que duran tres segundos largos. En Yunlu, eso es una declaración.
Lo rompe él, no yo. Un hombre se le acerca con una deferencia que no se aprende en ninguna escuela, le habla al oído, y Mo Heng aparta la vista de mí como quien cierra un paréntesis que piensa abrir más tarde.
Regresa el ruido a la terraza, medio tono por encima, y el camarero recuerda que sostiene una bandeja.
La sala respira. Yo me he quedado sin saber, por una vez, qué acabo de ver.
Cuando se ha ido, la terraza tarda en recomponerse del todo.
Oigo retazos a mi espalda mientras me dirijo al ascensor: que si vino por alguien, que si nadie se atreve a preguntarle qué hacía aquí, que si la última empresa que le cerró una puerta amaneció un lunes sin línea de crédito y sin explicaciones.
Nadie sabe si es cierto. Todos lo repiten.
Así se levanta el miedo en Yunlu: no con hechos, sino con frases que nadie ha comprobado y nadie se atreve a desmentir.
Me marcho antes que nadie, que es el único lujo que me concedo en estas noches: irme cuando todavía preguntan por qué me he ido.
En el ascensor, treinta plantas de descenso con mi propio reflejo por toda compañía, me sorprendo pensando no en la velada que dejo atrás, sino en un hombre que no aparta la mirada.
Lo guardo donde guardo lo que no entiendo, en el cajón de lo que habrá que revisar con calma.
Hay una soledad concreta en ver siempre antes que los demás: te ahorra las sorpresas y te quita la compañía a partes iguales.
Hace tres años decidí que prefería ese trato al contrario, y no me he arrepentido ni una sola noche.
Esta es la primera en que, bajando en un ascensor de espejos, me pregunto si lo decidí yo o lo decidieron por mí.
A la mañana siguiente, la firma Luán comunica a Bai Ruoxi que reorganiza su calendario de patrocinios y que, lamentándolo mucho, no podrá acompañar su próxima velada por una reestructuración interna.
Nadie relaciona las dos cosas. No hay nada que relacionar: una mujer murmuró un adjetivo en una azotea y, dos días después, una marca cambió de planes. La ciudad rebosa de coincidencias así.
Yo no bebo champán. Esa mañana, con el café, brindo sola.