EL REINO DE LOS RIVONSDILL 37. NUESTRA PROPIA SANGRE
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37. NUESTRA PROPIA SANGRE

Darren Pike no necesitó que Arthur levantara la voz.

El miedo ya había hecho el trabajo.

Se sentó en el borde de la cama con las manos visibles. Noah revisó el baño, el armario y la ventana. Después cerró la puerta.

Arthur permaneció de pie.

—Cuéntamelo desde el principio.

Pike respiró por la nariz.

—Crane me llamó. Dijo que había un Bentley que necesitaba una avería retardada. Nada que pareciera sabotaje a primera vista.

—¿Te explicó quién iba a conducirlo?

—No.

—¿Viste la matrícula?

—Sí.

—Entonces sabías que pertenecía a mi familia.

Pike bajó la cabeza.

—Sabía que era un Rivonsdill.

—Eso no responde.

—No sabía que era Edmund.

Arthur quiso creer que la distinción importaba.

No importaba.

—¿Qué hiciste?

—Corté parcialmente la línea y usé un sellador térmico. Aguanta presión normal durante un tiempo. Con lluvia, curvas, frenadas... termina abriendo.

Noah preguntó:

—¿Cuántos kilómetros?

—No se puede calcular exacto. Entre veinte y cincuenta.

Arthur recordó la carretera. Edmund conduciendo solo. La llamada. Las luces detrás.

No fue un accidente diseñado al milímetro.

Fue una muerte diseñada para parecer plausible.

—¿Crane se quedó?

—Hasta que terminé.

—¿Habló con alguien?

Pike asintió.

—Dos veces.

—¿Nombre?

—Nunca lo dijo.

—¿Qué dijo?

Pike miró a Arthur.

—La segunda llamada fue después de probar el coche. Crane dijo: «La sangre ha autorizado el movimiento».

Arthur sintió un escalofrío.

Noah quedó inmóvil.

—¿Exactamente esas palabras?

—Sí.

—¿Y antes?

—Preguntó si R-17 seguía siendo válido. Le dijeron que sí.

Arthur se acercó.

—¿Quién se lo dijo?

—No lo sé.

—Piensa.

—No escuchaba la otra voz.

Arthur apretó la mandíbula.

Pike metió una mano lentamente en el bolsillo.

Noah levantó el arma.

—Despacio.

Pike sacó una memoria USB.

—Crane me hizo destruir el terminal del taller después. Yo copié el correo de autorización antes.

Arthur la tomó.

—¿Por qué?

Pike soltó una risa sin humor.

—Porque la gente como Crane no paga testigos durante mucho tiempo.

Noah conectó la memoria a un portátil aislado.

El archivo contenía el mensaje cifrado que había autorizado el servicio.

R-17.

Una firma secundaria.

FAMILY RESERVE / JR-4.

Arthur no respiró.

JR.

Julian Rivonsdill.

Noah cerró el portátil.

—Puede estar falsificado.

—Sí.

Arthur dijo la palabra sin sentirla.

Pike observó sus caras.

—Eso era lo que queríais, ¿no?

Arthur lo miró.

—No sabes lo que queremos.

—Sé que cuando una familia empieza a buscar quién mató al padre, siempre espera que sea un extraño.

Arthur dio un paso hacia él.

Noah se interpuso apenas, lo justo.

—Necesitamos sacarlo —dijo—. Aquí no está seguro.

Arthur seguía mirando a Pike.

—¿Crane sabe que tienes esa copia?

—Creo que sí.

—¿Por qué?

Pike miró la ventana.

—Porque ayer intentó matarme.

El cristal explotó.

Noah tiró a Arthur al suelo.

Pike cayó hacia atrás.

Un agujero oscuro apareció en su pecho.

Segundo disparo.

La lámpara estalló.

—¡Abajo!

Los hombres de seguridad del pasillo respondieron.

Arthur reptó hasta la cama.

Pike respiraba.

Apenas.

Arthur presionó la herida.

—¿Quién?

Pike abrió los ojos.

—No... fue... Julian.

Arthur se inclinó.

—¿Qué?

—Crane... dijo... que el chico... no sabía.

La sangre le llenó la boca.

—¿Quién sí sabía?

Pike intentó hablar.

Otro disparo atravesó la pared.

Noah arrastró a Arthur hacia el baño.

—¡Tenemos que salir!

—¡Pike!

—Está muerto.

Arthur miró hacia la habitación.

No quería creerlo.

Lo supo.

Salieron por la escalera de servicio. El tirador desapareció antes de que el equipo exterior pudiera cerrar el perímetro.

Una hora después, Arthur estaba en Blackthorn House frente a Julian.

No le mostró la memoria de inmediato.

—¿Tuviste acceso a R-17?

Julian lo miró.

—Ya te dije que no.

—No te he preguntado eso.

El silencio cambió.

Rose, sentada a un lado de la biblioteca, levantó la cabeza.

—Julian.

Él se pasó una mano por el cabello.

—Una vez.

Arthur sintió rabia.

—¿Cuándo?

—Hace años. Papá me dio un token de emergencia durante el problema con los Morrow. Yo llevaba dos equipos de seguridad y necesitaba mover coches sin registrar nombres.

—¿JR-4?

Julian palideció.

—Sí.

Noah dejó la memoria sobre la mesa.

—Ese identificador autorizó el Bentley.

Julian miró a Arthur.

—No fui yo.

Arthur no respondió.

—No fui yo.

—¿Dónde está el token?

Julian abrió la boca.

La cerró.

—Lo devolví.

—¿A quién?

—A seguridad.

—Nombre.

—No lo recuerdo.

Arthur golpeó la mesa con la palma.

—¡Recuerda!

Rose se levantó.

Julian no retrocedió.

—Fue hace nueve años.

Noah habló:

—Los tokens físicos de aquella época no se destruían. Se reasignaban.

—Entonces alguien lo reasignó.

—O lo copió.

Arthur miró a su hermano.

—¿Por qué nunca mencionaste que tuviste acceso?

Julian soltó una risa rota.

—Porque desde que papá murió todo lo que toco se convierte en una razón para sospechar de mí.

—Esto no lo he inventado yo.

—No. Él lo hizo.

Señaló la memoria.

—Quien quiera que sea, sabía que JR-4 me señalaría.

Arthur recordó las últimas palabras de Pike.

El chico no sabía.

—Pike dijo que tú no sabías.

Julian se quedó quieto.

—¿Quién es Pike?

—El hombre que cortó los frenos.

Rose cerró los ojos.

—¿Está vivo?

—No.

Arthur miró a Noah.

—Quiero el historial completo de JR-4 desde el día en que Julian lo devolvió.

—El archivo principal voló.

—Entonces busca copias.

Marcus habló desde la puerta.

Nadie lo había oído entrar.

—Hay una.

Arthur se volvió.

Marcus tenía el rostro agotado.

—¿Dónde?

—Edmund guardaba duplicados de los libros de seguridad fuera de Blackthorn. No confiaba en que una sola casa pudiera sobrevivir a una guerra.

—¿Dónde?

Marcus miró a Julian.

—En una cámara privada bajo el antiguo despacho de abogados de Halbrook.

Arthur sintió cómo la sospecha volvía a moverse.

—¿Y por qué no lo dijiste antes?

—Porque no sabía que buscábamos un token concreto.

Julian soltó una carcajada.

—Siempre tienes una explicación.

Marcus aceptó el golpe.

Arthur tomó su abrigo.

—Vamos.

La cámara contenía cuarenta años de registros que Edmund nunca había permitido digitalizar.

Tardaron dos horas en encontrar 2017.

Noah pasó las páginas.

JR-4.

Asignado a Julian Rivonsdill.

Devuelto tres meses después.

Recibido por: E. Crane.

Arthur sintió que el nombre no podía ser real.

—Elliot Crane trabajaba para nosotros.

Noah siguió leyendo.

—Auxiliar de seguridad. Dos años. Recomendado por...

Se detuvo.

Arthur no necesitó preguntarlo.

—¿Quién?

Noah levantó los ojos.

—Edmund Rivonsdill.

La frase de la carta que todavía no habían abierto pareció anticiparse en la habitación.

Nuestra propia sangre.

No porque Julian hubiera matado a su padre.

Porque alguien había utilizado la confianza hereditaria de la familia como arma.

Y Edmund había sido quien abrió la puerta a Crane.